Pablo Berruezo lleva más de un año viviendo una historia que comenzó mucho antes de soltar amarras. Ingeniero naval y navegante, creció entre barcos y veranos en el mar, hasta que aquel sueño que durante años permaneció en algún lugar de su cabeza terminó convirtiéndose en una decisión. El 5 de noviembre de 2024 zarpó del puerto de La Ràpita, a bordo del Sofía VI, para enfrentarse a una travesía alrededor del mundo en solitario. Desde entonces, el océano se ha convertido en casa, camino y maestro: jornadas sin horarios, noches fragmentadas en intervalos de sueño, tormentas eléctricas, días de navegación en completa soledad y la necesidad permanente de interpretar el viento, el mar y las condiciones meteorológicas.

Pero la aventura de Berruezo no es únicamente una hazaña náutica. Es también un viaje hacia dentro, una experiencia que le ha obligado a convivir con la incertidumbre, a descubrir una fortaleza mental que desconocía y a replantearse conceptos tan cotidianos como el tiempo, el lujo o la necesidad de estar acompañado. Desde la Polinesia Francesa hasta las aguas del Sudeste Asiático, cada milla ha ido dejando una enseñanza. ESSENCEmag conversa con Pablo Berruezo sobre el origen de su aventura, los momentos más difíciles, la soledad, aquello que echa de menos de España y la persona en la que espera convertirse cuando, finalmente, vuelva a pisar tierra firme.

¿Cómo nació la idea de dar la vuelta al mundo en velero? ¿Hubo un momento concreto en el que dijiste: “Lo voy a hacer”?

En mi cabeza siempre ha estado la idea de navegar alrededor del mundo a vela en solitario. Después de trabajar unos años de ingeniero en un velero que navegaba por el Caribe y por el Mediterráneo, el propietario decidió vender el barco. Aproveché para empezar a preparar toda la aventura. Busqué un trabajo a bordo de otro velero durante tres meses, mientras planificaba todo sobre el papel. El 1 de abril de 2024 empecé a preparar el Sofía VI para dar la vuelta al mundo.

Antes de empezar, ¿qué imaginabas que iba a ser este viaje y qué ha resultado ser en realidad?

Antes de zarpar, imaginaba que la vuelta iba a ser muy dura físicamente, que lo es, pero hay una parte mental que es esencial para mí. Puedo estar en condiciones muy duras, pero, si mentalmente estoy fuerte, es todo mucho más superable. Me estoy dando cuenta de que estar bien mentalmente es incluso más importante que la parte física. En este sentido, me he llevado una sorpresa.

¿Cómo es un día normal a bordo cuando llevas meses navegando?

En navegación, al tercer o cuarto día, pierdo la noción del tiempo. La vida se sincroniza con el sol y no hay horarios. Suelo empezar el día cuando sale el sol y aprovecho para desayunar en cubierta. Reviso el rumbo, las condiciones meteorológicas, las velas, etcétera. Suelo calcular la posición con sextante y hacer los cálculos. Apunto el cuaderno de bitácora y suelo hacer inspecciones al timón, motor, sentinas y varias partes del barco. También paso muchas horas al timón; si hay buenas condiciones, lo disfruto muchísimo. Si hay suerte, como y ceno la pesca del día; de lo contrario, caliento alguna lata, arroz, pasta o cosas fáciles de preparar. Eso sí, los primeros días de navegación siempre tengo fruta y verdura fresca. Por la tarde suelo leer, intento descansar y muchas veces llevo el timón mientras veo el atardecer. Los días pasan realmente rápidos. Por las noches establezco intervalos de sueño de unos 20-40 minutos seguidos. Depende de las condiciones de la meteo. Después de un intervalo de sueño, me despierto, subo a cubierta y reviso las velas, el rumbo, el viento, si el horizonte está libre de luces y estoy un rato fuera. Luego vuelvo a otro intervalo de sueño. Intento hacer esto desde las 22:00 h hasta que amanece. Los primeros días cuesta un poco, pero luego el cuerpo se acaba acostumbrando.

¿Cuál ha sido hasta ahora el momento más difícil o el reto que más te ha exigido?

El momento más difícil fue cuando desde España me dijeron que mi abuela había fallecido. Fue complicado por no poder despedirme y por estar solo. Otro momento fue una tormenta eléctrica en Indonesia. Los rayos caían a escasos metros y no puedes hacer nada para evitarlo. Los rayos pueden provocar incendios a bordo, fundir la electrónica y muchos daños mayores. Hice lo posible para evitarla, pero se formó súper rápido y se desplazaba a gran velocidad hacia mi posición. Por suerte, todo quedó en un susto.

¿Y cuál ha sido ese momento que guardarías para siempre?

El momento en el que, después de 33 días de navegación desde Panamá a la Polinesia Francesa, llegas al fondeo y tiras el ancla. Nunca había estado tanto tiempo seguido navegando solo y llegar a destino de una pieza, tanto el barco como yo, es un logro que quedará para toda mi vida. Aunque los primeros días fueron muy complicados por estar cruzando las calmas ecuatoriales, al llegar a la zona de los vientos alisios fue una navegación perfecta.

