El lenguaje del tiempo en el Vaticano: de la alta relojería a la humilde devoción
Aprovechando la reciente visita del Papa a España, las miradas del mundo no solo se posan en sus mensajes y gestos ecuménicos, sino también en los detalles más cotidianos que viajan con él. Es el momento idóneo para detener la mirada en su muñeca y hacer un repaso por las joyas relojeras que han pasado por las manos papales a lo largo de la historia.
El tiempo y la Iglesia Católica han mantenido, desde hace siglos, una relación mística y matemática. Las horas litúrgicas, los campanarios que ordenaban la vida europea y la necesidad de medir con precisión astronómica el calendario exigieron que el Vaticano fuera, durante mucho tiempo, un gran valedor de la ciencia horológica. Sin embargo, cuando el reloj bajó de las torres para ceñirse a la muñeca de los Sumos Pontífices, se convirtió en algo más: un símbolo de su tiempo, un reflejo de su carácter y un manifiesto silencioso de cómo cada Papa entendía su misión en la Tierra.
El tiempo como ofrenda: la tradición histórica y el legado de Pío IX
Históricamente, los relojes papales solían ser piezas únicas de alta complejidad, creadas por los mejores maestros artesanos de Europa como muestras de respeto institucional o regalos de Estado. Uno de los coleccionistas pontificios más destacados en este ámbito fue, sin duda, el Papa Pío IX. Su estrecha relación con la alta relojería quedó consagrada el 29 de junio de 1867, cuando recibió un fastuoso reloj de bolsillo de oro amarillo con complicación de sonería de cuartos, firmado por Patek Philippe.
Esta joya histórica destaca por una tapa esmaltada con el escudo papal y un reverso interior grabado con una elocuente dedicatoria en latín: «Pater, Rex, Dirigas Intelligentias et Corda» (Padre, Rey, Dirige las Inteligencias y los Corazones). Hoy en día, esta obra de arte forma parte de la colección histórica expuesta en el prestigioso Museo Patek Philippe.
Una década más tarde, en 1877, el pontífice recibió un segundo reloj de bolsillo, esta vez de plata y con su escudo de armas grabado, obsequiado por la asociación católica suiza Piusverein. Una pieza que, lejos de perderse en el olvido del tiempo, ha vuelto a cobrar protagonismo en los últimos años al ser el centro de atención en recientes subastas de Christie’s. Aquellos ejemplares no eran mera ornamentación; eran la máxima expresión del ingenio humano ofrendado a quien custodiaba lo eterno.
Juan Pablo II y la elección de un clásico

Detrás del Rolex Datejust bitono de Juan Pablo II late una intrahistoria que conecta con su propia naturaleza humana y cercana. Lejos de ser una adquisición personal guiada por la vanidad, se sabe que este guardatiempos fue un obsequio que el pontífice polaco recibió antes de su elección en el cónclave de 1978. Juan Pablo II, un hombre que amaba el deporte, el montañismo y el contacto directo con la naturaleza, encontró en este modelo el compañero perfecto para su vibrante actividad: un reloj que no temía a los elementos gracias a su mítica caja Oyster hermética.
El diseño del Datejust bitono, con su bisel estriado en oro amarillo y su brazalete Jubilee, representa uno de los capítulos más reconocibles de la horología del siglo XX. Es un reloj que no se esconde; su contraste de metales refleja una personalidad fuerte y una presencia magnética. En la muñeca de Juan Pablo II, este Rolex se convirtió en un elemento cotidiano, un testigo inalterable que aguantó el desgaste de los viajes transcontinentales, los baños de masas y el peso de los acontecimientos que cambiaron el mapa geopolítico de Europa.
Benedicto XVI: la elegancia del intelecto

