A mediados de los años 70, Arturo Pérez-Reverte  (Cartagena, 1971) empezó a moverse por la vasta geografía de las catástrofes cargado con una Olivetti Lettera 32 y un par de cámaras colgadas al cuello. Como joven reportero aprendió que la guerra se parecía muy poco a lo que había leído o imaginado hasta entonces: era una sucesión de monotonías y brutalidades, de esperas largas y sucesos rápidos, miradas cansadas, hombres a los que veía envejecer, como él mismo, en sólo unos días.

Durante más de veinte años caminó por ese mundo intentando comprender. No contaba ni fotografiaba la guerra: contaba y fotografiaba al ser humano dentro de ella. Una selección de esos negativos, olvidados en cajas durante más de 35 años, forman parte ahora de la primera exposición que se dedica a su trabajo como fotorreportero y del libro catálogo Fotografías de guerra (1974-1985), publicado por La Fábrica con motivo de la misma y en el marco de PHotoESPAÑA.

A lo largo de sus páginas, más de cincuenta imágenes muestran la guerra sin filtros desde la mirada de quien aprendió a observarla sin apartar la vista; fotografías en blanco y negro tomadas por el propio Pérez-Reverte en los conflictos que marcaron las últimas décadas del siglo XX: Líbano, los Balcanes, el Golfo, Mozambique, El Salvador… Imágenes tomadas en esos momentos en que el periodista cerraba el cuaderno y alzaba la cámara casi por instinto, porque había algo que las palabras no podían contener.

Acompañadas de textos del autor, estas fotografías no constituyen el archivo de un fotógrafo, sino la memoria visual de un testigo. En ellas late lo que toda gran fotografía de guerra promete y pocas veces cumple: mostrar el instante más desnudo de la condición humana y no el horror como espectáculo.

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