Madrid acoge estos días una aproximación poco habitual —y especialmente reveladora— a la figura de Luis Ortega Bru. Bajo el título Según Ortega Bru, el espacio los aficionados presenta hasta el próximo 26 de abril una lectura que se aleja de los códigos tradicionales con los que históricamente se ha encuadrado al artista. Más allá de su conocida vinculación con la imaginería procesional andaluza, la muestra propone adentrarse en una dimensión menos transitada: la de un creador que desborda lo devocional para situarse en un territorio de tensión formal, pensamiento propio y profunda carga existencial. No es tanto una revisión como una revelación; un intento de desactivar etiquetas para observar, sin filtros, la complejidad de una obra que nunca fue complaciente.
Lo que aquí se despliega no responde a una narrativa cómoda. Ortega Bru aparece como un autor atravesado por conflictos internos que se traducen en una plástica radical: cuerpos en tensión, anatomías quebradas, gestos que no buscan consuelo sino interpelación. La exposición pone el foco en ese lenguaje que, lejos de repetir cánones heredados, introduce una fisicidad casi violenta, donde la materia parece emerger con voluntad propia. Hay en sus piezas una negación consciente del equilibrio clásico y una inclinación hacia lo inestable, hacia lo que incomoda. La policromía no suaviza; intensifica. La forma no ordena; cuestiona. En ese gesto, Ortega Bru se distancia tanto del academicismo como de cualquier lectura superficial de lo religioso, construyendo un discurso que conecta, de manera intuitiva, con sensibilidades más cercanas a la modernidad e incluso a ciertas pulsiones de las vanguardias, sin necesidad de adscribirse a ellas.
Pero quizá lo más relevante de esta propuesta sea la convivencia entre lo público y lo íntimo. Frente a la obra procesional, concebida para el ritual colectivo, emergen aquí universos más personales: dibujos, composiciones, imaginarios que rozan lo visionario y que dialogan con lo simbólico, lo apocalíptico e incluso lo onírico. En ese cruce se revela un artista que convierte su biografía —marcada por la violencia, la pérdida y la posguerra— en un sustrato silencioso de resistencia. Sin caer en lo explícitamente autobiográfico, su obra se construye como un espacio donde el dolor se transforma en lenguaje. En un contexto contemporáneo donde las fronteras entre lo espiritual, lo artístico y lo cultural vuelven a cuestionarse, Ortega Bru aparece, inesperadamente, como una figura de plena vigencia: incómoda, compleja y, precisamente por eso, necesaria.
Foto: Roberto Ruiz
Espacio «los aficionados»
Calle del Duque de Alba, 15





