Por Ángel Villacorta Escandell
Con tres décadas de exposiciones, la princesa de Francia regresa a Madrid con «Memorias, flores y paisajes», una muestra que permite acercarse a la parte más personal de una artista para quien pintar es, una forma de sentir desde la perspectiva de una nueva generación.
S.A.R. Anne d’Orléans, con el paso de los años, ha conseguido que su trayectoria hable por ella, además, conserva intacta la curiosidad con la que comenzó. Su historia personal y familiar convive con una vocación artística que no parece entender de pausas, y quizá ahí resida parte de su encanto: en haber mantenido la pintura como una presencia constante, no como una etapa de su vida, sino como una manera de vivirla, llena de belleza y una esencia en su arte que dice mucho de si misma.
Princesa de Francia y duquesa viuda de Calabria y de Caserta, doña Ana ha construido, lejos de lo mediático, optando por la sencillez y una trayectoria artística propia. Desde su primera exposición, en 1998, ha participado en más de treinta muestras en España y por todo el mundo, y sus obras forman parte de colecciones permanentes de museos e instituciones culturales. Sin embargo, reducir su historia a esos datos sería quedarse en la superficie. Lo verdaderamente interesante es descubrir qué hay detrás de una mujer que, después de tantos años, sigue encontrando en una hoja en blanco un motivo para empezar de nuevo.
Del 19 al 25 de octubre, el espacio Jovellanos, en Madrid, acoge ‘’Memorias, flores y paisajes’’ una nueva exposición que reúne una selección de obras inspiradas en los recuerdos, los sentimientos, la naturaleza y los lugares en los que doña Ana ha encontrado belleza o que han acompañado a la artista a lo largo de su vida. La muestra tiene como protagonista ‘’Una Vida’’, una acuarela que da nombre a la idea que envuelve toda la exposición.
Al ver una de sus acuarelas, es fácil detenerse en sus colores o en la composición pero la obra de Ana de Orleans invita a una mirada con más sentimiento. La exposición está dividida en diferentes partes, como el título indica. En la parte ‘’Mediterraneo’’ es donde por sus paisajes y esas escenas parecía que el propio lugar hablaba, esos lugares que permanecieron en la memoria de la artista, fueron los que a mi me recordaban mi isla mediterránea. En un momento donde parece que se ha olvidado vivir las sensaciones, doña Ana recupera esos pequeños detalles que, terminan formando parte del que mira sus acuarelas.
Hay algo especialmente atractivo en esa manera de entender la pintura. No se trata únicamente de reproducir aquello que tenemos delante, sino de encontrar la forma de expresar ese paisaje, esa flor o ese momento con la pintura, que despierta algo en nuestro interior. La propia artista descubrió desde muy joven que también se podía pintar aquello que no se ve. Una idea sencilla en apariencia, pero que explica buena parte de su sensibilidad artística.
Quizá por eso la acuarela resulta una técnica tan apropiada para su universo creativo. El agua obliga a aceptar cierta libertad, a trabajar con la transparencia y a entender que no todo se puede controlar. En esa delicada relación entre intención y espontaneidad existe una belleza particular.
La relación de Ana de Orleans con el arte comenzó mucho antes de que su nombre apareciera en una sala de exposiciones. Desciende de cinco generaciones vinculadas a la pintura, la escultura y la música y creció en un entorno donde dibujar y pintar formaban parte de la vida cotidiana. Entre sus antepasados se encuentra el príncipe de Joinville, hijo del rey Luis Felipe I de Francia, muy vinculado a la pintura. Una herencia cultural que ayuda a comprender sus primeros pasos, aunque no explica por sí sola la personalidad tan propia de su obra que ha ido construyendo con los años.
Entre sus referencias formativas figuran la Escuela de Sèvres, en París y los estudios de Milly Possoz, en Sintra o Pablo Echevarría en Madrid. Más que una trayectoria encerrada en una única disciplina, la suya parece responder a una búsqueda permanente.
A sus 87 años, sigue pintando y experimentando. Puede trabajar al aire libre, como me comentó, donde observa directamente aquello que quiere representar y lo pinta, un don maravilloso, crear belleza al momento sin necesidad de tecnología. Ella misma ha explica que pintar en plena naturaleza es extraordinario porque permite ver, sentir y vivir aquello que después se trasladará al papel siempre investigando y desarrollando nuevas técnicas.
