Por Marc Doménech

“Sueña torerillo, sueña, 
sueña con Sevilla.
Sueña, torerillo mío,
que están vistiendo a la gloria
llevando al toro prendío,
mirando a la Puerta Grande 
que se refleja en un río”.

Así versaba la canción de José León en el estreno del documental Zulueta, Hijo de Sevilla. Pareciera que León pensó en este joven de 20 años para escribir la tonada. Javier Zulueta, un sevillano, muy sevillano, que se define a sí mismo como “un chaval normal de Sevilla que siempre ha jugado al toro, cuyo sueño era el de ser torero”. Todo empezó como un juego con su primo en El Rocío, hasta que su abuelo lo apuntó a la escuela taurina y, sin darse prácticamente cuenta, se convirtió en un sueño cumplido. Ahora lo reformula con total rotundidad: “quiero ser figura del toreo”.

Tiene una ambición desmedida, pero recta. No como la de quien espera un regalo caído del cielo, sino de quien entiende que Dios es justo y recompensa todo esfuerzo y la dedicación. Aunque, en esto del toro, el arte es el arte: hay quien lo tiene y hay quien no. En este caso, la sevillanía -que vendría a ser lo mismo- rebosa. 

Su tranquilidad torera abruma, bien la explica él cuando se define. Abarca la paradoja bonita del joven maduro. Zulueta camina por la ciudad que ama y abandera con la misma paz a sus espaldas que firmeza, sueños y compromiso.

Nos citamos en una Sevilla bulliciosa, en plena Cuaresma, con las calles a rebosar. Casa Inquieta nos espera en lo que fue La Taberna del Alabardero. Una nueva imagen de la preciosa casa palacio que alberga el restaurante. Subimos a la planta superior, donde el clasicismo de los salones se mezcla con una estética más contemporánea. Belleza y tranquilidad cierran el espacio.

PREGUNTA: ¿Qué es Sevilla para ti?
RESPUESTA: Sevilla es mi casa. Es el lugar donde me he criado y donde siento que quiero estar toda mi vida.

La plaza de la Maestranza también la siento como mi casa, porque he crecido allí. Desde niño he estado en muchas corridas, jugando con la almohadilla en el patio de cuadrillas, toreando con ella como si fuera una muleta. Mi padre, que es alguacilillo de la Maestranza, me llevaba, y yo pasaba el tiempo entre los tendidos soñando con lo que algún día podría ser. Verme anunciado ahora en la Feria de Abril es, sinceramente, un sueño.

P. El año pasado toreaste todavía como novillero.
R. Tuve la oportunidad de torear en un mano a mano con Marco Pérez y fue algo muy especial. Fue una jornada un poco rara, porque coincidió con el apagón que hubo en España y durante horas no sabíamos si finalmente podría celebrarse el festejo. Recuerdo que estábamos en el hotel sin luz, pendientes de las noticias, con esa incertidumbre de no saber qué iba a pasar. Incluso se llegó a comentar la posibilidad de suspenderlo.

Aunque vino poca gente porque era muy difícil desplazarse -los trenes no funcionaban, muchas personas no podían llegar- se decidió seguir adelante, aunque fuera con retraso, y finalmente pudimos torear.  Fue un ambiente distinto a lo habitual, pero precisamente por eso lo recuerdo como un día muy bonito, que disfruté muchísimo.

P. Y en septiembre tomaste la alternativa, en la Feria de San Miguel. Un cartel así, ¿supone una presión o un aliento?
R. Era un poco de todo. Por supuesto que hay presión, porque estás toreando con las máximas figuras, pero al mismo tiempo también me motivaba muchísimo. Yo quiero estar ahí, en ese nivel, con las figuras y en las grandes plazas. Compartir cartel con Morante y Roca Rey, lejos de pesarme, me hace venirme arriba y sacar lo mejor de mí mismo. Verlos delante, ver cómo interpretan el toreo, te sirve de inspiración: ves lo que pueden hacer y sabes que tienes que estar a la altura.

P. ¿Qué es la sevillanía?
R. Es una forma de vivir y de sentir. Nadie puede copiar la sevillanía. En el mundo del toro, cuando alguien de fuera quiere torear “sevillano”, no le sale. Puede torear bien, puede torear bonito, pero le falta la sevillanía, ese sello que no se puede explicar; que solamente se puede vivir y sentir. Y cuando tú lo ves, sabes que lo estás viendo.

