Hay fotógrafos que retratan el mundo y otros, mucho más raros, que fotografían el eco que el mundo deja cuando desaparece. Algo así como el lleno del vacio. O viceversa. Alejandra Diez de Rivera pertenece a esa estirpe: la de quienes convierten la imagen en una excavación emocional. En una especie de manantial de significados que llevan a la reflexión. En la inauguración de El Teatro Interior, presentada en Espacio Valverde dentro del marco de PHotoESPAÑA, se tenía la sensación de asistir no a una exposición, sino a una especie de ceremonia silenciosa donde cada fotografía respiraba con una gravedad antigua, casi litúrgica. La religiñon estba muy presente en esos confesionarios romanos que estaban a veces abiertos, a veces cerrados pero siempre testigos mudos de los pecados de la humanidad.
Diez de Rivera lleva años construyendo una mirada muy poco frecuente en la fotografía contemporánea española: una mirada culta, técnica y profundamente psicológica. Formada entre Central Saint Martins y el Royal College of Art, ha pasado por distintas etapas visuales hasta depurar un lenguaje propio, reconocible y maduro. Su ojo está curtido por la observación lenta y por una sensibilidad casi literaria hacia los objetos. Hay en sus imágenes algo de novela centroeuropea, algo de teatro decadente y algo también de psicoanálisis elegante. No es casual que sea ya una de las fotógrafas españolas con mayor proyección internacional.

La exposición se articula como una meditación sobre los espacios vacíos y la memoria que conservan. Un confesionario, una cama de hospital o un palco teatral aparecen como escenarios donde la vida ya ha ocurrido y, sin embargo, continúa latiendo. Umbral habría dicho que los objetos tienen biografía, y aquí cada objeto parece sostener una culpa, una herida o un deseo. Las cajas vacías de crucifijos, las pistolas de duelo, las medallas o los rifles no funcionan como elementos decorativos, sino como reliquias emocionales de una autoridad extinguida que todavía impone silencio. La artista no fotografía las cosas: fotografía la tensión invisible que las rodea.
En tiempos de imágenes rápidas, inmediatas y ruidosas, Alejandra Diez de Rivera propone exactamente lo contrario: detenerse. Mirar despacio. Escuchar lo que queda cuando los cuerpos abandonan el escenario. El Teatro Interior no busca impresionar; busca inquietar suavemente, como hacen las buenas obras. Y quizá ahí resida su fuerza. Porque sus fotografías no se contemplan: se habitan.
La exposición se puede visitar en Espacio Valverde hasta el 18 de julio. Calle Valverde, 30, Madrid,





