Por Marc Doménech

A los 21 años casi nadie se hace preguntas, casi nadie se detiene. Buscamos respuestas -de no sabemos qué preguntas- con la impaciencia del “ya”; huimos del miedo como si fuera una grieta que hubiera que tapar. Marco Polope, sin embargo, se detiene en la parte más importante. Necesita el miedo para reconocerse. Se hace las preguntas necesarias para vivir las respuestas que lo conduzcan a lo que desea: dejar un mensaje en el toreo.

A sus 21 años, este novillero con caballos valenciano no es un chico incendiario; al contrario, es comedido, contenido. Esa virtud narrativa en su tono sobrio y en sus respuestas medidas deja al descubierto la calma que lo atraviesa antes del salto.

Valencia, en plena efervescencia de Fallas -esa explosión, tan literal como simbólica, de pólvora, luz y color- callará por un momento el ruido para dar paso a la expectación el próximo ocho de marzo. Entonces, Polope podrá sentir que está en casa, en ese ruedo en el que lleva entrenando toda su vida. Es un juicio duro, el de los tuyos, pero tesón y preparación no le faltan para conseguir su sueño de ser profeta en su tierra.

Marco repite “silencio”, “soledad”, “entrenamiento” y “constancia”. No es el torero del gesto; es el torero del proceso, de la disciplina, del trabajo y del tiempo, más que del arrebato irracional. Más que la obsesión por ser figura, su sueño es “dejar un mensaje en el toreo, que pasen los años y que la gente se acuerde de mi nombre”.

PREGUNTA: Si mañana no existiera el toreo, ¿dónde encontrarías tu sentido?
RESPUESTA: Después de tantos años involucrado de lleno en el mundo del toro y con el sueño de ser torero, me resulta imposible pensar que algún día no existirá. Cosa que, por cierto, no va a pasar. Es inimaginable.

P. ¿Cada día estás más seguro de ti mismo… o cada día dudas mejor?
R. Cada día que pasa me siento más seguro de mí mismo por mi madurez, tanto en la vida como en mi forma de afrontar esos miedos por los que es necesario pasar para hacerse más hombre.

P. Si tuvieras que explicarle a alguien que no entiende nada de este mundo, ¿cómo lo harías?
R. Invitándole el ocho de marzo en la plaza de toros de Valencia, por ejemplo, o a cualquier otra tarde de toros. Hay cosas que no se explican.

P. ¿Prefieres el arte o el valor?
R. Diría que las dos cosas son necesarias en el toreo. Al final, el arte y el valor van cogidos de la mano.

P. ¿Qué hay que tener para ser torero?
R. Educación, constancia, sentimiento y valor, entre tantas otras cosas. Aunque aún no soy matador de toros; me queda mucho camino por recorrer.

P. Si el toreo fuera una arquitectura, ¿sería una catedral, una casa blanca frente al mar o una ruina hermosa?
R. Una casa blanca frente al mar, sin dudarlo. No hay cosa más bonita que el toreo.

P. ¿Dónde se esconde tu vulnerabilidad antes de salir al ruedo?
R. En el silencio y en la soledad, en querer sentirme solo.

P. Si el miedo no existiera, ¿serías el mismo?
R. Para nada. No sería el mismo. Me gusta sentir el miedo; el momento en que deje de sentirlo, estaré preocupado.

P. ¿Qué es para ti la valentía?
R. Afrontar los miedos con la verdad por delante.

P. ¿Te consideras valiente?
R. No siempre.

“La tarde de Valencia va a suponer un antes y un después. No tengo nada que perder”

P. ¿Qué sacrificio no se ve desde el tendido?
R. El público quizá no llegue a ser consciente específicamente de todas las horas de entrenamiento, pero en el ruedo sí que se refleja todo lo que trabajas cada día.

P. ¿En el toreo existe piedad?
R. Mucha. Está en todo lo que haces y en todo lo que debes hacer. Al menos, eso pienso yo.

P. ¿Qué es el honor para un joven torero del siglo XXI?
R. Tener respeto, ser honesto y coherente con tus actos. Cumplir con las obligaciones que debes afrontar para lograr los propósitos que te propones y que, quizás, a otras personas les cueste más.

P. ¿Los toreros se enamoran más fácilmente?
R. Enamorarse no… eso ya son palabras mayores. Aunque dicen que se torea mejor enamorado…

P. ¿Dónde buscas el amor?
R. No lo busco. Eso viene solo, siendo uno mismo y sin mentiras.

P. ¿La paciencia es buena para amar?
R. Sí, para amar y para todo en la vida. Aunque para torear, todavía más.

P. Este domingo toreas en Valencia, ¿te consideras profeta en tu tierra?
R. No, aún no. Pero sueño con serlo. Ahora mismo todavía tengo por delante la tarde de este ocho de marzo y quiero empezar el sueño ahí.

P. Es tu debut con caballos en la capital levantina, ¿qué podemos esperar los valencianos de ti?
R. Sí, es mi debut con caballos en la ciudad de Valencia. Ya debuté con caballos en Algemesí el veintiuno de septiembre de dos mil veinticinco, cortando tres orejas. Ahora, en Valencia, tengo la ilusión y las ganas de mejorar ese debut. 
Será una tarde bonita. Todo el día lo será: desde que me levante hasta que acabe la novillada. Buscaré torear como lo siento: lo más despacio posible, dejándome llevar por el sentimiento del toreo por el que entreno cada día. Quiero sorprender al aficionado y que esa tarde salgan de la plaza hablando de mí.

P. ¿Qué viene ahora?
R. Mucha responsabilidad y seriedad, pero también alegría. La tarde de Valencia va a suponer un antes y un después. No tengo nada que perder.

Marco tiene claro su proceso. La rapidez no es buena compañera en este viaje. “Aún no”, repite varias veces. No es profeta todavía, no es matador todavía, no es figura todavía… Esa es la idea: el “todavía”.

Su proyecto de carrera es sereno y rotundo: quiere que la gente se acuerde de su nombre. Es normal. En el fondo, el humano busca eso, y más aún los toreros: la “trascendencia”, la obsesión por permanecer. Y es honesto preferir el eco más que el aplauso inmediato.

Fotos cedidas por Marco Polope

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