Texto por Alberto Espinosa
Fotografía: Celine van Heel
A sus 93 años, este gallego de nacimiento y madrileño de adopción se ha convertido en un icono de estilo y elegancia, demostrando que la edad es solo un número y que la verdadera sofisticación es atemporal.
La historia de Andrés García-Carro es, cuanto menos, cinematográfica. Durante décadas llevó una vida discreta, alejada de los focos y las pasarelas. Sin embargo, el destino, caprichoso como siempre, tenía otros planes. Fue su nieta, la fotógrafa Celine van Heel, quien durante el confinamiento comenzó a capturar la esencia y el porte natural de su abuelo. Lo que inició como un proyecto familiar pronto se transformó en un fenómeno viral. Las imágenes de Andrés, con su porte distinguido y mirada penetrante, comenzaron a circular por las redes y así nació The Spanish King.
En un mundo obsesionado con la juventud, Andrés aporta una perspectiva refrescante. Su estilo, una mezcla de clasicismo y modernidad, evoca a los grandes galanes del cine de antaño. No es de extrañar que firmas de moda y revistas especializadas hayan puesto sus ojos en él. Su presencia en editoriales de moda y colaboraciones con marcas de renombre ha sido recibida con entusiasmo, demostrando que la elegancia no tiene fecha de caducidad.
Pero ¿qué es lo que realmente cautiva de The Spanish King? Más allá de su evidente atractivo físico, hay una autenticidad que trasciende la pantalla. En una era donde la superficialidad y la apariencia lo son todo, Andrés nos recuerda la importancia de la experiencia, la sabiduría y la autenticidad. Su mirada, cargada de historias y vivencias, invita a reflexionar sobre el paso del tiempo y el verdadero significado de la belleza.
Es inevitable pensar en las palabras de Francisco Umbral, quien en Mortal y Rosa reflexionaba sobre la fugacidad de la vida y la búsqueda de la belleza en lo cotidiano. Umbral, con su prosa lírica y profunda, podría haber encontrado en Andrés una fuente inagotable de inspiración. Ambos comparten esa capacidad de transformar lo mundano en extraordinario, de encontrar poesía en las arrugas y las canas que narran una vida bien vivida.
Por su parte, Rosa Montero, en su exploración de personajes complejos y profundos, podría ver en Andrés a un protagonista digno de sus novelas. Un hombre que, en el ocaso de su vida, descubre una nueva pasión y se reinventa, desafiando las expectativas sociales y demostrando que nunca es tarde para encontrar una nueva vocación.
Y es que, en la figura de The Spanish King, convergen múltiples narrativas. Es una celebración de la vida en todas sus etapas, una oda a la resiliencia y una prueba de que la moda y el estilo no son exclusivos de los jóvenes. En cada fotografía, Andrés nos muestra que la verdadera elegancia proviene de la confianza en uno mismo y de la aceptación de nuestra propia historia.
En una entrevista reciente, Andrés compartió algunas reflexiones que encapsulan su filosofía de vida. Habló sobre la importancia de mantenerse activo, tanto física como mentalmente, y de la necesidad de adaptarse a los cambios sin perder la esencia de uno mismo.
“La vida es un constante aprendizaje. Cada día es una oportunidad para descubrir algo nuevo, para reinventarse y para apreciar la belleza que nos rodea”.
Estas palabras resuenan con la sabiduría de alguien que ha vivido casi un siglo, pero que aún mantiene la curiosidad y el entusiasmo de un joven. Es esta dualidad la que hace de The Spanish King una figura tan fascinante. Nos muestra que la edad no es una barrera, sino una acumulación de experiencias que enriquecen nuestra perspectiva y nos permiten apreciar la vida en toda su plenitud.
En el fashion system, donde las tendencias van y vienen, la autenticidad es un bien escaso. Andrés, con su estilo innato y su porte distinguido, aporta una dosis de realidad y profundidad que a menudo falta en la industria. Su éxito es un testimonio de que el público anhela historias reales, figuras con sustancia y una belleza que va mucho más allá de la superficie.
Es interesante observar cómo la colaboración entre Andrés y su nieta Celine ha trascendido lo familiar para convertirse en un fenómeno cultural. En sus fotografías se percibe una conexión genuina, una complicidad que añade una capa adicional de profundidad a las imágenes. Celine, con su ojo artístico, ha sabido capturar la esencia de su abuelo, presentándolo al mundo de una manera que es a la vez respetuosa y revolucionaria.
Esta colaboración intergeneracional es un recordatorio de que el arte y la creatividad no tienen edad. Es una celebración de la familia, de las conexiones humanas y de la capacidad de inspirarse mutuamente. En un mundo que a menudo enfatiza las diferencias entre generaciones, la historia de Andrés y Celine es un ejemplo poderoso de lo que se puede lograr cuando se unen diferentes perspectivas y experiencias.
