Por José Manuel Cárdenas
En el universo taurino existe una norma no escrita: solo los toreros dedican capotes. Únicamente quien ha sentido el peso del rito tiene la autoridad de firmar este soporte sagrado.
Fernando Botero se ganó ese derecho en su temprana juventud, cuando asistió a la escuela taurina de Medellín como aspirante a torero. Décadas después, en 2001, el destino lo llevó a plasmar ese derecho sobre un capote de brega confeccionado en Sevilla y lo hizo solo una vez. Además de dedicarlo firmando como el torero que siempre llevó dentro, lo dibujó con un toro herido como el artista universal que ya era jugando con las palabras e su dedicatoria.
El resultado fue una pieza histórica pues se erige como vínculo entre el arte contemporáneo y la tauromaquia, fundiendo la biografía del creador con la fuerza plástica de su trazo.
La obra dignifica la profesión del torero y una vez mas la tauromaquia, elevando el drama de la lidia al estatus de patrimonio cultural.
Es la consagración de un rito indisolublemente unido a la historia del arte. Una pieza que tras un cuarto de siglo en silencio se hace pública pues el capote de Botero, sobre todo, es una declaración de amor al Arte del Toreo y a todo aquello que, precisamente por ser amado, nos hiere: una obra donde la belleza y la herida conviven en el mismo gesto.»