En un tiempo en el que todo parece exigir inmediatez y sustituidos por la tecnología, esa disposición a seguir descubriendo tiene un valor especial. Hay una frase de Ana de Orleans que resume con particular delicadeza su relación con la pintura: «A mis acuarelas las veo como palomas, como pájaros que tienen que volar». Es una imagen de belleza, pero también una declaración de intenciones. Pintar no consiste únicamente en crear algo propio, sino que implica aceptar que en algún momento, esa creación abandone nuestras manos y encuentre su lugar en la mirada de otra persona.
Esa generosidad se manifiesta también en la dimensión solidaria de su trayectoria. Buena parte de sus exposiciones han estado vinculadas a causas sociales, sanitarias y culturales. Entre ellas figuran iniciativas relacionadas con fundaciones como ANAR, la Fundación Josep Carreras, AFANOC, la Fundación Nido y la Fundación Albéniz, el Real Monasterio de las Comendadoras de Santiago entre muchas otras además de asociaciones que trabajan en ámbitos muy diversos o proyectos destinados a apoyar instituciones culturales y patrimoniales. En 2023, su exposición ‘’Partituras de Colores’’, celebrada en la Escuela Superior de Música Reina Sofía, permitió vincular su obra a una iniciativa solidaria de apoyo a jóvenes talentos musicales.
Durante los días de apertura se presenta el tercer calendario solidario de la artista, elaborado a partir de parte de su obra, cuya recaudación se destina a la Santa Pontificia y Real Hermandad del Refugio y Piedad de Madrid, vinculada a San Antonio de los Alemanes. La muestra incorpora, además, una propuesta especial. Una edición limitada de pañuelos estampados con la acuarela ‘’Una Vida’’, que traslada su universo creativo del papel a la tela.
Para comprender la historia de Ana de Orleans también es necesario acercarse a la familia en la que nació. Hija de Enrique de Orleans, conde de París, e Isabel de Orleans-Braganza, creció en el seno de una de la rama más importante históricamente de la realeza francesa. Como hemos explicado doña Ana ha mantenido vivo un vínculo con su familia a través de la acuarela, siguiendo una tradición familiar en la que la sensibilidad artística ha encontrado distintas formas de expresión. En 1965 contrajo matrimonio con el infante don Carlos de Borbón-Dos Sicilias, duque de Calabria, con quien compartió cincuenta años de vida hasta su fallecimiento en 2015. De su matrimonio nacieron cinco hijos, Cristina, Paloma, Pedro, Inés y Victoria de Borbón de las Dos Sicilias y Orleans. Pedro, el mayor de los varones, heredó los títulos dinásticos de su padre y es conocido como duque de Calabria.
Su entorno familiar incluye también una relación de amistad desde la infancia con S.M. la reina doña Sofía. Doña Ana fue dama de honor en la boda de la entonces princesa Sofía de Grecia con el príncipe don Juan Carlos, celebrada en Atenas en 1962. Un episodio que permite situar su trayectoria personal en algunos de los momentos más significativos de la historia reciente.
Sin embargo, al acercarnos a su faceta artística, lo interesante no es solo la genealogía que la acompaña, sino la manera en que ha sabido construir una identidad propia dentro de ella. Su nombre forma parte de una historia centenaria, pero ella siempre desde la discreción, elegancia pura, donde sus acuarelas hablan un lenguaje personal, nacido de la observación, los viajes y una sensibilidad que ha continuado cultivando a lo largo de toda su vida.
Es ahí donde reside la clave para comprender a Ana de Orleans. Haber recibido un legado cultural y familiar sin limitarse a conservarlo, encontrando en la pintura su propia manera de prolongarlo. Una persona que sigue creando, que comparte sus obras y que ha convertido una pasión personal en una trayectoria artística sostenida durante décadas.
‘’Memorias, flores y paisajes’’, lo que permanece no es únicamente el color sobre el papel, sino aquello que ese color consigue despertar en quien lo contempla. En una época en la que estamos acostumbrados a pasar rápidamente de una imagen a otra, nos invita a dedicar tiempo a observar una obra, descubrir su historia y dejarse llevar por ella constituye un pequeño privilegio.
Ana de Orleans irradia esencia y mientras sus pájaros continúen encontrando nuevas manos en las que posarse, su obra seguirá haciendo aquello que mejor sabe hacer, convertir un instante vivido en una emoción que puede compartirse.




