Por Marc Doménech

Dieciséis cornadas enmarcan a David Galván en un cuerpo sereno y tranquilo. Inspira aire y exhala gentileza. Es un hombre reflexivo, hondo, amante de la cultura, porque lo libera, y de su vocación, porque lo construye. Verlo en los ruedos es una gracia: recuerda el más puro rito ancestral de imposición del hombre a la naturaleza indómita. Galván ha sabido devolver la belleza torera a aquellos lugares de donde nunca hubiera tenido que salir.

Italia tiene a su David, España también. Hombre de poso, construido en los ruedos a base de fuerza y torería, conviven en él la fragilidad del hombre y la violencia del toro; la quietud y el riesgo; la herida y la belleza. Da ejemplo de que el toreo es una forma de conocimiento, de liturgia, creación, rito. Habla de heridas, arte, elegancia y libertad, palabras que, al fin y al cabo, nombran la fidelidad a una vocación indistinguible de su propio ser. David Galván es, siente y piensa en Torero.

P. ¿Cómo nació la vocación del toreo?
R. Mi historia como torero es singular. No tenía ningún tipo de condicionante para serlo. De pequeño viví en Canarias, un lugar sin tradición taurina, y fue una tarde, viendo la televisión en casa de mis abuelos, en San Fernando, cuando me impresionó ver un torero de mi edad toreando. Nació en mí tal inquietud que decidí coger la bicicleta y, sin decir nada, fui directo a la plaza de toros a apuntarme a la Escuela.

P. La temporada pasada tuvo un final ciertamente trágico en Madrid. Prácticamente al empezar, un toro te dio una voltereta. ¿Cómo se vive un momento así, física y mentalmente?
R. Fue un momento duro, porque venía de una temporada muy importante de consolidación: Sevilla, Madrid, Málaga, el rabo al Victorino… Llegaba a Madrid con toda la ilusión. Salió un Victorino muy exigente, me puse delante de él y salió cruz: me cogió y me dejó totalmente inconsciente. De la tarde solo recuerdo el paseíllo. Físicamente tuve un principio de neumotórax que, gracias a Dios, se disipó pronto; moralmente fue un palo, porque no pude culminar la tarde como esperaba y como creía que Madrid merecía después de la temporada que había hecho.
Aunque el fin de semana siguiente tenía otra cita importante en Jaén, también con Victorino. Cuatro días después le dije a mi equipo que anunciara mi reaparición.

P. Y por cosas así sois superhéroes.
R. No hay una explicación racional. Hasta el día antes de torear creía que mi cuerpo no respondía de lo mermado que estaba. Sin embargo, ya estaba anunciado y tiré para adelante. Al día siguiente, con la fuerza de la vocación, esa llamada del alma y ese espíritu de superación, logré acabar la temporada cortándole dos orejas a un toro de Victorino en Jaén. Precisamente ese toro había estado en Madrid. Era un toro de Madrid lidiado en Jaén.

“Me pongo delante de un animal que me puede quitar de en medio y lo hago para crear belleza”.

P. Tienes 16 cornadas y aun así quieres seguir toreando.
R. Las tengo asumidas. Es parte de la profesión. El que se pone delante del toro sabe lo que hay. Lo importante de la cornada es la lectura que tú le hagas. Si la fuerza de la vocación es suficiente para seguir, es el precio que tienes que pagar.

P. ¿Qué piensas cuando ves tus cicatrices?
R. Me siento satisfecho de todas y cada una de ellas, porque todas tienen una lectura de superación, todas tienen un porqué. La belleza es subjetiva: unos tienen tatuajes; yo, cicatrices. Me pongo delante de un animal que me puede quitar de en medio y lo hago para crear belleza. Es paradójico.

P. ¿Qué es lo que más sufres de este oficio?
R. Sufro, sobre todo, el aspecto mercantil de la profesión. Hay factores empresariales que son más fríos y que muchas veces no van acorde con lo que uno siente que es el arte. Eso está en disonancia con el gran potencial del toreo frente a la sociedad. Hablamos mucho de valores, pero desde dentro, a la hora del negocio, muchas veces se pierden o se dispersan en función del interés.

