Por Marc Doménech

Hay obras que responden preguntas. 
Las mejores consiguen exactamente lo contrario.

Inmersos en una sociedad acostumbrada a opinar de aquello que apenas intenta comprender, aparecen directoras como Madeleine Idoux, capaces de detener la mirada allí donde otros solo emiten un juicio. De poner delante de una cámara aquello que, para muchos, sigue siendo un territorio desconocido.

Con A Pulso, Idoux se atreve a abordar la dimensión más antropológica de la tauromaquia. El tema de este documental no es la lidia; sería quedarse en las ramas. La tauromaquia aquí es el lenguaje; el verdadero tema es la condición humana. Un recorrido por la autenticidad, el miedo, la entrega, la belleza o la verdad a través de quienes sostienen este universo.

A través del lenguaje audiovisual, la directora despoja a la tauromaquia de los tópicos para devolverla a su esencia. Una belleza ruda, dramática y profundamente humana, difícil de encontrar en otro lugar. «La belleza salvará al mundo», decía un antiguo ruso. No únicamente por una cuestión estética, sino porque la belleza revela una verdad. Idoux no confunde belleza con apariencia; recuerda que, durante siglos, la belleza fue la consecuencia de una vida vivida con autenticidad.

Este largometraje también captura una necesidad muy contemporánea: el regreso al ritual, a la tradición y al sentido de pertenencia. Durante años pareció que el entretenimiento bastaba. Sin embargo, algo seguía faltando. Quizá por eso volvemos a aquellos lugares donde todavía es posible compartir una experiencia, mantener una conversación o reconocernos en una historia común. Durante miles de años el ser humano ha necesitado rituales para comprender el miedo, la muerte, el paso del tiempo o el valor. A Pulso recupera esa dimensión y nos recuerda que hay personas capaces de soportar casi cualquier cosa cuando han encontrado un sentido.

Lejos de la caricatura, de la España de postal y de los lugares comunes con los que tantas veces se ha explicado este mundo, A Pulso vuelve al ser, a la esencia de la tauromaquia. A aquello que, desde una perspectiva antropológica y metafísica, continúa formulando preguntas que siguen sin encontrar una respuesta definitiva. Porque quizá ese sea el verdadero valor del documental: no convencer, sino invitar a comprender antes de juzgar. Para ello, hablamos con la directora de esta obra.

PREGUNTA: ¿Qué respuesta encontraste durante el proceso de creación?
RESPUESTA: Saber expresar lo que uno lleva dentro con la mayor autenticidad posible y hacerlo además con generosidad, es muchísimo más difícil de lo que parece. No se trata solo de enfrentarse a una sociedad que, en muchas ocasiones, te juzga antes de conocerte. A veces lo más difícil es saber qué quiere uno realmente, qué le hace crecer de verdad, y mantenerse fiel a esa voz interior que solo busca seguir evolucionando.
Muchas veces somos nuestro peor enemigo y creo que esa lucha interior aparece constantemente en el mundo del toro. No es una lección exclusiva de la tauromaquia, pero allí se ve de una forma especialmente clara.

P. A Pulso evita los lugares comunes asociados al mundo del toro. ¿Cuáles eran los prejuicios que más te interesaba desmontar?
R. Creo que hay dos niveles de prejuicios. El primero afecta a quienes desconocen este mundo y piensan que se trata de una práctica inhumana, bárbara, donde prima la violencia. Precisamente es lo contrario. Es muy difícil comprender la tauromaquia si antes no se concede un enorme valor a lo que el ser humano es capaz de crear. La tauromaquia nace de siglos de cultura, de conocimiento, de transmisión, de oficios, de sensibilidad y de una búsqueda constante de belleza y de verdad.
También me interesaba desmontar la idea de que todo se reduce a un espectáculo. Hablamos de una cultura sostenida por un ecosistema entero, desde el ganadero hasta el sastre. La corrida representa menos del uno por ciento de toda la historia del toro. Nos hemos acostumbrado a juzgar una realidad por el último instante de su historia. La tauromaquia invita a entender todo el camino antes de emitir un juicio.
Luego hay un segundo nivel, incluso entre aficionados. Se suele decir que el toreo es arte, pero solo desde la estética. Es mucho más profundo. La belleza no nace únicamente de una técnica o de una coreografía. Nace de un trabajo sobre uno mismo, de intentar vivir de acuerdo con unos valores para que, cuando llega el momento de la verdad, salga lo más puro que se lleva dentro. El cuerpo termina siendo simplemente el pincel con el que el alma pinta.

Madeleine Idoux, directora de A Pulso.


P. Esta obra no solo se centra en las figuras del toreo, incorpora voces muy diversas. ¿Por qué era importante construir ese mosaico de testimonios?
R. Porque la tauromaquia es un mundo, donde cada persona ocupa un lugar muy concreto. Por eso no podía construirse únicamente desde la mirada de los toreros. Cuando juntas todas esas miradas, entiendes que no existe una única verdad sobre la tauromaquia, sino muchas formas distintas de habitar el mismo universo.