“Igual que los chiquillos que quieren ser futbolistas y ganar lo que gana Messi, pues yo quería ser figura del toreo y vivir la vida del torero”.

P. ¿En qué se nota que eres sevillano?
R. En mi toreo. En muchas crónicas, cuando toreaba ya sin caballos, siempre destacaban la sevillanía, siempre hablaban de ese toreo sevillano, incluso toreando en sitios muy lejanos. 

Me acuerdo de una tarde en Deba, un pueblo de Bilbao, donde me reconocían que era sevillano por mi forma de torear. Me pareció muy curioso y, además, me alegraba mucho. Que te digan “ese es sevillano” por la manera de interpretar el toreo, por esos detalles… eso hace a un torero muy especial.

P. ¿Qué es lo “clásico” para ti? ¿Te define?
R. No sé si definirme como clásico. Quizás sí, porque es el toreo que me gusta, pero yo me defino como un torero que hace lo que siente, que torea con su personalidad. No trato de buscar ser clásico ni buscar ser sevillano, simplemente hago lo que me sale de dentro y, si me gusto yo, al final gustas al público. Si de esa forma quizá es clásico, pues sí, se puede encajar como clásico. Cada uno tiene que ser fiel a sí mismo, ya sea por la raza, por las formas, por el valor o por el arte. Y cuando uno hace lo que siente, llega arriba.

P. ¿Te consideras demasiado joven para vivir todo lo que estás viviendo?
R. Los tiempos de Dios son perfectos. Es verdad que esta profesión te hace madurar rápido, porque todo te viene de golpe. Desde muy pronto se te exige una madurez inmediata. El toro exige madurez; para tratar con un animal como el toro tienes que tener la cabeza muy asentada, muy amueblada. Y, sobre todo, te exige mucha responsabilidad, mucho esfuerzo y sacrificio, que es lo que forma a una persona.

Siempre se dice sobre el toreo que te hace perder la infancia, pero yo no creo que la pierda, porque realmente hago lo que quiero. No lo he vivido de otra forma. Quizá no se vive como otros jóvenes: tus amigos te llaman un viernes para salir y tú no puedes. Te cuesta, pero hay tiempo para todo y sabes que el sacrificio tiene que estar, porque al final lo que quiero es ser figura del toreo y, para llegar a eso, tengo que sacrificarme.

P. ¿Qué le inspira a un joven de 20 años?
R. El hecho de cumplir un sueño. Yo siempre me he visto viviendo mi vida como figura del toreo. Desde chico soñaba con ser Morante. Yo no quería ser Messi ni Ronaldo, que es lo más habitual; yo quería ser Morante de la Puebla. Quería torear como él, tener todos los trajes de luces que él tenía, tener un cortijo… A mí lo que me inspira es eso. Y muchas veces, cuando uno está un poco de bajón, siempre tiene que pensar en el porqué quiso ser torero, cuál era su sueño. Volver un poco a ser ese niño. Eso es lo que me hace luchar y, sobre todo, ser feliz.

P. Dicen que para serlo hay que parecerlo.
R. Sí, el torero es torero en la plaza y lo es fuera. Porque ser torero es una forma de vivir. Aunque tú no quieras, la llevas contigo en la forma de pensar, de hacer las cosas, de analizarlo todo…

P. ¿Y cómo es “esa forma de ser, de vivir”?
R. Está, por ejemplo, el prototipo de torero bohemio, esos tópicos que mucha gente muchas veces trata de imitar o de parecer sin serlo. No sé cómo decirte qué es un torero. Un torero lo es y no sabe no serlo.

Tú ves a un torero como Morante, por ejemplo, haciendo cualquier cosa, y es torero, porque lo es. O Pablo Aguado también, por ejemplo. Su forma de andar, de pensar, de hablar, de vestir incluso… Somos personas normales, vivimos nuestro día a día, con nuestras idas y venidas, pero tenemos una forma de entender la vida distinta, porque también jugamos mucho con ella.

“Hay que pensar en cosas grandes, hay que apuntar alto. Si apuntamos al suelo no vamos a llegar a nada”.

P. ¿Qué le dirías hoy al niño que soñaba con ser torero?
R. Que siga con lo que quería hacer. Los sueños, cuando somos niños, son muy ambiciosos, porque somos un poco inconscientes de todo lo que hay detrás y queremos hacer cosas muy grandes. Queremos ser toreros o futbolistas, y creo que eso es bueno. Hay que pensar en cosas grandes, hay que apuntar alto. El tiro caerá donde tenga que caer, eso nunca lo sabe nadie, pero si apuntamos al suelo no vamos a llegar a nada. Y que tenga ambición, porque sin ambición la vida no tiene gracia.