Si el reloj de Pío IX representaba la majestuosidad de los regalos de Estado, el guardatiempos de Benedicto XVI nos habla de la pertenencia a una tierra y de la sobriedad como virtud. El Junghans Tempus Automatic llegó a la muñeca del pontífice como un regalo profundamente significativo: fue un obsequio de la ciudad de Ratisbona, la localidad bávara donde él había sido profesor de teología y donde conservaba su hogar más querido. No solo llevaba un instrumento para medir las horas, sino un pedazo de la ingeniería, la precisión y el recuerdo de su Alemania natal.
Desde el punto de vista del diseño, el Tempus Automatic es una extensión de la filosofía Bauhaus que Junghans inmortalizó a mediados del siglo XX a través de sus colaboraciones con Max Bill. Es la máxima expresión del principio «la forma sigue a la función».
En su esfera no hay espacio para la distracción: los números arábigos, finos y estilizados, se disponen sobre un fondo blanco inmaculado, escoltados por unas agujas tipo bastón extremadamente delgadas y una discreta ventana para la fecha a las tres. La caja, de acero pulido y proporciones contenidas, se abraza a la muñeca con una correa de cuero negro que carece de cualquier pespunte llamativo.
Francisco: la revolución de la humildad y el fenómeno del Swatch
La llegada del Papa Francisco supuso un giro radical en la estética vaticana, fundamentado en un discurso y una imagen que representaron una auténtica revolución: el regreso de la Iglesia a lo básico, dejando atrás los lujos, la pompa y la ostentación protocolaria. En esta estrategia de cercanía, su imagen personal fue una pieza clave, y su elección relojera se convirtió en el mayor símbolo de esta declaración de intenciones.
Durante gran parte de su pontificado, Francisco lució un Swatch Once Again, un modelo sumamente sencillo con movimiento de cuarzo y caja de resina negra. Se trata de un reloj desprovisto de grandes pretensiones técnicas pero que, paradójicamente, mantiene una indiscutible elegancia minimalista gracias a la proporción de su esfera, su dial blanco de lectura limpia y el contraste de su correa negra.
La historia de este guardatiempos sumó un capítulo extraordinario recientemente. Fiel a su filosofía, el Papa donó el Swatch que le había acompañado durante años a una organización benéfica. En diciembre de 2025, la pieza —cuyo valor comercial en tienda apenas ronda los 60 euros— fue subastada con fines solidarios, alcanzando una cifra histórica que superó los 56.000 euros. Un ejemplo perfecto de cómo el valor de un objeto no reside en sus materiales, sino en la historia de quien lo porta.
León XIV: la era de la hiperconectividad y la dualidad

Con el Papa actual, León XIV, las muñecas en el Vaticano se adaptan al siglo XXI. Se le ha visto alternar o incluso lucir dos enfoques de relojes diferentes en su día a día por la Santa Sede: un robusto Wenger Ranger de inspiración militar y un Apple Watch.
La inclusión de Wenger no es casual: la firma del histórico grupo Victorinox, con su profundo arraigo en la precisión suiza y su origen en las herramientas de uso militar, nos habla de un pontífice que valora la resistencia utilitaria y el pragmatismo en su día a día por la Santa Sede. Es el reloj analógico de un gestor que aprecia la durabilidad de la vieja escuela.
Sin embargo, es la alternancia con la pantalla del smartwatch lo que define verdaderamente su tiempo. En un entorno donde las encíclicas se difunden en redes sociales y la diplomacia vaticana se mide en minutos, el reloj tecnológico despoja a la horología de su romanticismo mecánico para convertirla en un centro de datos pastoral.
Epílogo: la aguja y la fe
El reloj en la muñeca de un Papa va más allá de su engranaje. Del oro y el acero de Juan Pablo II a la resina de Francisco, o las pantallas táctiles de León XIV, los líderes de la Iglesia Católica demuestran que el tiempo es el mismo para todos, pero la forma de llevarlo define nuestro paso por el mundo. Sus relojes son, al fin y al cabo, pequeñas encíclicas silenciosas que se leen en la muñeca.
Por Juan Vicente Llopis, un apasionado de la horología, que intenta descifrar el relato de cada reloj y ese valor histórico y humano que se esconde detrás de cada engranaje.




