París ha perdido a una de esas mujeres que no necesitaban ocupar el centro de una fotografía para terminar apareciendo, de alguna manera, en casi todas ellas. Mathilde Favier, directora mundial de relaciones públicas y celebridades de Dior Couture, considerada durante años una de las mujeres con la agenda más extraordinaria de París y una de las figuras más queridas e influyentes de la moda francesa, ha fallecido este lunes a los 57 años en un accidente de tráfico ocurrido en Deux-Sèvres, en la región de Nueva Aquitania, cuando el vehículo en el que viajaba junto a su pareja, el conocido productor de cine Nicolas Altmayer, fue embestido por un camión; ambos murieron en el siniestro, cuya investigación permanece abierta para esclarecer las circunstancias exactas. La noticia ha dejado conmocionada a una industria que, más allá de perder a una de sus grandes profesionales de las relaciones públicas, pierde a una mujer que había hecho de las relaciones humanas una forma de arte. Delphine Arnault, presidenta y CEO de Dior, la recordó como una profesional increíble y una amiga leal, destacando su optimismo, su coraje, su sonrisa y su talento, mientras Jonathan Anderson, director creativo de la maison, confesaba tener el corazón roto y definía a Favier como la personificación de la elegancia y, en muchos sentidos, como el propio espíritu de la costura. Quizá no existan mejores palabras para explicar por qué su desaparición resulta especialmente dolorosa: Mathilde no era simplemente alguien que trabajaba en la moda, sino alguien que entendía profundamente el mundo que existe alrededor de ella, ese territorio invisible hecho de afectos, complicidades, conversaciones, confianza y conocimiento de las personas que termina siendo tan decisivo como cualquier vestido. Nacida en París en 1969, hija de la interiorista Françoise Favier y hermanastra de Victoire de Castellane, la creadora de la alta joyería de Dior, creció prácticamente dentro de una determinada idea francesa del gusto, rodeada de artistas, diseñadores, interioristas y personajes que entendían la belleza como una manera de mirar y de vivir. Su entrada en ese universo fue extraordinariamente temprana y, con apenas catorce años, abandonó el estricto colegio de monjas Lübeck para comenzar unas prácticas en Chanel gracias a su tío Gilles Dufour, mano derecha de Karl Lagerfeld, compartiendo aquella etapa con otra adolescente que acabaría transformando para siempre la cultura contemporánea, Sofia Coppola. Aquellos años junto a Lagerfeld fueron, probablemente, una de las grandes escuelas de su vida, no tanto por aprender las reglas de la moda como por aprender a mirar. Favier recordaba al diseñador alemán como una de las personas más inteligentes y cultas que había conocido y explicaba que fue él quien le enseñó a observar a la gente, a editar, a distinguir aquello que tenía verdadero valor de aquello que simplemente estaba de moda, a reconocer qué era bueno, qué no lo era y, sobre todo, a sentirse atraída por las personas capaces de marcar una diferencia. Esa enseñanza terminaría acompañándola durante toda su carrera, primero en Glamour, donde se incorporó siendo todavía muy joven, después en Prada y finalmente en Dior, maison a la que llegó en 2011 y en la que trabajó con cuatro directores creativos, desde John Galliano hasta Jonathan Anderson, construyendo durante esos años una red de relaciones que convirtió su nombre en una referencia mucho más allá de la comunicación de moda.

Su verdadero talento, sin embargo, nunca estuvo únicamente en conocer a mucha gente, sino en saber mirar a las personas y comprender qué había detrás de cada nombre, de cada posición social, de cada fama y de cada apellido, una cualidad que explica que terminara siendo descrita como la mujer con la mejor agenda de París en una época en la que las agendas digitales han convertido el contacto humano en una sucesión de nombres, teléfonos y notificaciones. Favier entendía algo que parece cada vez más difícil de encontrar: que conocer no significa tener acceso, sino establecer una relación, y que una agenda solo tiene valor cuando detrás de cada contacto existe una historia, una confianza y una voluntad sincera de ayudar. Ella misma explicaba que las personas que había conocido a lo largo de su vida le habían dado acceso a un mundo extraordinario, pero que utilizaba esos contactos para ayudar a otros, porque, con el tiempo, había entendido que de eso trataba realmente la vida. No parecía impresionarle demasiado el poder de quienes la rodeaban porque había aprendido desde niña una frase de su madre que repetía con humor y que resume de manera extraordinaria su manera de entender el mundo: “Todo el mundo hace pipí en el mismo sitio”, una sentencia doméstica que, llevada al universo del lujo, servía para recordar que el dinero, la fama y la posición nunca deberían convertir a nadie en una criatura distinta. Favier podía moverse entre actrices, diseñadores, directores de cine, aristócratas, empresarios, fotógrafos y grandes nombres de la cultura con la misma naturalidad con la que hablaba de una amiga de infancia, y quizá por eso su círculo íntimo era mucho más pequeño de lo que podría imaginarse al contemplar su extraordinaria agenda. Carla Bruni formaba parte de esa historia desde los veranos compartidos en Cape Nègre, Sofia Coppola desde aquellos días adolescentes en Chanel y muchas otras figuras de la cultura y la moda fueron entrando en una vida en la que la amistad parecía tener mucho más peso que la celebridad. En 2024 publicó Living Beautifully in Paris, editado por Flammarion, un libro que funcionaba como una declaración de amor a la ciudad y como una suerte de autobiografía colectiva construida a través de sus casas, sus amigos y sus recuerdos, con nombres como Carla Bruni, Jacques Grange, Pierre Passebon, Emmanuelle Alt, Vanessa Seward, Diana Picasso, Eva Jospin o Guillaume Gallienne, y donde París aparecía no tanto como una ciudad monumental sino como un estado de ánimo, una forma de estar en el mundo que, según ella misma explicaba, podía pertenecer incluso a quien no hubiese nacido allí. “Ser parisino es una actitud”, decía Favier en las numerosas entrevistas de promoción de su libro, defendiendo ese misterio, ese encanto y esa dimensión profundamente personal de una ciudad que consideraba más emocional que geográfica. En aquellas páginas también aparecía la mujer detrás de la profesional, la anfitriona, la amiga, la coleccionista de recuerdos y la persona que encontraba en su casa uno de los grandes placeres de la existencia. Para alguien cuyo trabajo consistía precisamente en tratar constantemente con otras personas, la privacidad se había convertido en su gran lujo, quizá porque sabía que la intimidad es uno de los bienes que más escasean cuando todo el mundo quiere saberlo todo de todos. Favier reconocía además que no escuchar por un oído desde su nacimiento, al haber nacido sin tímpano, había contribuido a crear en ella una especie de mundo interior propio, una otra mitad de sí misma con la que había aprendido a convivir desde niña y que consideraba casi su mejor amiga; a esa experiencia se sumaba el haber sobrevivido a un cáncer, circunstancias que probablemente contribuyeron a esa forma apasionada de entender la existencia que resumía citando a Spinoza, cuando hablaba del deseo de ser, obrar, vivir y existir plenamente. No resulta extraño, por tanto, que quienes la conocieron hablen ahora de su energía, de su optimismo y de esa capacidad casi instintiva para levantar el ánimo de los demás.