P. ¿Sabes que muchas veces los hijos acaban cumpliendo los sueños de sus padres?
R. Pues sí. No siempre, pero en mi caso sí. Mi padre fue novillero con caballos, se quedó ahí, pero también soñó con ser torero, ser figura del toreo. De hecho, el día de la alternativa yo le brindé mi toro de la alternativa, y me dijo eso: que fuera consciente de que estaba cumpliendo un sueño que también era suyo y que era un privilegiado por estar donde estaba.

P. ¿Cómo es el impulso que te lleva a ponerte delante del toro?
R. Es la necesidad de expresar. Miedo tenemos todos, nos da miedo el toro y todo lo que ello conlleva: el fracaso, la presión… Pero tenemos esa necesidad de expresarnos delante del toro, de crear una obra de arte, que es lo que hacemos los toreros. Eso es lo que hace que te abandones un poco y te olvides del miedo, sin ser un inconsciente, porque también tenemos un trabajo, hay una técnica detrás. Así, sabiendo que lo que estamos haciendo es peligroso, nos centramos en crear una obra de arte, en sentirnos, en disfrutar.

P. ¿Es humano?
R. Diría que no es lógico. Lo lógico es correr. Cuando uno tiene miedo, lo normal es huir. Pero nosotros nos enfrentamos de cara al miedo. En vez de huir, le vemos la cara, nos metemos ahí y luchamos contra él. Un poco de terapia de choque.

P. ¿El toreo implica, en cierta forma, transgredir los límites humanos?
R. Sí. Aunque, repito, no somos superhéroes. El daño nos lo puede hacer igual un toro que a otro cualquiera. Lo único es que somos capaces de enfrentar ese miedo, de cruzar esos límites, y de que nuestra necesidad de expresarnos vaya por encima del miedo. Ser valiente no es no tener miedo, sino ser capaz de enfrentarlo.

“La gloria de los toreros es ser capaces de dominar a un toro bravo que lo que quiere es coger lo que tenga por delante”.

P. ¿Merece la pena jugarse la vida por la gloria?
R. Sí, sí merece la pena. Siempre, cuando he triunfado, he cortado las orejas y he estado en un momento de éxtasis pienso: “por esto merece la pena”. Y cuando estoy en el callejón y va a salir ese toro, ahí es cuando me digo: “venga, que merece la pena. Javi, no sabes por qué, pero merece la pena”.

No solamente por el simple hecho de cortar orejas, que por supuesto es lo que queremos, triunfar, sino por el vacío que se queda uno después de torear un toro a gusto, esa sensación de éxtasis total. Y tanto que merece la pena, aunque a veces pensemos que no.

P. ¿Esa gloria es la misma que la de un futbolista o cualquier artista?
R. Es distinta. El toreo es muy bonito porque no solamente depende de ti. Tú pintas un cuadro y depende de ti, de tu pincel y de que seas más o menos bueno. Pero el torero depende de un animal, que te sirve o no te sirve y te permite crear un tipo de obra u otra. 

Ahí está lo bonito y lo difícil del toreo. La gloria de los toreros es ser capaces de dominar a un toro bravo, de 500 kilos, que lo que quiere es coger lo que tenga por delante. Conseguir torearlo con una tela y crear algo bonito, crear una obra de arte, eso es algo inmenso. Por eso, para mí, cualquier torero tiene tanto valor que los respeto a todos muchísimo.

P. Qué pena que no seáis tan famosos como los futbolistas.
R. Sí. Pero esto depende de las masas que se muevan. El fútbol mueve una masa mundial que es incomparable a nada. El toreo también ha tenido épocas: momentos en los que ha estado más arriba, otros más abajo y ahora otra vez más arriba. Esperemos que siga yendo a más. Yo intentaré ser figura del toreo para poder tirar del carro y hacer que la tauromaquia ocupe un lugar aún mayor.

P. Hablabas del arte, ¿qué es el arte?
R. Es una pregunta complicada. Para mí, el arte es cualquier cosa que me transmita algo, que me mueva por dentro, sobre todo, que me haga sentir. Incluso se puede hacer arte con el fútbol. Hay jugadores que cogen la pelota y te transmiten algo especial, lo hacen bonito. Por ejemplo, Isco, te digo Isco: cuando tiene el balón, crea algo que te mueve por dentro.