“La tauromaquia no habla de morir. Habla de cómo merece la pena vivir”.

P. ¿Crees que la búsqueda de autenticidad, de la verdad, es una de las razones por las que tantas personas siguen sintiéndose atraídas por el mundo del toro?
R. Sí. Más allá del mundo del toro, vemos que hay una vuelta hacia tradiciones heredadas de nuestras familias y de nuestras regiones. Tengo la sensación de que estamos pasando de buscar únicamente cosas que nos entretengan a buscar cosas que también nos centren y eso es muy sano.
Me impresionó mucho ver este año a tantos jóvenes vestidos de chulapos y chulapas en San Isidro. En Francia, en mi región, veo cada vez a más jóvenes recuperando los trajes tradicionales y participando en las fiestas populares.
Existe una necesidad creciente de volver a espacios culturales y sociales que unan a las personas y la tauromaquia responde a esa búsqueda. A mí también me interesa lo que ocurre en los tendidos. La plaza sigue siendo uno de esos pocos lugares donde la conversación nace de forma espontánea, porque una corrida también genera un diálogo. Y una sociedad que deja de dialogar es también una sociedad que deja, poco a poco, de comprenderse.

P. Hay una reflexión muy interesante sobre cómo ciertos códigos del torero pueden trasladarse a la vida cotidiana. ¿Qué enseñanza consideras más valiosa para alguien que nunca ha pisado una plaza?
R. Si tuviera que elegir una diría que es muy difícil avanzar en la vida sin dos cosas: la ilusión y la entrega. La ilusión marca el rumbo. La entrega hace que sigas cuando todo se complica.
Muchas veces esperamos tener certezas antes de comprometernos. El mundo del toro enseña que primero uno se entrega, y solo después descubres hasta dónde puedes llegar. Quizá la ilusión es el faro. Pero la entrega es el motor.

P. El documental establece un diálogo permanente entre la vida y la muerte. ¿Fue el aspecto más complejo de abordar desde el lenguaje audiovisual?
R. En realidad no, porque forma parte de la propia naturaleza de la tauromaquia.
La muerte está presente, pero lo que realmente ocupa el centro es la vida. La preparación, el esfuerzo, la ilusión, el miedo, la amistad, el aprendizaje… Todo eso existe porque la vida existe. La tauromaquia no habla de morir. Habla de cómo merece la pena vivir.

“La empatía no consiste en compartir las conclusiones del otro, consiste en entender por qué ha llegado hasta ellas”.

P. Muchos jóvenes se están acercando hoy a la tauromaquia por primera vez. ¿Pensaste también en ellos mientras construías el relato?
R. De hecho pensé sobre todo en ellos y en todas las personas que nunca habían tenido contacto con este mundo. No hice este documental para convencer a nadie, ni creo que ningún documental deba hacerlo, lo único que quería es que el espectador pudiera ponerse en la piel de quienes viven esta realidad. Que intentara comprender antes de juzgar. Porque la empatía no consiste en compartir las conclusiones del otro, consiste en entender por qué ha llegado hasta ellas.

P. Diría que la tauromaquia conserva una función antropológica que sigue interpelando al ser humano actual.
R. Por supuesto, sigue haciéndonos preguntas que ninguna época consigue evitar. ¿Qué hacemos con el miedo? ¿Qué significa el valor? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a entregarnos por aquello que amamos? ¿Qué lugar ocupa la muerte en nuestra manera de vivir? Las respuestas cambian con los siglos, pero las preguntas no.

P. ¿Qué te gustaría que quedara en el espectador varios días después de ver el documental?
R. Me gustaría dejar preguntas más que respuestas. Que el espectador siguiera pensando en alguna conversación, en alguna frase o en alguna imagen. Que se sorprendiera volviendo mentalmente a una escena sin darse cuenta. Para mi seria la prueba de que le ha impactado. Para mí los documentales no terminan cuando aparecen los créditos, terminan cuando el espectador deja de hacerse preguntas.

P. ¿Por qué hay que ver A Pulso?
R. Porque no pretende explicar la tauromaquia desde la técnica ni desde la polémica. Intenta comprenderla a través de las personas que la viven. Incluso quien ya conoce este universo descubrirá una mirada distinta. Quien no lo conoce probablemente descubrirá que este mundo es de una complejidad mayor de la que imaginaba. Y que esa complejidad merece ser comprendida.

Las grandes tradiciones no sobreviven porque respondan a todas las preguntas, sino porque siguen formulando las que nunca dejan de importar.

Y, si se nos permite tomar prestadas las palabras con las que Madeleine Idoux despide A Pulso: “El toro no justifica nada, revela. Recuerda que una verdad puede existir sin ser útil, sin ser consensuada, sin ser aceptable para todos y que la libertad de pensar, la verdadera, nunca es apacible”.

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