Dolly Parton ha muerto este martes en Nashville a los 80 años y con ella desaparece una de esas figuras que parecían pertenecer menos a una época que a una idea de América. La de las montañas de Tennessee, las iglesias pequeñas, las carreteras interminables, las canciones que hablan de pobreza y de deseo, los vestidos imposibles y ese país que puede ser profundamente sentimental y profundamente feroz al mismo tiempo. Parton nació el 19 de enero de 1946 en una familia humilde de Tennessee y creció entre once hermanos, en una casa donde había poco dinero pero abundaban las canciones. A los seis años ya había escrito su primera composición y antes de llegar a la adolescencia había aprendido a tocar la guitarra y comenzado a cantar en la televisión local. A los trece años compartió escenario con Johnny Cash en el Grand Ole Opry de Nashville. Lo demás parece biografía, pero en su caso fue casi una novela americana: una niña de las montañas que terminó convertida en una de las mujeres más reconocibles del planeta.
Parton nunca necesitó desprenderse de sus orígenes para alcanzar el éxito. Hizo algo bastante más inteligente: los convirtió en materia artística. Su música habló de madres, amantes, trabajadores, niñas pobres, corazones rotos y mujeres que intentaban abrirse paso en lugares donde nadie les había reservado demasiado espacio. De aquella mezcla de tradición country, melodrama y extraordinaria capacidad para contar historias nacieron canciones como Jolene, Coat of Many Colors o I Will Always Love You, que terminó adquiriendo una segunda vida mundial cuando Whitney Houston la convirtió en una de las canciones más célebres de la música popular. Parton escribió miles de canciones a lo largo de una carrera que superó el medio siglo y vendió más de 100 millones de discos, además de ganar once premios Grammy.
Pero reducir a Dolly Parton al country habría sido tan injusto como reducir a Marilyn Monroe al rubio platino. Dolly fue actriz, empresaria, productora, compositora y una extraordinaria arquitecta de su propia imagen. Su debut cinematográfico en 9 to 5, junto a Jane Fonda y Lily Tomlin, convirtió además una de sus canciones en un himno popular y terminó de instalarla en una cultura que ya no sabía muy bien dónde colocarla: demasiado country para Hollywood, demasiado sofisticada para ser simplemente una cantante rural, demasiado consciente de su aspecto para que nadie pudiera confundir su estética con ingenuidad.
Y ahí estaba precisamente su secreto. Dolly Parton entendió antes que muchos que una imagen aparentemente excesiva también podía ser una declaración de principios. El cabello altísimo, los vestidos cubiertos de brillo, los tacones, las uñas y los diamantes de fantasía no eran únicamente un disfraz escénico: eran una manera de decidir cómo quería ser mirada. Mientras otros artistas intentaban escapar de la caricatura que el público había construido sobre ellos, ella se apoderó de la suya, la exageró y terminó convirtiéndola en una marca universal. Detrás de aquel espectáculo había, además, una mujer con una inteligencia empresarial extraordinaria y una capacidad poco frecuente para sobrevivir a las modas sin dejar de ser reconocible.
Su legado tampoco termina en los escenarios. En 1995 creó Imagination Library, un programa nacido en recuerdo de su padre y destinado a acercar libros gratuitamente a los niños. Aquella iniciativa, que comenzó en su Tennessee natal, terminó extendiéndose internacionalmente y ha distribuido ya más de 300 millones de libros. Es quizá una de las paradojas más hermosas de su vida: la mujer que construyó un imperio alrededor de la fantasía dedicó una parte esencial de su fortuna a conseguir que otros niños pudieran imaginar un futuro distinto.
Dolly Parton pertenecía a esa estirpe de artistas que consiguen algo más difícil que ser famosos: convertirse en familiares. Estaba en las canciones de una madre, en la película de una tarde de domingo, en la radio de un coche, en una fotografía, en un vestido imposible, en la memoria de varias generaciones que quizá nunca escucharon country pero sabían perfectamente quién era Dolly. Su marido, Carl Dean, murió en marzo de 2025, después de casi seis décadas de matrimonio, y ahora se marcha ella dejando detrás una obra enorme y una imagen que ya forma parte del imaginario colectivo.
Dolly Parton ha muerto, pero resulta difícil imaginar un mundo sin Dolly Parton. Porque algunas personas desaparecen y dejan una obra. Otras dejan una época. Y hay unas pocas que dejan algo más extraño: una manera de mirar la vida. Ella enseñó que se podía venir de muy abajo sin avergonzarse de ello, que la inteligencia podía esconderse detrás del exceso, que la bondad no estaba reñida con el éxito y que una mujer podía ser al mismo tiempo poderosa, divertida, vulnerable, brillante y absolutamente dueña de su personaje. Se va la mujer. El personaje, por suerte, seguirá cantando.





