Por Marc Doménech
Paco Lama de Góngora nació en Sevilla, hace 33 años, en el Arenal, barrio famoso por albergar dos de las cosas más toreras del mundo: la Maestranza y la Hermandad del Baratillo. Empezó en esto del toro con 13 años, en la marisma, junto a los maestros Morante de la Puebla -imposible desvincular su figura de cualquier otro torero sevillano- y Diego Ventura. Su padre manejaba allí un lote de vacas. Aquellos fueron sus inicios.
En su voz, su manejo y entendimiento del toreo se entrevé una persona pasional y sensible. Un torero lleno de recuerdos que empujan su evolución, porque al final uno no deja de ser la suma de lo que fue a lo que quiere ser. Siempre en constante cambio, fiel discípulo de aquel antiguo griego de nombre Heráclito, ya saben: “no nos podemos bañar dos veces en el mismo río”. El agua nunca será la misma, y nosotros tampoco.
Cualquier aficionado a las artes y atento a la vida que lo rodea, ha escuchado el tópico -tan real como manido- de: “solo pasa en las películas”. Una vida de película, dicen. Recuerden que la ficción supera a la realidad y si nuestra vida no parece una película, es que algo estamos haciendo mal (el drama es solo un género, existen otros muchos). No me atrevería a calificar la vida de Lama de Góngora, pero si lo hiciera serían todo elogios. Fiel a sí mismo, constante, honesto con su concepto y con su forma de entender la vida, aunque eso implique también renuncias, silencios y una distancia con lo cotidiano.
Ahora, tras su actuación en la plaza de toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, como preludio a la Feria de Abril el pasado 11 de abril, en la que cortó una oreja, Lama de Góngora se descubre en esta entrevista.
PREGUNTA: ¿Cómo es Lama de Góngora dentro del ruedo y cómo es fuera de él?
RESPUESTA: En realidad, soy la misma persona dentro y fuera del ruedo, o al menos lo intento. Como bien decía Belmonte: “se torea como se es”. Eso significa que todo lo que uno expresa vestido de luces es reflejo de lo que es como persona, el traje de luces es transparente.
Dentro del ruedo intento ser una persona entregada, con la verdad siempre por delante. Busco llevar a la plaza todo lo que vivo fuera de ella: la pasión, las experiencias, las emociones. Que esa intensidad con la que vivo mi vida también esté presente delante del toro. Intento siempre transmitir lo que siento para que el aficionado lo sienta. No me interesa salir una tarde pensando únicamente en el triunfo, sino en expresar lo que llevo dentro. Que cada lance o cada pase sea un lamento por algo que he vivido, o que sea una alegría que he sentido.
Hay una frase que me gusta que dice algo así como que el torero debe tener un misterio y saber contarlo. Para mí, ese misterio es todo lo que uno vive fuera de la plaza, y saber contarlo es la preparación y la capacidad de transmitirlo dentro de ella. Pero, al fin y al cabo, soy la misma persona.
P. ¿Cómo estás ahora, en este momento de tu vida?
R. Me siento tranquilo, con los deberes hechos. Aunque siempre queda ese sabor agridulce, porque uno busca un triunfo rotundo, como el que tuve de novillero. Aun así, han sido triunfos importantes. He conseguido triunfar tres años consecutivos en Sevilla, y eso no es nada fácil.
En el ámbito más personal también estoy tranquilo. Soy una persona bastante solitaria, aunque, gracias a Dios, tengo la bendición de contar con una familia muy bonita y muchos amigos que me demuestran su cariño. Soy una persona muy solitaria porque ando viajando siempre mucho, arriba y abajo, toreando… pero mi vida es esa. Me siento bien, feliz, haciendo lo que quiero.
“El miedo no hay que evitarlo, hay que atravesarlo”.
P. Recae sobre vosotros, los toreros, el estereotipo de personas solitarias, ¿cuánto silencio hay en tu vida?
R. Hay mucho silencio. Mucho. Porque cada día es volver a empezar, volver a reinventarte y volver a conectar contigo mismo. Todo eso forma parte de la preparación. No solo se trata de las sensaciones, sino de ser capaz de expresar la verdad con la que uno va con un traje de luces a la plaza. Y eso exige mucho: preparación, entrega y también la responsabilidad de hacerlo bien y de emocionar al aficionado.
Aunque digan que no, porque es algo que nos gusta, el torero conlleva un gran sacrificio, muchas fatiguitas que no se ven. El año pasado, por ejemplo, tan solo tomé 32 vuelos en América, además de Francia, Portugal… Son muchísimos días solo, mucho tiempo en el que pasan mil cosas por la cabeza de uno y no es fácil. La soledad elegida puede ser bonita, pero la que no es elegida no. Aun así, en todo ese silencio también he encontrado paz. Me ha permitido crecer, aprender y, sobre todo, conocerme mejor. Conocerse a uno mismo es tarea ardua, porque muchas veces evitamos mirarnos por dentro, pero cuando lo haces de verdad, despiertas. Creo que los toreros maduramos pronto porque tenemos la obligación de mirar hacia dentro. Cuando te juegas la vida es importante conocerte a ti mismo.
P. ¿Existe el miedo para ti?
R. Sí, existe el miedo, y además es fundamental. Es fundamental porque el miedo no hay que evitarlo, hay que atravesarlo. Nuestro miedo no es solo un miedo estético o el miedo al fracaso, sino un miedo real, palpable, racional, incluso, que se puede clasificar, porque realmente está la vida en juego.
Cuando no lo tenemos, estamos deseando que llegue el día para torear, y cuando estamos anunciados, estamos deseando que pase.
