Por Bertie Espinosa

Madrid ha vivido estos días una rareza estadística. En una época en la que cada cual camina mirando una pantalla, millones de personas decidieron mirar hacia el mismo sitio. Hacia un hombre vestido de blanco que llegó a España en la mañana del sábado. Que ese sitio fuera un Papa resulta todavía más improbable. Nos habíamos acostumbrado a que las multitudes sólo se reunieran para celebrar goles, conciertos o rebajas. Alguna cosa más también, pero ordinaria. Sin embargo, apareció León XIV, vestido con la sencillez escandalosa de quien no necesita disfrazarse de nada, y una ciudad entera recordó que existen acontecimientos que no caben en una story de quince segundos. Ahora son más, pero conviene que no sobrepasen esos 15.

Durante unos días, Madrid pareció una ciudad antigua. Antigua en el mejor sentido, pues había algo en el ambiente que me devolvía a 2011 y 2006, fechas entre las que se comprendieron las últimas visitas papales. Había familias, sacerdotes, monjas, universitarios, señoras cde buen cardado, ejecutivos que habían abandonado el Excel por unas horas y adolescentes que descubrían que también se puede formar parte de algo sin necesidad de retransmitirlo en directo. Y consultores de voz grave, muchos consultores. La primera parada de esta apasionante aventura era en Azca y ahí no hay duda. Las calles recuperaron una palabra que parecía jubilada: comunidad. Esa palabra que hoy produce más alergia que la lactosa porque obliga a reconocer que no somos el centro exacto del universo.

Naturalmente, también llegaron los expertos. España es un país donde nunca falta un especialista en fútbol, en política exterior y en cónclaves vaticanos. Hemos visto tertulianos analizar al Papa con la misma profundidad con la que comentan un penalti dudoso. Algunos se sorprendían de que tanta gente acudiera a verlo. Como si la fe fuera una extravagancia arqueológica y no una de las fuerzas que han construido Europa, sus catedrales, sus hospitales, sus universidades y hasta buena parte de sus mejores cuadros. Hay quien contempla una procesión como quien observa una costumbre exótica de una tribu remota, mientras dedica tres horas diarias a seguir las peripecias sentimentales de un concursante televisivo.

Y sin embargo, lo verdaderamente fascinante no era León XIV. O no solamente. Lo fascinante era observar a la multitud. Esa suma de desconocidos que jamás volverán a verse y que, durante unas horas, compartieron algo parecido a una esperanza. Vivimos tiempos tan obsesionados con el individuo que cualquier experiencia colectiva parece sospechosa. Hemos convertido el yo en una religión de bolsillo. Por eso resulta tan desconcertante contemplar una plaza llena de personas que no han acudido para exhibirse, sino para mirar juntas en una misma dirección.

Habrá quien se quede con las cifras, con los dispositivos de seguridad, con las fotografías aéreas o con el inevitable debate político que todo lo contamina. Yo prefiero quedarme con otra imagen. La de miles de móviles levantados hacia el cielo. El mismo aparato que suele aislarnos convertido, por una vez, en una herramienta para compartir un instante. Quizá ahí resida el pequeño milagro contemporáneo. No en la tecnología, sino en haber logrado que dejara de hablar de nosotros durante unos segundos para señalar algo más grande que nosotros.

León XIV se marchará. Madrid volverá a sus atascos, a sus prisas y a sus escándalos de temporada. Las redes encontrarán una nueva indignación para entretener la semana. Pero quedará una certeza extraña. La de haber comprobado que, incluso en la era del algoritmo, sigue existiendo un lugar para el misterio. Y que mientras algunos siguen anunciando la muerte de Dios cada primavera, millones de personas continúan reservándole un hueco en su calendario y, sobre todo, en su corazón.

Porque tal vez la noticia nunca fue que viniera un Papa. La noticia es que todavía haya quienes crean que ciertas cosas merecen ser celebradas más allá de uno mismo. Y en estos tiempos de egos hipertrofiados y biografías editadas, eso sí que parece un milagro.

Foto: Gabriel Gonzalez-Andrío

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