Por Juan Carlos Ahijón

En mi primera novela hubo un capítulo que describía la circunstancia de uno de los personajes como “vida regalada”. Esto pareció ofender al que encontró en ese pasaje un reflejo de su propia existencia.

Aquella persona, antes amigo, probablemente no supo encajar lo obvio del privilegio de su contexto al leerlo impreso en las páginas de un libro. Quizá pensaba que no había nada de extraordinario en todo lo que no había tenido que afrontar a lo largo de su vida. Quizá sentía que había peleado en muchas batallas, y quizá era así, pero no sé si sabía, como no sabemos muchos, que sus luchas estaban a océanos de las de otros.

Existen muchos grados de inconsciencia respecto al privilegio del que disfrutamos.
El más común es el de ignorar la suerte de nacer en una cara afortunada del mundo. A ese le sigue el del género al que pertenecemos, cuando este es el que afronta menores dificultades. La salud está a la par con los anteriores entre los que gozamos de ella y, no lejos, queda el sentimiento de seguridad que damos por sentado.

Vivir con plenitud el momento presente, cuando este nos es benévolo, sería la forma más elevada de apreciar nuestra ventaja pasajera. Porque siempre lo es: la temporalidad del momento actual favorable es la norma. Contemplarlo con gratitud, viendo cómo las cuatro cosas que para uno son imprescindibles están en equilibrio por ahora, debería ser algo que se enseñase en los colegios: esa clase de apreciación y conexión con uno mismo, irremediablemente nos haría más conscientes y, ojalá, más empáticos con los que no cuentan con la misma suerte.

Para muchos, el equilibrio es algo difuso, algo que solo han experimentado de tanto en tanto. Para otros, es lo que define su existencia. Esto, en muchos casos, tiene que ver con la constelación de herramientas que vienen de serie en muchas familias y la carencia de ellas en otras tantas. Estos centelleantes instrumentos que solo brillan para el que no los posee, son lo cotidiano en aquellas que han trasladado de generación en generación ese tesoro astral como si tal cosa. De nuevo aquí, ser inconsciente tiene mucho más de falta de práctica que de falta de interés.

Para algunos, la belleza es algo que viene dado, como los cinco dedos en cada mano, y visto así, es sencillo pensar que ponerlo uno mismo en valor es difícil. Este don, más perseguido en este tiempo de imágenes que en ninguno anterior, resulta más complejo de afrontar que otros. Su aceptación es un tema tabú, algo que el que lo posee debe ignorar entre las cualidades que nombra de sí mismo. Algo de lo que, pese a su peso, uno no debe ser consciente. De esta manera, el que ha sido tocado con esta gracia, difícilmente puede disfrutar de su esencia y suele vivirlo como una contradicción, impidiéndole esto gozar, al fin, de su privilegio.

Para pocos, el dinero no es un valor en absoluto, y no lo es porque lo disfrutan. No hay persona que piense que el dinero nada importa más que quien lo tiene. Esta prebenda suele ser la que mayor desconexión con la realidad provoca y la que menos nos permite ver lo extraordinario de sacar de la ecuación vital esa variable.

Para ninguno sus circunstancias son menos importantes que las de los demás, pero eso no debería impedir que sintonizásemos con el mal ajeno, con el dolor de otros, con las malas cartas recibidas por el extraño. Disfrutar de nuestra fortuna debería hacernos capaces de detectar la necesidad en el vecino y apreciar como ninguno el valor de ayudar desde nuestra atalaya construida con material del mismo suelo que a otros les falla bajo los pies.

Cuando escribí mi primera novela desde el privilegio de poder contar una historia con la prerrogativa que te da la reconstrucción de escenarios compartidos, olvidé que lo que retrataba concernía a alguien que una vez quise; alguien cuyo amor debería haber estado por encima de mi posibilidad de hacer papel de lazos antiguos y preciados.

Qué difícil se antoja ser justo con los demás y con uno mismo cuando todos nos vemos atravesados por contradicciones similares; llenas de buenas intenciones en ocasiones, llenas de sencilla maldad en otras, repletas casi siempre de ignorancia y falta de interés genuino hacia lo que no seamos nosotros y nuestra pequeña parcela de azar atinado, sitiada por una cerca de espino que no aleja nada, solo aísla todo.

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