P. ¿Y lo que más amas?
R. Lo que amo es el amor al arte. Es una frase muy utilizada, incluso desde un tono jocoso o irónico, pero yo no toreo por otra cosa; lo demás viene por añadidura. Hay hechos que lo demuestran. Me siento satisfecho y orgulloso de haber sido fiel a mi amor al toro y al arte del toreo, que me ha hecho labrar el camino en el que me encuentro ahora.

P. ¿Qué es el toro para ti?
R. Entiendo el toro como una eucaristía. He aquí mi cuerpo, he aquí mi sangre para dar testimonio de la verdad. Soy capaz de dar ese testimonio gracias al toro. Cuando he indultado a un toro, siento que he completado el círculo de la eucaristía, que es el último eslabón de la vida eterna.

“El toreo es una divergencia continua entre la luz y la oscuridad, lo masculino y lo femenino, la belleza y otros puntos difíciles de entender”.

P. ¿Cuál ha sido el momento en el que más cerca has estado de ti mismo?
R. En el día a día intento ser lo más yo posible. Hay cosas que son difíciles de explicar en una conversación y que el arte consigue expresar. El arte es un canal, un esclarecimiento del ser. Cuando consigo una fusión, una simbiosis con el toro, ahí soy yo. Ese es el sumun de David Galván, el momento en el que más me siento yo mismo.

P. ¿Te sientes hoy más libre que cuando empezaste?
R. Cuando empiezas todo es muy bonito porque eres inocente y vas descubriendo todo, cuando ya te haces profesional aparecen el entramado empresarial y las comparaciones con toreros con más experiencia y recursos que tú. Te encarcelas en tus propios límites, sin embargo, con el tiempo te das cuenta de que, cuando te quitas esos límites, empiezas a fluir y los caminos se despejan. Ahora soy más libre que nunca.

“La elegancia es algo natural. Subyace al ser. Es algo que gusta, pero no empalaga. Embellece, pero no invade”.

P. ¿Se puede crear belleza entre tanta tensión?
R. En el toreo no se puede fingir; no hay que demostrar, hay que mostrar. La belleza radica en la naturalidad. El cenit del toreo es conseguir, frente a la irracionalidad y la fiereza de un animal salvaje, reducir a la mínima velocidad la embestida del toro cuando entra en tu jurisdicción. El toreo es una divergencia continua entre la luz y la oscuridad, lo masculino y lo femenino, la belleza y otros puntos difíciles de entender.

P. ¿La elegancia es una cuestión de formas o de fondo?
R. La elegancia es algo natural. Subyace al ser. Es algo que gusta, pero no empalaga. Embellece, pero no invade. Intento ser y sentir a mi manera, que los demás se sientan bien a mi lado. No me gusta hacer con lo demás lo que no me gustaría que hicieran conmigo.

P. Hace dos años, protagonizaste el cartel anunciador de la primavera sevillana, ¿cómo sintió eso?
R. Fue algo totalmente inesperado. Antoine Casamitjana sintió que mi imagen le había inspirado y que le transmitía mucha espiritualidad. Tenía que hacer el cartel de las Fiestas de Primavera de Sevilla y decidió que mi imagen fuera el eje central.
Conocí personalmente a Antoine cuando el cuadro estaba prácticamente terminado. No había ningún vínculo previo entre nosotros y, precisamente por eso, me parece algo muy especial: él, con toda su libertad como artista, podía haber elegido a cualquier torero y creyó que yo tenía que estar en el centro de su cartel. Eso le da sentido al arte.

P. ¿Cómo es tu relación con el arte?
R. También he compartido momentos con Marina Abramović, una de las artistas más cotizadas. Nos invitó a un ensayo privado y, cuando vino a saludarme, después de saludar a personalidades muy importantes, se volvió loca de asombro: “es el torero”, decía. Ella, máximo exponente del arte mundial. El toreo es realmente el arte de las artes.

Fotografías: Víctor Luengo

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