En la calle Zaragoza, cuando Sevilla empieza a vestirse de abril —aunque aquí abril no empiece ni termine nunca del todo— hay casas que no son restaurantes sino estados de ánimo. Casa Inquieta no se abre: se despliega. Ocupa una antigua casa palacio que fue memoria de otra casa, de otro nombre, de otra vida gastronómica que aún respira entre zócalos, escaleras y esa madera que parece haber aprendido a hablar con acento sevillano. Aquí uno no entra a comer: entra a ser parte de algo que ya estaba ocurriendo antes de que llegara.

La decoración no decora: envuelve. Es Sevilla sin explicación, Sevilla sin folleto turístico, Sevilla como una acumulación de estancias que se suceden como capítulos de una misma novela antigua. Patios castizos, barras centrales, salones que parecen haber escuchado demasiadas conversaciones importantes y ninguna banal. Todo tiene una densidad amable, como si los muebles recordaran. El proyecto, impulsado por Ovejas Negras Company, no ha querido inventar nada: ha preferido dejar que la casa siga inventándose sola, que es la forma más difícil de intervenir una memoria.

En la planta baja, el espíritu del antiguo Alabardero sigue latiendo como un eco educado, mientras la vida se reparte entre barra, mesa y ese umbral indefinible que en Sevilla siempre acaba siendo antesala de algo musical. La carta —abacería, guisos, frituras, producto— no pretende modernizar la tradición sino dejarla respirar. Todo sabe a lo que tiene que saber: a tierra organizada, a mar frito con paciencia, a cocina que no necesita justificarse. El personal se mueve con esa elegancia sin énfasis que no se aprende en escuelas, sino en ciudades con historia.

Y luego están las plantas superiores, donde la casa se vuelve más íntima, casi literaria, como si cada salón fuese una excusa para quedarse un poco más de la cuenta. La Biblioteca invita a la sobremesa larga; el Árab(e) sugiere penumbra; la Emperatriz entiende de celebraciones; Cavestany recuerda que aquí nació poesía; Don Julián y Doña Ebbi podrían ser personajes o habitaciones, da igual. Todo convive con flamenco cercano, con el rumor de un espectáculo que no siempre empieza cuando se anuncia, porque en Sevilla las cosas importantes no obedecen a horarios. Y estos días de Feria —aunque aquí la Feria sea un estado permanente— la casa se intensifica: se vuelve más luminosa, más sonora, más ella misma. Como si Sevilla, por fin, hubiera encontrado un lugar donde no tener que marcharse nunca.

La gastronomía de Casa Inquieta es, en el fondo, una declaración de pertenencia: a Sevilla, a su forma de entender la mesa como extensión natural de la vida. Aquí la abacería abre el camino con una rotundidad sin artificio —anchoa de Santoña sobre regañá, gilda matrimonio, jamón ibérico de bellota, caña de lomo—, seguida de una cocina que se mueve entre lo reconocible y lo imprescindible: ensaladilla clásica, aliño de tomates, patatas aliñadas con melva, tosta de atún rojo con alioli y tartufata o ese foie mi-cuit con mermelada de naranja amarga que introduce una nota más solemne sin romper el carácter popular del conjunto. Luego llegan los guisos, que aquí no son recuerdo sino presente: garbanzos con bacalao y acelgas, caldereta de venao o fabes con compango, junto a un gazpacho o un salmorejo que parecen escritos por la propia estación. Las frituras —calamar, chocos, merluza, tortillitas de camarones, croquetas— funcionan como un lenguaje común, el de toda Sevilla cuando se sienta sin prisa. Y entre medias, platos que sostienen el pulso de la casa, como la carrillada al vino tinto, la presa ibérica o el solomillo al whisky, que hablan de una cocina de fondo, sin concesiones ni nostalgia impostada. El final llega sin dramatismo, con torrija de brioche, arroz con leche o tarta de queso, como si el postre no cerrara el menú sino que abriera la posibilidad de quedarse un poco más, que en esta casa —como en Sevilla— siempre es lo natural.

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