Por Alberto Espinosa

Nombrar a Celine Van Heel es hablar de juventud, de Europa y de una insolencia perfectamente estructurada. Celine no nació artista: lo fue desde la primera cuna escandinava que tocó. Nació en Atenas, pero se crió en una gira perpetua por ciudades con acento. Berlín, Estocolmo, París, Madrid. Celine es la nieta que Francisco Umbral habría sacado a pasear por el Café Gijón para demostrar que todavía se puede ser elegante y rotunda en pleno siglo XXI.

Y, claro, uno la ve y piensa: otra modelo, otra chica guapa. Pero no. Celine tiene mirada de directora, voz de sala de ensayo y aura de trapecista sin red. Ha fotografiado para Chanel, ha dirigido proyectos para Zara y ha cantado una salsa en el Benidorm Fest 2025 que parecía rescatada del vinilo de una diosa cubana recién divorciada. Pero no se confundan: ella no canta, ella invoca. Esta niña es una escultura viva con discurso. Escribe con la voz, fotografía con la intuición y canta como si estuviera dictándole a Dios una ruptura sentimental.

“Yo soy Celine Van Heel y he venido a tirar abajo la casa”. Así podría empezar perfectamente su manifiesto. Porque “La Casa” es eso: una demolición emocional convertida en canción. Una salsa, sí, pero también un exorcismo. Una ruptura, pero con tacones altos y ventilador encendido. Compuesta junto a Alfred García —sí, el del piano, el de Festival de Eurovisión, el que parece oler siempre a verso antiguo y nuevo al mismo tiempo— fue su carta de presentación en un Benidorm Fest que no supo muy bien si quería verla como artista, musa o heroína pop. Y ella, como buena heredera de sí misma, decidió ser las tres cosas a la vez.

El abuelo como manifiesto estético

Y aquí aparece Andrés García-Carro, “The Spanish King”, su abuelo: modelo, influencer y señor gallego de 93 años con más estilo que la mitad del front row de cualquier Fashion Week. Andrés fue el primer sujeto —o quizá el primer cómplice— del universo visual de Celine. Ella lo fotografió durante la pandemia como quien retrata un siglo entero.

Él le abrió puertas, sí, pero también un espejo: el del legado, la clase y la osadía bien entendida. Fue quien la conectó con Alfred, con la música y con ese viejo Madrid que todavía huele a Varón Dandy, a cafés eternos y a columnas de papel prensa. En el álbum familiar de los Van Heel García-Carro no hay simples recuerdos: hay estéticas.

Antes de los focos musicales, Celine estudió Periodismo en la Universidad de la Sorbona. Hizo prácticas en L’Officiel, ese templo editorial donde las editoras fuman como si rezaran y los estilistas hablan en dialectos invisibles. Allí comprendió que la moda no era una industria, sino un lenguaje. Y ella, políglota emocional, decidió hablarlo todo: la imagen, la música, el texto y el cuerpo.

Trabajó con Adidas y colaboró con artistas como Nathy Peluso, la gran emperatriz del beat hispano, o Arón Piper, ese muchacho que parece salido de una campaña de Loewe rodada después de una resaca elegante. Pero la lente de Celine siempre buscó otra cosa: aquello que no puede decirse del todo. La pausa antes del gesto, la sombra en el vestido, el temblor que nunca cabe en una pose perfectamente ensayada.

Y entonces decidió cantar.

“La Casa” no es un tema musical: es una declaración de guerra con montuno y faldas abiertas. Ella lo llama empoderamiento. Otros, más devotos de la estética elevada, podríamos llamarlo iconoclasia de salón. Porque ¿quién canta salsa hoy con la ferocidad de una poetisa que también dirige vídeos para Chanel? Nadie.

Ahí está el secreto. Celine Van Heel canta como si estuviera contándote un secreto incómodo en una fiesta de embajadores. Y tú, claro, no quieres marcharte jamás. El escenario no es un lugar: es una extensión de su cuerpo.

Celine es Atenas, sí. Pero también es la madrileña que lee a Marguerite Duras en Malasaña mientras escucha reguetón vintage. Es Berlín, en esa manera de vestirse sin pedir permiso. Es La Haya cuando se sienta con las piernas cruzadas y mira a cámara como una reina destronada que ya tiene preparado su próximo movimiento. Es París cuando responde con frases que parecen escenas perdidas de una película de Éric Rohmer. Y es Galicia, por supuesto, ese territorio donde la melancolía todavía se unta en pan y jamón.

De hecho, las raíces gallegas de la familia García-Carro atraviesan también su forma de mirar el mundo. La tierra tira. El mar también. Y ella, desde un lenguaje completamente contemporáneo, les devuelve algo a cambio: memoria transformada en cultura pop.

Después llegó el culto. Porque quizá no ganó, pero sí conquistó. El público nunca terminó de decidir si era estrella o cometa. Y ahí reside precisamente su poder. No compite: propone. No se impone: seduce.

Desde entonces prepara nuevos proyectos, nuevos videoclips, nuevas campañas y nuevas canciones. En su universo no existen las estaciones del año; existen ideas orbitando alrededor de una identidad que se niega a ser capturada.

Ha dicho que no quiere hacer “lo típico”. Que no quiere cantar canciones de radio ni posar como una influencer más. Quiere ser artista. Pero artista de verdad. De las que consiguen que algo dentro de uno se mueva.

Y quizá por eso Celine Van Heel resulta tan difícil de explicar y tan fácil de recordar: porque algunas personas no vienen a ocupar una habitación. Vienen, directamente, a incendiar la casa.

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