Por Marc Doménech

La legendaria serie Juncal comenzaba con una escena simplemente brillante. Un invidente quiere atravesar la sevillana Calle Betis y Juncal, ayudándole a cruzar, le dice: “¿Ha visto usted hoy cómo reluce la Maestranza? Perdón por el gasapo. Yo lo primero que hago al volver a casa es saludarla, trae suerte, jefe. Lástima que no pueda usted verla”. La respuesta del invidente fue pedirle que le ayudara a volver a la acera de enfrente, la del Guadalquivir, la más cercana a la plaza.

Así debe de ser como se siente un torero lejos de su plaza. Si los sevillanos son muy “suyos”, no me quiero imaginar cómo se debe sentir Manuel, un novillero de Sevilla, lejos de la Maestranza. Esta plaza no representa un mero edificio de la ciudad con el que rellenar postales, tazas e imanes -eso será efectivo para los guiris-; más bien es una obsesión sentimental para la ciudad.

A sus 26 años, Manuel Olivero, un joven novillero de Sevilla, sigue vistiéndose de luces con la idea de seguir marcando su camino. Quien habla con una persona dispuesta a jugarse la vida espera, al menos, algo de orgullo, incluso chulería -en el mejor de los sentidos- en sus respuestas. Pero al hablar con Olivero, su persona pasa a un segundo plano. Esquiva cualquier tentación de construir un personaje. No presume, no se vende, ni si quiera se revindica. Le preguntas por sus miedos y termina hablándote de su responsabilidad con los demás. Le preguntas por él y acaba hablando de Dios. 

Esta tarde, el joven Manuel toreará en la plaza de toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, junto a Nacho Torrejón y Sergio Rollón, toros de Fermín Bohórquez. Quien acuda verá la gloria de las glorias. Más allá de un tipo jugándose la vida frente a un bravo toro, se encontrará a un torero preocupándose por la salvación de su alma. No me digan que no es más que interesante.

PREGUNTA: ¿Quién eres cuando te quitas el traje de luces?
RESPUESTA: Un torero. Siempre intento estar en torero, en todo momento y lugar. Eso sí, intento ser cada día mejor persona.

P. ¿Eres feliz siendo Manuel Olivero o a veces te pesa ser “el novillero”?
R. Soy muy feliz siendo Manuel Olivero, porque no puedo ser más afortunado. Dios me ha dado una familia, unos amigos y una vida que mucha gente en el mundo no tiene, y estoy muy agradecido.

P. ¿Qué es lo más difícil de explicarle a alguien que no entiende el toreo?
R. Quizá lo más difícil de explicar sea lo que sentimos los toreros. Eso solo se puede entender sintiéndolo. Aunque a veces, cuando se crea una gran obra, la gente también es capaz de sentirlo.

P. Y ese mismo alguien, ¿qué te gustaría que entendiera de ti?
R. Me gustaría que entendiera lo que tengo dentro y necesito expresar.

P. ¿Qué sucede en el mismo instante en que os vestís de luces?
R. Es uno de esos momentos en los que el miedo se va, al menos en mi caso, y me siento muy torero. Disfruto mucho de ese momento. Me preocupo de ir lo mejor posible y de que cada cosa quede en su sitio.

“El arte termina cuando el toro no quiere y la lucha empieza cuando el torero quiere”.

P. ¿Qué Manuel sale a la luz cuando torea?
R. Eso depende mucho del día. Hay días que sale un Olivero frágil, otros días sale con genio, arrebatado… otros días salen cosas bonitas… Cada día el espíritu está de una forma u otra. Aunque siempre con una entrega y compromiso total.

P. ¿Dónde termina el arte y empieza la lucha real?
R. El arte termina cuando el toro no quiere y la lucha empieza cuando el torero quiere. A mí no me gusta pelearme con el toro, sin embargo, intento que haya arte incluso con el que no quiere, para darle la muerte más torera posible.

P. ¿Hay alguna herida que haya marcado tu forma de entender el valor?
R. Gracias a Dios no tengo ninguna herida grave. Pero si tengo pequeñas marcas invisibles que han ido forjándome a lo largo de mucho tiempo para tener el valor que tengo ahora, que es el justo. Como decía el maestro Pepe Luis Vázquez: “Si tiene el valor justo, ¿para qué quiere más?”.

P. ¿En algún momento sientes que luchas más contra los nervios que contra cualquier otra cosa?
R. Con lo que más lucho es contra mi cabeza. Aparecen pensamientos y dudas y hay que trabajar mucho para disuadirlos rápidamente. Es una profesión muy dura mentalmente, son muchas cosas las que te preocupan y al final todo es por el toro. Gracias a la Fe que tengo en Dios, soy capaz de superar todo eso.

P. ¿Qué ves cuando cierras los ojos antes de dormir la noche anterior a una corrida?
R. La verdad es que nada en concreto. Suelo organizar todas las cosas y acabo cansado. Rezo y le pido a Dios lo que sea mejor para mí.

P. ¿Qué tiene el silencio de la Maestranza?
R. Lo tiene todo. Tiene expectación, tiene indiferencia, tiene respeto… muchas cosas muy distintas que dependen del momento en el que ocurra el silencio. Es algo único y es una de las señas de identidad de Sevilla, para bien y para mal.

P. ¿Qué temes más: que el toro te hiera o que el público no te recuerde?
R. Ni una cosa ni otra. Lo que más temo es defraudar a la gente que me quiere o a mis partidarios, que no se sientan orgullosos de mí, de no ser capaz.

P. ¿Hay alguien a quien lleves contigo cada vez que cruzas el umbral de una plaza?
R. A Dios.

“Quiero prepararme para ganarme el cielo”.

P. ¿Crees que una mujer tiene que estar loca para amar a un torero?
R. A mi madre le ha tocado y me ama. Las mujeres son muy fuertes. No están locas, son muy fuertes, y si de verdad te aman… aguantan todo.

P. ¿Hacia dónde caminas?
⁠R. Sinceramente, eso yo no lo sé. Hablo mucho con Dios y le pido ayuda para que me lleve por el mejor camino posible, paso a paso. No sé hasta dónde llegaré. 

P. El día en que ocupes el sitio que deseas, ¿qué miedo crees que seguirá acompañándote?
R. En ese momento llevaría conmigo el miedo de ser capaz de mantener ese sitio cada día y seguir evolucionando como torero y como persona. Me daría mucho miedo quedarme estancado o incluso ir hacia abajo.

P. Cuando todo termine y mires atrás, ¿qué tendría que haber ocurrido para sentir que esta vida ha merecido la pena?
R. Mi vida habrá merecido la pena si siento que he sido muy buena persona, que he tenido el cariño de todos los que me rodean y que todo lo he hecho con mi mejor intención y voluntad. Que tenga la conciencia tranquila pensando que quizás pueda ir al cielo. El cielo hay que ganárselo y es lo más importante de la vida; quiero prepararme para ganarme el cielo.

Manuel no coloca el éxito en el centro de sus respuestas. Mientras muchos jóvenes de su edad hablan de méritos, reconocimientos o de llegar, él habla de merecer. Revelador.

Aunque, sin duda, uno de sus sueños sea triunfar como novillero, tomar la alternativa, salir por la Puerta del Príncipe de Sevilla o llegar a ser figura del toreo -en definitiva, la lista de quien vive vestido de luces-, el sevillano parece más bien preocupado por conquistar algo bastante más difícil: la tranquilidad de la conciencia.

Su toreo será como su alma. Manuel Olivero no quiere únicamente un lugar en los carteles, sino un lugar en el mundo, de los buenos.

Fotografías cedidas por Manuel Olivero.

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