Después de tantos meses navegando, ¿qué has descubierto de ti mismo que no conocías antes?

He descubierto que soy fuerte a nivel mental. He pasado situaciones de las que no pensaba que fuese capaz de superar. He aprendido a vivir constantemente dentro de la incertidumbre. Navegando siempre estás a expensas de qué pasará con la meteo y actuar en consecuencia. No sabes cómo estarás dentro de las próximas cinco millas. Me considero una persona cuadriculada y, con las millas navegadas, voy aprendiendo a tener plan A, plan B, plan C… según cómo evolucione la meteo.

Has pasado por lugares y culturas completamente diferentes. ¿Qué lugar o experiencia te ha marcado especialmente?

La Polinesia Francesa creo que es el lugar que me ha marcado más. Llegar allí después de tantos días de navegación fue una experiencia muy difícil de explicar con palabras. Sus paisajes, el color del agua, las islas y, sobre todo, la forma de vida y la hospitalidad de su gente, me dejaron una huella enorme. Pero más allá de lo espectacular que es el lugar, lo que realmente me marcó fue la sensación de calma y de conexión con el entorno. Después de pasar tanto tiempo navegando en soledad, encontrarme con ese mundo de islas fue como descubrir otro ritmo de vida. Me hizo parar, observar y disfrutar del momento. Creo que la Polinesia Francesa es uno de esos lugares que no solo recuerdas por lo que has visto, sino por cómo te has sentido allí.

¿Qué importancia tiene la soledad en un viaje así? ¿Se aprende a disfrutar de ella?

En mi caso, la soledad es una decisión. Siempre me ha gustado estar solo y disfruto mucho de esos momentos, así que hacer una vuelta al mundo en solitario era algo que quería vivir precisamente de esta manera. No siento que estar solo sea una carencia, sino una oportunidad para conocerme mejor, pensar, tomar mis propias decisiones y disfrutar del viaje a mi manera. Eso no significa que sea siempre fácil. Hay momentos complicados, especialmente cuando estás cansado, cuando las condiciones en el mar se ponen difíciles o cuando ocurre algo y no tienes a nadie físicamente a tu lado con quien compartirlo o apoyarte. En esos momentos notas más la ausencia de tus personas. Pero también creo que esos momentos forman parte de la experiencia. Aprendes a gestionar las dificultades por ti mismo y a confiar mucho más en tus propias capacidades. Y, sobre todo, aprendes que disfrutar de la soledad y echar de menos a alguien no son cosas incompatibles. Para mí, la clave está en que no estoy solo porque no tenga otra opción, sino porque he elegido estarlo. Y eso cambia completamente la manera de vivir la soledad.

¿Qué es lo que más echas de menos de España cuando llevas tanto tiempo fuera?

Sobre todo, a mis personas. Puedes acostumbrarte a estar lejos, a pasar meses navegando y a vivir con muy poco, pero hay momentos en los que echas mucho de menos tener cerca a tu familia, a tus amigos y a tu novia, poder compartir una comida, una conversación o simplemente estar juntos sin necesidad de hacer nada especial. También hay pequeñas cosas de España que, estando fuera, empiezas a valorar muchísimo más: nuestra comida, la forma de relacionarnos, sentarte en una terraza, quedar con amigos… Son cosas muy sencillas, pero cuando llevas tanto tiempo fuera te das cuenta de lo importantes que son.

¿Ha cambiado tu manera de entender el lujo, el tiempo y las cosas realmente importantes después de esta experiencia?

Sí, bastante. En el barco aprendes a valorar cosas que en tierra das por sentadas. Tener agua, comida, energía, dormir bien o simplemente tener un día tranquilo puede convertirse en un lujo. También cambia tu relación con el tiempo. En el mar no siempre puedes decidir cuándo pasan las cosas. Dependemos del viento, de las condiciones del océano y de muchos factores que no podemos controlar. Eso te obliga a tener paciencia y a entender que no todo tiene que hacerse deprisa. Creo que ahora tengo mucho más claro que lo importante no son tanto las cosas que tienes, sino las experiencias que vives y, sobre todo, las personas con las que puedes compartirlas.

Cuando finalmente regreses a España, ¿crees que volverás a ser la misma persona que salió?

Seguramente no. Una experiencia así te cambia, aunque sea de una manera que quizá no notas hasta que vuelves a tierra. He pasado muchísimo tiempo solo, he tenido que tomar todas las decisiones por mí mismo y he vivido situaciones en las que tenía que confiar únicamente en mis capacidades. Todo eso te hace conocerte mejor y también cambia tus prioridades. No sé exactamente en qué habré cambiado cuando vuelva, pero sí creo que regresaré valorando mucho más cosas que antes daba por normales. Y también espero conservar esa capacidad de disfrutar de lo sencillo que te da el mar.

Y la pregunta inevitable: cuando termines esta vuelta al mundo, ¿qué será lo primero que harás al pisar tierra?

Pasar mucho tiempo con mis personas, comer comida de casa y ¡celebrar mucho en compañía!

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