Francia despide estos días a Bernadette Chirac y con ella parece cerrarse definitivamente una manera de entender la política, la elegancia y hasta la propia condición de primera dama. En una época donde la notoriedad se mide en seguidores y la influencia se confunde con la exposición permanente, Bernadette pertenecía a una generación que ejercía el poder desde la discreción, desde la lealtad y desde una extraña mezcla de hierro y encaje. El filósofo Jean Guitton la bautizó como «la última reina de Francia» y, por una vez, el tópico resultó exacto. Había en ella algo de esas mujeres que atraviesan la Historia sin ocupar oficialmente el trono, pero que terminan siendo más reconocibles que quienes lo ocupan. Su muerte, a los 93 años, ha provocado en Francia una emoción transversal porque no desaparece solamente la viuda de Jacques Chirac; desaparece una figura que formaba parte del paisaje sentimental de la nación.

La primera vez que la vi fue en Lourdes, en septiembre de 2008, durante el viaje apostólico de Benedicto XVI para conmemorar el 150 aniversario de las apariciones de la Santísima Virgen. Yo era muy joven y recuerdo perfectamente aquella imagen. Mientras miles de peregrinos seguían la ceremonia, Bernadette avanzaba con uno de sus inseparables bolsos en la mano. Caminaba sin afectación alguna, con esa elegancia natural que poseen algunas mujeres francesas para las que la distinción parece una segunda piel. Pasó a pocos metros de donde me encontraba durante la misa y aquella escena se me quedó grabada. No era una estrella de cine, ni una princesa, ni una celebridad al uso. Sin embargo, poseía una presencia difícil de explicar. Había algo profundamente francés en ella, algo que mezclaba autoridad, educación, tradición católica y una cierta melancolía aristocrática que hoy parece extinguida.

Volví a verla en enero de 2012, esta vez en París, entrando en un desfile de Chanel en el Grand Palais. Era íntima amiga de Karl Lagerfeld. Recuerdo su llegada con precisión fotográfica: el tailleur impecable, el cabello perfectamente cardado y esas inconfundibles gafas de cristal ahumado que acabaron convirtiéndose en una de sus señas de identidad. No eran gafas de sol; eran algo mucho más sofisticado. Eran una declaración de estilo. Bernadette entendió antes que nadie que la imagen pública también forma parte del lenguaje político. Karl Lagerfeld la adoraba y durante años la vistió como a una gran dama de la vieja Europa. Mientras otras esposas de dirigentes intentaban parecer modernas, ella prefirió convertirse en icono. Y lo logró. Bastaban aquellas gafas, un bolso discreto y un traje de tweed para reconocerla instantáneamente entre una multitud.

La prensa francesa la retrató durante décadas como la esposa paciente de un marido legendariamente infiel. Jacques Chirac, al que algunos periodistas bautizaron con cruel humor como «el amante de los cinco minutos», alimentó durante años rumores, aventuras y leyendas sentimentales que involucraron a periodistas, políticas e incluso a figuras tan cinematográficas como Claudia Cardinale. Bernadette nunca hizo de ello un drama público. Su respuesta fue más francesa que feminista, más irónica que victimista. «Al principio fue duro, después me acostumbré», llegó a decir. Hay una frase de la historia de Francia que resume bien a muchas de sus grandes mujeres: soportaban mucho porque entendían que representaban algo más grande que ellas mismas. No sé si era admirable o terrible, probablemente ambas cosas. Pero Bernadette convirtió aquella resignación en una forma de poder silencioso. Mientras todos hablaban de las amantes, ella seguía acumulando influencia política.

Porque detrás de aquella apariencia de gran burguesa católica había una auténtica mujer de Estado. Fue la única primera dama francesa que ejerció una carrera política propia durante décadas, consejera general de Corrèze desde 1979 hasta 2015 y figura imprescindible en la construcción del llamado sistema Chirac. Nicolas Sarkozy la consideraba una amiga íntima y muchos dirigentes reconocían que su criterio tenía más peso del que figuraba en los organigramas oficiales. Francia la apreciaba porque nunca pareció artificial. Era conservadora, sí; católica, también; orgullosamente francesa, desde luego. Pero poseía una autenticidad que hoy escasea. Incluso la izquierda terminó respetándola. Quizá porque entendieron que aquella mujer de aspecto severo había abierto camino a muchas otras sin necesidad de proclamarlo constantemente. Catherine Deneuve terminó inmortalizándola en la película La mujer del presidente, una deliciosa reivindicación de quien durante demasiado tiempo fue presentada únicamente como la esposa de alguien.

Y sin embargo, cuando la política terminó, apareció otra Bernadette. La mujer que acudía a fiestas en Saint-Tropez, que escuchaba a Mika, que visitaba a sus amigas en sus hôtels particuliers parisinos y que se negaba a convertirse en una viuda ceremonial. «Yo soy yo, mi marido es mi marido. Él no es divertido, se va a la cama pronto y yo no», dijo una vez. Esa frase explica mejor su personalidad que cualquier biografía. Hoy sus exequias se celebran en la basílica de Santa Clotilde, donde comenzó su historia junto a Jacques Chirac hace exactamente setenta años. Francia la despide con honores de Estado, pero también con una emoción más íntima. Se marcha una generación para la que el deber aún significaba algo. Se marcha una mujer que conoció el poder sin dejarse deslumbrar por él. Y se marcha, sobre todo, una de esas figuras irrepetibles que convierten una época en algo reconocible. Las reinas de verdad rara vez llevan corona. Bernadette Chirac nunca la necesitó.

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