Quizá la mejor manera de comprender a Mathilde Favier sea regresar precisamente a aquella adolescente que entró en Chanel de la mano de Gilles Dufour y que tuvo la fortuna de observar de cerca a Karl Lagerfeld, porque antes de convertirse en una de las mujeres más poderosas de la comunicación de la moda fue una joven aprendiendo a mirar en un lugar donde todo estaba pensado para ser observado. Lagerfeld le enseñó el criterio, pero la vida terminó enseñándole algo todavía más importante: que el gusto no es una cuestión de dinero, de físico ni siquiera de conocimiento, sino, como ella misma decía, una cuestión mental. Su elegancia tampoco parecía proceder de una colección de prendas, sino de una manera de estar, de escuchar, de recibir, de relacionarse y de no necesitar demostrar nada. “A la gente interesante no tienes que demostrarle nada”, explicó en una conversación a El País, recordando otra de las lecciones recibidas de su tío Gilles Dufour, y quizá esa frase explique mejor que ninguna otra el magnetismo de una mujer que durante décadas estuvo rodeada de personas que podían haberla intimidado y que, sin embargo, nunca parecieron hacerlo. Había aprendido demasiado pronto que la verdadera seguridad no consiste en imponerse, sino en no tener necesidad de hacerlo. Desde aquella primera experiencia junto a Lagerfeld hasta las grandes noches de Dior, desde los rodajes de Sofia Coppola hasta las alfombras rojas, desde las casas parisinas de sus amigos hasta las conversaciones privadas que nunca aparecerán en ninguna fotografía, Favier fue construyendo una vida en la que la moda era solamente una parte de algo mucho mayor: una educación en el gusto, en la amistad y en la curiosidad por los demás. Su trabajo consistía en acercar mundos, pero su verdadera especialidad era conseguir que esos mundos se sintieran cómodos al encontrarse. Por eso su muerte deja un vacío que resulta difícil de medir únicamente en términos profesionales. Dior pierde a una de sus grandes figuras, la moda francesa pierde a una de sus mejores embajadoras y París pierde a una mujer que conocía sus secretos, sus casas, sus restaurantes, sus artistas y, sobre todo, a sus habitantes; pero quienes la conocieron pierden algo todavía más difícil de reemplazar, esa clase de persona que parece saber siempre a quién llamar, a quién presentar, a quién escuchar y cuándo permanecer en silencio, alguien capaz de utilizar una posición privilegiada no para encerrarse en ella sino para abrir puertas a los demás. En una época obsesionada con la exposición, Mathilde Favier defendía la intimidad; en un tiempo en el que el éxito se cuantifica, ella hablaba de amistad; en una industria fascinada por las apariencias, insistía en que el buen gusto era una cuestión mental. Tal vez por eso su figura resulte hoy tan extraordinariamente contemporánea: porque representaba una idea del lujo que no depende de poseer más, sino de saber apreciar mejor.

Y queda París, queda Dior y queda también esa constelación de personas que durante décadas encontraron en Mathilde Favier una amiga, una cómplice, una puerta abierta o simplemente alguien capaz de mirarles sin dejarse deslumbrar por aquello que representaban. Su vida estuvo marcada por la moda, pero no perteneció únicamente a ella; perteneció también al cine, al arte, a la decoración, a la amistad y a esa cultura francesa que entiende que la elegancia comienza mucho antes de vestirse y termina mucho después de abandonar una habitación. Quizá Spinoza tuviera razón cuando hablaba de vivir y existir plenamente, porque eso es precisamente lo que parece haber hecho Mathilde Favier: vivir con una intensidad que no necesitaba exhibirse y dejar detrás una memoria construida menos sobre los lugares que ocupó que sobre las personas a las que hizo sentir importantes. A veces una vida extraordinaria no se mide por cuánto ruido produce, sino por cuántas vidas toca mientras transcurre, y la de Mathilde Favier, desde aquella adolescente que aprendía de Lagerfeld en Chanel hasta la mujer que terminó custodiando algunas de las relaciones más importantes de Dior, parece haber sido exactamente eso: una larga y elegante conversación con el mundo.

Tendencias

Descubre más desde EssenceMAG España

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo