Hablar de placer femenino en voz alta —y sin eufemismos— sigue siendo, en muchos contextos, un gesto casi político. Durante décadas, la narrativa dominante ha dejado fuera una parte esencial de la experiencia sexual: la de las mujeres. Ahora, esa conversación da un salto inesperado hacia la gran pantalla con El placer es mío, una comedia dramática que se estrena en España el 19 de junio y que toma como punto de partida una de las innovaciones más disruptivas en el ámbito del bienestar íntimo: el nacimiento de Womanizer.

Dirigida por Reem Kherici y protagonizada por Alexandra Lamy y François Cluzet, la película se mueve entre la ficción y la inspiración real para construir una historia que, más allá de su tono ligero, pone sobre la mesa una cuestión incómoda pero persistente: la llamada “brecha orgásmica”. Según diversos estudios, mientras el 95% de los hombres alcanza el orgasmo de forma regular en relaciones en pareja, solo lo hace el 65% de las mujeres. En España, además, el 61% reconoce haber fingido un orgasmo al menos una vez.

En este contexto, El placer es mío presenta a Fanny y Tom, un matrimonio que, tras veinte años de relación, se enfrenta a una revelación inesperada: ella nunca ha experimentado un orgasmo. A partir de ahí, la película inicia un recorrido íntimo y, a la vez, universal. Lo que comienza como un intento por “arreglar” una situación concreta se transforma en una exploración más profunda sobre el deseo, la comunicación y las expectativas que atraviesan la vida en pareja.

Aunque la historia toma licencias narrativas, su núcleo bebe directamente de un caso real. En el sur de Alemania, Michael Lenke decidió replantearse el modo en que se concebía el placer femenino tras descubrir esa misma brecha. Junto a su esposa Brigitte, desarrolló lo que en 2014 se convertiría en la tecnología Pleasure Air, un sistema de estimulación sin contacto que supuso un antes y un después en el sector. Más allá del producto, el impacto fue cultural: contribuyó a normalizar una conversación históricamente silenciada.

La película recoge ese espíritu de transformación, trasladándolo a un lenguaje accesible y emocional. No se trata únicamente de contar el origen de un dispositivo, sino de reflejar un cambio de paradigma: el paso de un modelo centrado en el rendimiento a otro que pone el foco en la experiencia, el autoconocimiento y la autonomía.

En un momento en el que el bienestar íntimo ha dejado de ser un tema marginal para ocupar espacio en el discurso público, propuestas como El placer es mío evidencian cómo el cine también puede actuar como catalizador cultural. Entre la comedia y la reflexión, la película invita a cuestionar lo que se ha dado por hecho durante demasiado tiempo y a imaginar nuevas formas de entender el placer.

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