Cualquier pintor, artista o músico puede provocar algo distinto en cada persona. Ahí está lo bonito: no cumple una métrica, no es algo matemático, es libre. A uno puede gustarle y a otro no, puede emocionar o parecer incluso horroroso. Y esa es su grandeza: que cada uno lo interpreta y lo expresa a su manera.

“Me gusta saber dónde están mis padres sentados, porque solo con verles la cara sé si he estado bien o no”.

P. ¿Antes de salir al ruedo en Madrid, Sevilla o Valencia… qué se siente?
R. Son plazas que imponen mucho, porque son grandes y tienen una categoría superior. Pero también es cierto que, cuando estoy en ellas, me crezco. Hay gente que en esos escenarios se vienen abajo, pero a mí me ocurre lo contrario: es donde quiero estar. Ahí está la grandeza del toreo. Son las fechas y las plazas con categoría, donde está el ambiente y todo lo que rodea a este mundo. Por eso me gusta torear en ellas, porque es donde uno se siente torero.

P. ¿Y después?
R. Cuando uno llega al hotel, el primer momento es de mucho cansancio. Llego con ganas de sentarme.

P. ¿Cansado anímica o físicamente? 
R. Ambas. Me he dado cuenta de que, cuando no he triunfado, llego frustrado, sobre todo en estos inicios. Aunque lo que uno realmente busca es vaciarse delante del toro, al principio necesitas el triunfo porque es lo que te hace crecer, lo que te impulsa a llegar arriba y ser figura. Llego casi sin ganas de hablar con nadie. Voy a lo mío, conmigo mismo, dándole vueltas a no haber sido capaz de conseguirlo.

Cuando llego después de haber triunfado, tampoco cambia mucho la cosa. Llego feliz, pero tampoco hablo con nadie. Me gusta ducharme sin prisa y luego quedarme un rato reflexionando. De hecho, hoy mismo estoy cansado. Vengo de torear en Pineda y he cortado un rabo. Ha salido todo muy bien, he estado muy a gusto y me ha servido mucho, pero aun así estoy agotado. Porque uno se vacía toreando, y eso cansa mucho a nivel anímico. Necesitas parar, asentar lo vivido, recapacitar sobre lo que uno ha hecho y después seguir.

P. ¿Quién es la primera persona a la que buscas con la mirada al terminar una faena?
R. Cuando termino la faena, lo primero que veo es a mi mozo de espadas. Además de ser mi mozo de espadas, es un amigo, alguien que tengo muy cerca. Cuando triunfo, se alegra tanto como yo, y cuando no, lo pasa igual de mal. Es una persona de mucha confianza.

Después, en el tendido, cuando vienen mis padres, intento localizarlos siempre durante la corrida. Me gusta saber dónde están sentados, porque solo con verles la cara sé si he estado bien o no.

“Con diez años ya cogía la muleta a diario, como si fuera torero, cuando todavía ni siquiera estaba en la escuela taurina”.

P. ¿Cómo lo llevan ellos?
R. Pues, aparentemente bien, aunque por supuesto lo sufren. Y el que más lo exterioriza es mi padre. Normalmente suele ser al revés, pero en este caso es él. Le da muchas vueltas a todo, es muy nervioso. Mi madre también lo sufre, pero es más consciente o, al menos, a la hora de reflejarlo hacia fuera se le nota menos. 

Siempre me han apoyado. Eso sí, con una condición clara: primero los estudios. Si los estudios iban bien, podía ser torero. Ahora la situación es distinta, porque los toros han pasado a ser lo principal en mi vida. Los dos siempre han estado conmigo.

P. ¿Qué parte has heredado de cada uno?
R. En mi caso muestro poco los nervios. De hecho, soy muy tranquilo para todo. Muchas veces incluso pongo histérica a la gente de mi entorno, a la cuadrilla, familia…, porque soy muy calmado. Llego tarde alguna vez, hago todo muy despacio, tardo en ducharme… soy un poco así.

Recuerdo, por ejemplo, el día de Olivenza, que fue mi debut con caballos. Toreaba con Marco Pérez y Manuel Román, había mucha presión. Me quedé en Badajoz; el trayecto en la furgoneta, ya vestido de luces para la plaza, era un poco largo, era por la mañana, me daba el sol y, además, en el coche me entra sueño siempre… así que me eché alguna cabezadita. Los banderilleros flipaban, diciendo: “que vas a torear y estás dormido, ¿cómo puede ser?”. Ellos estaban nerviosísimos y yo tranquilo. No es que no pase miedo, lo paso como todo el mundo, pero a la hora de mostrarlo soy bastante tranquilo.