En última instancia, The Spanish King es mucho más que un influencer o una sensación de las redes sociales. Es un símbolo de la belleza atemporal, de la importancia de la autenticidad y de la capacidad de reinventarse a cualquier edad. Su historia inspira a abrazar nuestras propias experiencias, a encontrar la elegancia en nuestra individualidad y a recordar que, sin importar la edad, siempre hay nuevas aventuras y oportunidades esperando ser descubiertas.
El hombre que convirtió la elegancia en una forma de estar en el mundo
Hay hombres que no pasan; se quedan flotando entre el humo de un habano y la silueta de una copa de brandy. Andrés —The Spanish King, lo llamaban los que sabían mirar— no fue un hombre que simplemente viviera, sino alguien que ensayó la vida como quien ensaya una ópera de Giacomo Puccini: con dramatismo, con ternura, con una elegancia feroz.
Las fotografías antiguas que ilustran estas páginas no son solo memoria: son altares. Su andar tenía una cadencia barroca, la serenidad de quien no tiene prisa porque ya ha llegado a todos los lugares donde realmente merecía estar.
Siempre impecablemente vestido, con ese gusto castizo y universal capaz de mezclar chaquetas inglesas con alma andaluza y pañuelos que decían más que un manifiesto. Había en él algo de torero sin plaza, de poeta sin libro, de diplomático sin cartera. Caminaba por el mundo con la cortesía antigua de quienes saben que el detalle es un acto de amor y que una mirada puede durar más que un siglo.
Su vida nunca fue una línea recta, sino una curva suave como la cintura de una guitarra, donde cabían amigos, cenas eternas, trenes que llegaban a París de madrugada y madrugadas que no necesitaban reloj.
Decía que vivir bien no era acumular, sino elegir: la palabra precisa, el gesto justo, la copa correcta. Y aquella risa suya, con eco de salón vienés y compás de pasodoble, recordaba que la elegancia no está en la ropa, sino en la actitud. Andrés no se ha ido. Está en cada atardecer que huele a cuero y a vino bueno, en cada abrazo largo, en cada fotografía en blanco y negro donde el tiempo parece detenerse para rendirle pleitesía.
Hablar con él es asomarse a un tiempo donde la elegancia era una forma de comportamiento y no una estrategia estética.
¿Recuerda el momento exacto en el que nació “The Spanish King”?
Perfectamente. Fue hace unos cinco años, unas Navidades. Mi nieta Celine me dijo: “Abuelo, baja al portal que voy a hacerte unas fotos”. Ella trabajaba entonces para L’Officiel y debió ver algo en mí que yo nunca había visto. Aquellas fotos salieron primero en la edición china y luego en la francesa. Después llegó un reportaje para Aperture, la revista vinculada a American Express, y a partir de ahí empezó una especie de vorágine. Empezaron a llamar de todas partes y ya no ha parado.
¿Le sorprendió convertirse en un icono de estilo a los noventa años?
Completamente. Mi vida anterior no tenía nada que ver con la moda. Yo había estudiado Derecho, preparé oposiciones, fui funcionario del Estado, agregado cultural en Buenos Aires, empresario inmobiliario… jamás imaginé algo así. Pero la vida tiene un gran sentido del humor.
Da la impresión de que usted siempre tuvo una relación natural con la elegancia.
Sí, eso sí. Siempre me gustó vestir bien. Me he cuidado físicamente toda la vida y he tenido interés por la ropa, aunque de una manera muy clásica. La diferencia es que antes esa elegancia pertenecía a mi vida privada y ahora se ha convertido en una imagen pública.
¿Existe diferencia entre Andrés García-Carro y “The Spanish King”?
Totalmente. The Spanish King es un personaje, una estética, una imagen editorial. Andrés García-Carro es un hombre completamente normal. Yo no voy vestido por la calle como aparezco en muchas fotografías. Vivo tranquilo, leo, escucho música, juego al golf y hago una vida bastante sencilla.
Sin embargo, la gente lo reconoce constantemente.
Sí, y me sigue sorprendiendo muchísimo. Me paran mucho por la calle. Supongo que porque he salido muchas veces en televisión y revistas. Lo curioso es que la mayoría son jóvenes, y eso me encanta.
¿Por qué cree que conecta especialmente con gente joven?
Porque yo también me siento muy joven por dentro. Me interesa el presente, me gusta vivir al día y tengo mucha curiosidad. Hay personas que envejecen demasiado pronto porque dejan de interesarse por el mundo. Yo no.
¿Qué significa para usted la modernidad?
