En un tiempo en el que casi todo parece condenado a la velocidad y al ruido, el fotógrafo Pedro Coll propone un viaje pausado hacia la raíz de ciertos rituales que todavía sobreviven en los márgenes de España. El triángulo fascinante no es solamente un libro de fotografía: es una exploración emocional y antropológica de tres territorios unidos por un vínculo casi sagrado entre el hombre y el caballo. Galicia, Baleares y Andalucía se convierten aquí en los vértices de una geografía simbólica donde conviven la fuerza salvaje de A Rapa das Bestas, la elegancia ceremonial de De cavalls i cavallers y la disciplina casi coreográfica de la doma en la Real Escuela Ecuestre. Las imágenes de Coll no documentan únicamente una tradición; parecen detener el tiempo para revelar algo más profundo, una memoria antigua que aún late bajo la modernidad.
La trayectoria de Pedro Coll explica, en parte, esa manera singular de mirar. Nacido en Menorca en 1947, abandonó la abogacía a los treinta años para dedicarse a la fotografía y al viaje, dos formas complementarias de comprender el mundo. Sus imágenes encontraron pronto espacio en publicaciones como Geo, El País Dominical o Viajar, antes de integrarse en proyectos internacionales tan emblemáticos como la colección A Day in the Life…, editada en Nueva York. Aquella experiencia lo llevó a compartir recorrido con nombres históricos de la fotografía como Elliott Erwitt, Sebastião Salgado o Cristina García Rodero. Sin embargo, lejos del gesto grandilocuente, la fotografía de Coll siempre ha mantenido una sensibilidad íntima y silenciosa, casi literaria. En sus imágenes hay polvo, respiración, piel, tradición y una cierta melancolía mediterránea que convierte cada escena en un fragmento de memoria colectiva.
Con El triángulo fascinante, proyecto iniciado a finales de los años setenta y culminado en 2024, Pedro Coll parece cerrar un círculo vital y creativo. El caballo aparece aquí como símbolo transversal de la periferia, de la diversidad cultural y del plurilingüismo de un país imposible de resumir bajo una sola identidad. Pero también como metáfora de una relación ancestral entre el hombre y la naturaleza, entre la celebración y el mito. Hay algo profundamente contemporáneo en volver la mirada hacia estos rituales antiguos: quizá porque recuerdan que todavía existen lugares donde el tiempo no ha sido del todo domesticado. Mientras ultima sus memorias, significativamente tituladas La necesidad de mirar, Pedro Coll entrega un libro que funciona como archivo sentimental y como declaración de principios: mirar sigue siendo una forma de resistencia.





