Por Marc Doménech

Por julio, el mundo vuelve su mirada hacia una pequeña ciudad llamada Pamplona. Este año, los antagonistas de las fiestas sanfermineras han proclamado el pecado taurino y, por una vez, han dado en el clavo. No por la falsa ofensa a la religión católica, sino por desdibujar —la tauromaquia— la línea entre lo profano y lo sagrado. Pocas definiciones retratan mejor la incomodidad que ha provocado siempre. El toreo nunca ha sido un espectáculo concebido para satisfacer consensos ni para encajar en la moral dominante de cada época. Su historia siempre ha transitado por un espacio incómodo, despertando cada vez más preguntas y menos respuestas.

Pocas profesiones conviven con Dios de una manera tan natural como el toreo. La trayectoria del torero onubense David de Miranda siempre ha viajado entre el amparo de Dios y la proeza humana. Después de una cornada de la que salió sin sentir nada del cuello hacía abajo, quedando postergado por un tiempo en una silla de ruedas, reaprendió a caminar. Tal gesta convierte las acciones divinas en algo más que una licencia literaria.

Para David de Miranda, todas esas frases de superación y dicha, o desdicha, —aunque manidas— no son precisamente frases hechas, no son pura literatura. De Miranda volvió a caminar, pasó años llamando a las puertas del toreo sin que terminaran de abrirse, descerrajó Madrid y Sevilla; es un torero que ha luchado y justificado cada triunfo, cada tarde, cada proeza. Ahora, apoderado por otra leyenda, Enrique Ponce, vive y disfruta de una temporada repleta que parece devolver aquello que con creces ha pagado.

Por el momento, se verá mañana en la bulliciosa plaza de toros de Pamplona, con toros de Victoriano del Río y Toros de Cortés, junto a Alejandro Talavante y Roca Rey.

PREGUNTA: ¿En qué momento de tu vida descubriste que el miedo también podía ser una forma de vocación?
RESPUESTA: Empecé en Huelva en 2011. Dentro de mí notaba esa vocación de sentir que quería ser torero, pero también por esos miedos o esas dudas de un sueño inalcanzable tardé en dar el paso.

P. ¿Crees que fue tarde o la vocación, el toreo, no tiene edad?
R. No tiene edad, los momentos de Dios son perfectos. Posiblemente me hubiese gustado empezar antes, pero me cogió en un momento de más madurez personal y eso hizo que pusiera toda mi atención en alcanzar ese sueño. 

P. ¿Qué tiene que pasar dentro de un hombre para que quiera vestirse de luces?
R. Alcanzar un sueño. 

P. ¿Qué relación tienes con Dios?
R. Mucha, aunque no soy muy practicante. Me gusta darle normalidad a mi día a día, tomarme el día de corrida como uno más y cada día doy gracias a Dios por lo que tengo, por lo que soy.

“El piropo más bonito que he podido recibir como torero es que tengo mi personalidad”.

P. ¿El torero conserva algo sagrado?
R. Sí, creo que la relación estrecha con Dios te da fuerzas. Psicológicamente los toreros afrontamos tardes muy duras, donde te juegas la vida y saber que Dios está contigo hace que sea más llevadero.

P. Reaprendiste a andar y volviste a torear. Si eso no es algo divino, se le parece mucho.
R. Me siento afortunado y creo que Dios está conmigo. La vida a veces te aprieta y hace que incluso dejes de creer, pero después terminas dándote cuenta cómo desde arriba nos echan una mano.

P. Hay toreros que parecen construidos por la ambición. Tú transmites otra cosa, casi una necesidad vital. ¿Qué vacío llena el toreo en tu vida?
R. Es todo. No entiendo mi día a día sin el toro. En los momentos que he toreado poco siento un vacío grande. Cuando has sufrido un percance y estás en el dique seco te falta una pieza clave para ser feliz.

P. ¿Y qué tienes tú que no tengan otros toreros?
R. Intento no parecerme a nadie. Claro que he bebido de las fuentes de muchas figuras del toreo, pero el piropo más bonito que he podido recibir como torero es que tengo mi personalidad.
Cada tarde busco crear expectación en el aficionado y entregarme al máximo. El espectador paga una entrada por ver esa entrega, ya que el toro entrega su vida; el torero también tiene que entregarse.

P. Eres un torero que consigue conectar mucho con el público.
R. El toreo es arte y como arte que es, lo fundamental es conectar con el público. Que el público te espere y te quiera ver es algo muy bonito que estoy descubriendo ahora.

P. ¿Qué parte de tu personalidad jamás negociarías por triunfar más?
R. La mentira. No sería capaz de mentir delante de un toro por cortar una oreja.

P. ¿En qué se peca siendo torero?
R. En muchas cosas. A veces en ser impaciente, te topas contra un muro y hay que volver a aguantar y tener paciencia. Aunque hay que tener muy claro que ni cuando triunfas eres el mejor, ni cuando no triunfas eres el peor.

“Creo que no todos los toreros tenemos, o nos ponen, la misma vara de medir y el arte no se pone en cuestión, no se mide”.

P. ¿Se puede amar al toro mientras se le da muerte?
R. Por supuesto, no me cabe duda. Yo, ante todo, amo al toro. Entiendo el por qué vive: si no existieran las corridas de toros o los toreros, no existiría el toro bravo.

P. ¿Sientes que se te pone en duda más que a otros, que siempre tienes que demostrar que vales?
R. Entiendo que no hay que bajar la guardia y hay que salir cada tarde como si fuera la última. Pero he notado esa obligación de tener que triunfar sí o sí.
Creo que no todos los toreros tenemos, o nos ponen, la misma vara de medir y el arte no se pone en cuestión, no se mide. Hay toreros que hemos necesitado cortar orejas y triunfar cada día y otros que con mucho menos se les ha valorado más. Pero serán las circunstancias de cada uno. 

P. ¿Has llegado ya donde soñabas llegar?
R. Por momentos incluso creo que los he superado. Me costó el querer ser torero porque me parecía un sueño inalcanzable y ver ahora todo lo que he conseguido… Desde la humildad me queda mucho por crecer, mejorar y evolucionar. Son las cosas que más me motivan a seguir cumpliendo mis sueños.

P. ¿El torero está condenado a querer siempre un poco más?
R. Sí, eso es una losa. Abres puertas grandes y siempre ves los defectos o lo que ha faltado. Alcanzar la perfección es imposible, el torero es imperfecto. Pero en esa búsqueda de la perfección está llegar al mejor nivel de cada uno.

P. ¿Prefieres la soledad o el acompañamiento?
R. Me gusta estar solo. Delante del toro estás solo. Cuando estás mucho tiempo contigo mismo, tienes que aprender a soportarte. Nosotros no nos soportaríamos si estuviésemos solos mucho tiempo. Pero eso ha hecho que haya encontrado cosas dentro de mí que ni yo mismo conocía.

P. Eso es una virtud. Ahora existe una crisis de no saber estar solo.
R. Si te has encontrado en esa soledad, en esos años de incertidumbre, has encontrado un arma. Me da mucha fortaleza saber en qué momento estoy, encontrarme y saber lo que quiero. Y no es fácil.

P. ¿Afrontas esta temporada con ilusión y seguridad?
R. Con mucha ilusión, seguridad menos porque me considero una persona frágil. Creo que así somos todos los toreros o artistas. Es una temporada soñada, pero soy consciente de lo que me juego. Tengo entre las manos la temporada que, si Dios quiere, puede posicionarme en el lugar por el que tantos años he luchado.

Fotografías: Vanesa Santos

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