Adaptarse. Seguir la evolución de las cosas. Entender el tiempo en el que vives sin convertirte en un señor que critica todo lo nuevo. Yo no puedo decir que sea moderno —voy a cumplir 93 años—, pero sí intento convivir con la actualidad.
Y eso incluye también la música.
Absolutamente. Soy muy melómano. Durante décadas tuve abono de Ibermúsica y de la ópera en Madrid. He escuchado a las mejores orquestas del mundo, pero también escucho música moderna. No hago distinciones absurdas: hay música buena y mala en todas las épocas.
¿Sigue bailando?
Claro. Me ha gustado bailar toda la vida y sigo haciéndolo. Quizá ya no con la misma ligereza de antes, pero continúo disfrutándolo muchísimo.
Ha vivido varias vidas dentro de una misma existencia. ¿Cuál siente más cercana?
Todas forman parte de mí. Pero Buenos Aires fue una etapa extraordinaria. Estuve allí catorce años como agregado cultural y coincidí con el boom de la literatura latinoamericana. Conocí a García Márquez, Vargas Llosa, Borges, Ernesto Sábato, Mujica Laínez… era una ciudad culturalmente fascinante.
¿Cómo era Borges en privado?
Encantador. Muy educado, muy inteligente y con muchísimo sentido del humor. Tengo recuerdos maravillosos con él. Una vez me pidió una edición muy antigua de las poesías completas de Ramón y Cajal. Conseguí el libro en Madrid, pero me lo robaron del coche unas horas antes de dárselo. Tuvieron que guardarme el segundo ejemplar de la librería porque nadie iba a creer aquella historia.
También tuvo mucha relación con el exilio republicano.
Sí. En Buenos Aires convivían muchísimos exiliados españoles. Yo fui muy amigo de Claudio Sánchez-Albornoz, presidente de la República en el exilio. Era un hombre extraordinario. Además, gracias a él comprendí lo equivocados que estábamos muchos jóvenes de mi generación respecto a ciertas ideas políticas que nos habían inculcado.
¿Cree que hoy somos más libres que hace cuarenta años?
Muchísimo más. No tiene comparación. En mi época los padres decidían prácticamente todo. Yo quería estudiar Arquitectura y mi padre decidió que estudiaría Derecho porque se me daban mal las matemáticas. Y no había discusión posible. Hoy los jóvenes luchan más por lo que quieren y eso me parece fantástico.
¿Nunca sintió miedo a reinventarse?
No. Creo que la vida consiste precisamente en eso: en no quedarse quieto. Yo me retiré hace cinco años de la inmobiliaria y entonces empezó esta nueva etapa. Y fíjese qué aventura tan inesperada.
¿Se arrepiente de algo?
De haberme retirado tan tarde. Ahora tengo una vida muchísimo más tranquila y más feliz. Vivo en A Coruña, al lado del golf, leo, escucho música y disfruto de los amigos. Tendría que haber aprendido antes a vivir así.
¿Cómo es un día normal en su vida?
Muy sencillo. Me levanto, escucho música, leo la prensa en la tablet y luego me voy al golf. Después vuelvo a comer, tengo tertulia con amigos y muchas veces regreso otra vez al golf. Lo paso francamente bien.
Durante la pandemia trabajó más que nunca.
Muchísimo más. Rodé campañas, películas, programas de televisión… Creo que me hice más de cien PCR. Recuerdo MasterChef, todos encerrados en un hotel, o una película con Paco León donde cada noche había controles antes de entrar al plató. Fue agotador, pero también emocionante.
¿Qué papel ha tenido Celine en todo esto?
Fundamental. Tengo una nieta excepcional. Ella supo mirarme de una manera nueva y enseñarme al mundo desde el cariño y la sensibilidad. Además tiene muchísimo talento. Estudió Periodismo y Audiovisual, aunque terminó dedicándose por completo a la fotografía. Y canta maravillosamente.
¿La familia ha sido siempre importante para usted?
Muchísimo. Yo creo que al final lo único verdaderamente importante son los vínculos humanos. Las amistades, la familia, las conversaciones largas… Todo eso es lo que permanece.
¿Escribirá algún día sus memorias?
No lo sé. Historias tendría muchas, eso desde luego. Lo que no tengo es disciplina para escribirlas. Aunque quizá algún día alguien me ayude.
Después de tantas vidas, tantos viajes y tantos encuentros, ¿qué cree que ha aprendido realmente?
Que vivir bien no consiste en acumular cosas, sino en conservar la curiosidad. Mientras uno siga teniendo ganas de aprender, de escuchar música, de conversar, de enamorarse de la vida… sigue siendo joven. Y eso no tiene edad.




