En una ciudad que parece vivir cada vez más deprisa, Planta Baja propone justamente lo contrario: detenerse. Situada en el número 8 de la calle Marqués del Duero, a escasos metros del Paseo de la Castellana, esta coctelería se esconde bajo rasante como un refugio urbano donde la hospitalidad, la música y la gastronomía se convierten en un mismo lenguaje. El proyecto nace de la amistad entre el bartender argentino Kevo Jacoby y el chef Juan D’Onofrio, responsable de Chispa Bistró, quienes imaginaron un espacio inspirado en una pregunta tan sencilla como reveladora: si compartieran casa, ¿cómo sería el salón perfecto para recibir a sus amigos? La respuesta toma forma en este local de atmósfera cálida y vocación comunitaria, donde cada detalle está pensado para que el visitante se sienta menos cliente y más invitado.

El propio nombre encierra la filosofía del lugar. En Argentina, la planta baja es el espacio donde uno se encuentra con los vecinos y descubre quién habita un edificio; en España, el rellano donde surgen conversaciones improvisadas y encuentros inesperados. Ese espíritu de cercanía vertebra todo el proyecto. Aquí la hospitalidad no es un concepto abstracto sino una práctica cotidiana: cada persona que cruza la puerta recibe una bienvenida personal, una mirada cómplice y la sensación de formar parte de una comunidad. Jacoby ha querido convertir el servicio en el auténtico protagonista de la experiencia, reivindicando una forma de atender donde la cercanía y la atención al detalle importan tanto como lo que se sirve en la mesa o en la copa.

La propuesta líquida es uno de los grandes atractivos de Planta Baja. Su carta reúne catorce cócteles que dialogan entre sí como lo harían los invitados a una reunión en casa: cada uno con su personalidad, pero todos formando parte de una conversación común. Lejos de perseguir la extravagancia, Jacoby apuesta por sabores directos y memorables, construidos a partir de ingredientes elaborados por el propio equipo mediante maceraciones, fermentaciones, infusiones o clarificaciones. El destilado deja de ocupar el centro del escenario para integrarse como un elemento más dentro de composiciones equilibradas y llenas de matices. Creaciones como la Paloma Porteña, elaborada con mate; el popular Pika Sour; el refrescante Melón Vino o el PB Mule, reinterpretación de un clásico con pimienta de Sichuan y hojas de pandán, reflejan una filosofía basada en la identidad y el sabor. A ello se suma una selección de platillos fríos firmados por D’Onofrio —desde el vitello tonnato hasta el magret de pato o la bresaola— que completan una experiencia gastronómica coherente y refinada.

La música constituye el tercer gran pilar de Planta Baja y quizá el que mejor explica su singularidad. Aquí el vinilo no es un gesto nostálgico ni un elemento decorativo, sino una forma de escucha consciente. El espacio ha sido recientemente equipado con un sofisticado sistema de sonido desarrollado junto a Admire Audio, diseñado para ofrecer una experiencia inmersiva donde cada detalle sonoro adquiere protagonismo. Esa misma exigencia se traslada a la programación cultural, con sesiones de DJ los viernes y sábados concebidas como encuentros entre amantes de la música y selectores que entienden el acto de pinchar como una expresión cultural. Rodeada de sofás confortables, iluminación tenue, ladrillo visto y mobiliario cuidadosamente escogido, la cabina se convierte en el corazón de una comunidad que encuentra en Planta Baja un lugar para reunirse, conversar y permanecer. Porque cuando aquí se dice “nos vemos abajo”, no se habla únicamente de descender unas escaleras, sino de entrar en otro ritmo, más humano, más cálido y más atento al placer de compartir.

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