Por Bertie Espinosa
Foto: Elena Kurka x Nikon Z f + NIKKOR Z 50mm f/1.8 S
Madrid todavía guarda rincones donde el tiempo no ha sido derrotado por el algoritmo. Lugares donde las conversaciones duran más que las stories y donde las personas todavía llegan mirándose a los ojos y no a la pantalla del teléfono. La plaza de las Salesas es uno de esos lugares. Campanas al vuelo y la calma de una plaza florecida en un estallido de verdes primaverales que a uno le reconcilia con la vida. Empedrada aún, resistente al asfalto y a la vulgaridad contemporánea, parecía este lunes un decorado antiguo suspendido en mitad de mayo. Sonaban las campanas del campanario al fondo mientras caía la tarde y el aire olía a vino, a jazmín y a ese Madrid taurino que aparece cada San Isidro como un fantasma elegante.
Allí, en la tienda-galería de Ignacio Goitia, celebramos desde ESSENCEmag una copa muy nuestra. Una de esas reuniones que ya casi no existen. Una fiesta sin influencers, sin coreografías impostadas, sin necesidad de demostrar nada. Cada invitado destacaba por algo real: por su oficio, por su trayectoria, por su conversación o por su mundo. Había toreros, artistas, periodistas, galeristas, empresarios, escritores y amigos. Gente con vida detrás de los ojos. Con sensibilidad y con ganas de hacer de la tarde del lunes la prolongación de una buena tarde de puerta grande.
Porque Goitia pertenece a esa especie rarísima de hombres que parecen haber escapado de otro siglo. Un hombre del Renacimiento en pleno XXI. Pintor, coleccionista de belleza, agitador cultural, anfitrión natural y creador de universos propios. Sus cuadros taurinos colgados en las paredes parecían conversar con los invitados mientras Madrid seguía latiendo detrás de los balcones abiertos.
Y entonces apareció la noche. Llegaron muchos nombres ligados al toro y a la liturgia de Las Ventas. José Ortega Cano, impecable en tonos arena, convertido ya en una figura casi castiza del paisaje sentimental español, habló de campo, de olivos y de vida con esa naturalidad antigua que hoy resulta revolucionaria. También estuvo María del Monte, sevillana luminosa y magnética, recién salida de televisión y todavía envuelta en el eco popular de sus canciones.
Entre copa y copa fueron llegando toreros y novilleros: Juan Herrera, Villita, García Pulido, Sergio Rollón, Mario Navas, Fernando Plaza o Álvaro Alarcón. Un cartel de lujo y juventud que garantiza siempre una buena tertulia taurina. También rostros profundamente vinculados al mundo taurino y cultural madrileño como David Casas, Elena Salamanca, Ramón Portuondo, Estanis Aguilar, Veva Longoria, Ana Palacio, Begoña Trapote, Rafael Sitges o Jacob Bendahan. Negritas dignas de Umbral o Carmen Rigalt. Un Madrid sin influencers y otros seres sin oficio pero con beneficio.
Había algo profundamente hermoso en aquella mezcla. Como si Madrid hubiera decidido, por unas horas, volver a parecerse a sí mismo. Sin artificio. Sin urgencia. Una copa elegante y casi literaria en mitad de la era Instagram. Esa es, quizá, la filosofía secreta de ESSENCEmag: reivindicar la belleza de las cosas que todavía tienen alma.
La noche terminó entre conversaciones lentas, brindis y humo de habanos invisibles. Y fue también una noche profundamente gourmet gracias al vino tinto de Figuero, al champagne francés de Laurent-Perrier, al vino blanco de Viñedos El Pacto y al maravilloso jamón de Ibéricos Montellano, que convirtió la barra en una pequeña catedral gastronómica. Madrid, cuando quiere, todavía sabe ser eterna.