P. En tu intimidad, ¿qué rincón buscas?
R. Me gusta mucho tener mi momento de soledad durante el día. Cuando estoy solo de verdad puedo parar a pensar, reflexionar y mentalizarme.

También me ayuda mucho la finca de mi tío, en el Castillo de la Guardas, donde tiene una ganadería de toros bravos. Paso bastante tiempo viviendo allí. Es un lugar que me sirve mucho porque estoy en contacto constante con el toro, me alejo de la ciudad, de los amigos, de todo lo demás. Allí estoy solo, entrenando, completamente concentrado y haciendo vida de torero. Para mí, ese aislamiento es clave.

P. Cuando miras al cielo, ¿qué ves?
R. En el Castillo veo más estrellas que aquí, pero, sobre todo, pienso en mis abuelos. En mi abuelo Enrique, que fue puntillero de la Maestranza; en mi abuelo por parte de padre, que fue alguacilillo también en la Maestranza; y en la madre de mi madre. Les debo mucho de mi arraigo taurino familiar. Ellos fueron quienes se lo inculcaron a mis padres, y mis padres me lo han transmitido a mí.

Fotografía: Gonzalo Capote

P. ¿Qué don te ha dado Dios?
R. No sabría decirte con certeza, tampoco me gusta mucho hablar de mí. Quizá mi forma de entender el toreo. No sé si será mejor o peor, ni si al público le gusta más o menos, pero es la mía, y de momento me está funcionando.

Sobre todo, creo que me ha dado mucha capacidad de mentalización, mucho sacrificio y el don de la constancia. Siempre he entrenado mucho, desde muy pequeño. Con diez años ya cogía la muleta a diario, como si fuera torero, cuando todavía ni siquiera estaba en la escuela taurina.

Luego, en la escuela taurina, antes incluso de debutar en público o de plantearme hacerlo, entrenaba todos los días, entrando a matar al carretón como si ya lo hiciera en las plazas. Siempre he tenido claro que quería ser torero y he entrenado como si ya lo fuera desde el principio. Eso me ha ayudado mucho a llegar al debut con la sensación de haberlo hecho toda la vida. Creo que esa constancia y dedicación también pueden considerarse un don.

P. ¿Qué esperas de la vida?
R. Espero que se cumplan mis sueños. Tengo sueños muy ambiciosos. Si los dijera, incluso podrían parecer prepotentes o demasiado locos. Pero, como te he dicho, me gusta apuntar muy alto y soñar en grande. Luego pasará o no, pero soñar es bonito, es gratis y hay que hacerlo. Si no se sueña, seguro que no ocurre.

P. ¿Y cómo torero?
R. Va ligado. Cuando hablo de mi vida, el toreo está incluido. Quiero cumplir mi sueño de ser figura del toreo, pero no solo eso, sino intentar pasar a la historia de la tauromaquia. Me gustaría ayudar a que el toreo siga ocupando el lugar que ha tenido siempre, e incluso contribuir a elevarlo más. 

Por eso digo que tengo proyectos muy ambiciosos, pero hay que ir poco a poco, trabajando y construyéndolo día a día. Y, sobre todo, ser feliz. La felicidad es algo muy relativo, no es constante: hay momentos buenos y malos. Pero si haces lo que te gusta, incluso en las dificultades, te sientes realizado.

P. Cuando pasen los años y mires atrás, ¿qué te gustaría que permaneciera?
R. Me gustaría dejar un legado como torero, formar parte de la tauromaquia y de su historia. 

Aparte de eso, como cualquiera, me gustaría que se me recordara como una buena persona. Lo más importante en la vida es eso: que la gente se acuerde de ti y sonría. Es imposible caerle bien a todo el mundo, eso es así, pero lo importante es que la gente te recuerde bien. Y, por supuesto, si algún día tengo familia e hijos, me gustaría que se sintieran orgullosos de mí.

Mañana, miércoles de Feria, día de San Jorge y del libro, Javier Zulueta escribirá versos en el albero de la plaza de toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, junto a los espadas Manzanares y Roca Rey, con toros de Victoriano del Río y Toros de Cortés. Que Dios reparta suerte.

Fotografías del documental “Zulueta, Hijo de Sevilla”, de Alexandre Carvalho.

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