P. ¿A qué temes?
R. No le temo a nada de lo que elijo. He nacido con ello, pero también es una elección diaria. Cuando eres consciente de que un toro puede quitarte la vida, de que pasas muchas horas viajando, en coches, en aviones, de aquí para allá, al final como son decisiones propias, pues no le temes a nada.
Pero, a la vez, sí es cierto que temo mucho el estar tantos meses lejos de casa por torear y ver cómo mi familia crece sin poder disfrutarla, a mis sobrinos… Ver como un toro puede arrebatarte la vida lejos de casa, sin haber alcanzado todavía ese triunfo que uno anhela y por el que te sacrificas cada día. A eso quizá es a lo que más temo. Y, sobre todo, le temo a la mediocridad. Le temo mucho a la mediocridad, a no destacar por todo lo que uno entrega y siente.

P. ¿Los toreros sentís frustración?
R. No, yo nunca he sentido esa ansiedad. Me tomo la vida con tranquilidad, nunca me quejo, y, en ese sentido, nunca me frustro.
Soy impaciente, eso sí, pero es la impaciencia natural y normal de cuando uno tiene los deberes hechos y quiere que llegue un buen triunfo.
“Un torero de verdad no tiene ego; tiene torería y vergüenza torera”.
P. Veo en ti un torero, y una persona, que ha ido forjando su sitio a fuego, con tesón, con continuidad y ausencia, dureza y entrega, ¿qué te ha hecho más fuerte: las palabras o los silencios?
R. Los silencios, sin duda. El conocerme a mí mismo, el estar tanto tiempo fuera de casa y el ir forjando, como bien dices, los triunfos de poquito a poquito.
P. ¿Qué te ha salvado más veces: el orgullo o la fe?
R. La Fe.
P. ¿Dónde está el límite entre la pureza que buscas y el ego que todos llevamos dentro?
R. Cuando uno se conoce a sí mismo, intenta callar el ego al máximo y quiere que la humildad sea verdadera, no una falsa humildad de palmaditas en la espalda o de sonrisas fingidas. En mi caso, intento mantener el ego apagado y sacar más bien la torería y la raza torera, que es algo muy distinto al ego. Y eso es por lo que me siento torero. Creo que un torero de verdad no tiene ego; tiene torería y vergüenza torera. Que son cosas diferentes.
P. ¿Qué necesitas para sentirte en paz contigo mismo?
R. Que todo lo que he vivido, todos estos triunfos, todos estos sacrificios, todos estos años, se vean reflejados en un triunfo importante.
No solo soñarlo día a día y toreando por América, sino poder hacerlo aquí en España y vivir esa vida plena como torero que llevo buscando desde que era niño.
“Cuando uno cree en sí mismo y no se prostituye en cuanto al concepto o en los caminos que decide tomar, se te cierran puertas, pero también es cierto que se abren otras”.
P. ¿Cómo es tu toreo ahora? ¿Qué expresa?
R. No soy yo quien debería definir mi toreo, pero creo que es un toreo de sentimiento, distinto, que cada animal me vaya pidiendo lo que necesita, y adaptarme a ello. Sobre todo, busco transmitir en la plaza la información de todo aquello que he vivido.
P. ¿En qué ha cambiado?
R. La evolución es inevitable. El tiempo pasa y, de alguna manera, te va pasando por encima también, entre corridas y experiencias. Al final, el tiempo y las vivencias que vas acumulando te van forjando.
Técnicamente no me gusta hablar demasiado de ello, pero es cierto que mi toreo, conforme pasan los años, va cogiendo más poso, más oficio, y tengo las ideas más claras. Todos estos años se va viendo cada vez más en la plaza. El aficionado, al esperarme, va viendo cómo mi forma de torear va evolucionando poco a poco. Y eso es de agradecer, mucho de agradecer. Si he podido evolucionar en este tiempo y conseguir que mis sentimientos se reflejen con el capote y con la muleta, es algo maravilloso. Que el aficionado pueda verlo, entenderlo y sentirlo, para mí es lo más importante.
P. ¿Crees que tu fidelidad a una idea del toreo te ha cerrado puertas?
R. Siempre. Cuando uno cree en sí mismo y no se prostituye en cuanto al concepto o en los caminos que decide tomar, se te cierran puertas, pero también es cierto que se abren otras. Y el tiempo, poco a poco, te va dando la razón.
P. ¿Cómo sienta la Maestranza?
R. Es la plaza de mis sueños, donde sueño todos los días con abrir la Puerta del Príncipe. Para mí es lo máximo. Aunque se pasa mucho miedo y mucha responsabilidad, es donde más a gusto me siento.
P. ¿Te sientes bien como torero sevillano?
R. Sí.
P. ¿Qué parte de tu historia aún no se ha contado en una plaza?
R. Muchas, porque no he tenido la oportunidad de tener temporadas extensas en España, y en una sola tarde es difícil contarlo todo. Por eso todavía quedan muchas cosas que contar.
P. ¿Qué le dirías al niño que empezaba, sabiendo lo que sabes ahora?
R. Que siga haciendo caso a su instinto, porque todo llega cuando uno pone el alma y el corazón en lo que hace. Y que se sienta orgulloso, porque poco a poco lo va consiguiendo, aunque todavía quede mucho.
P. ¿Qué significaría para ti triunfar hoy?
R. Lo significaría todo. Al final, el toreo y los contratos muchas veces se basan en los triunfos. Sería como devolverme a mí mismo todo lo que he entregado, que lo entrego sin esperar nada a cambio, porque lo hago porque quiero. Pero si llega un triunfo importante, me daría la posibilidad de vivir esa temporada y esos escenarios, esas plazas que he estado buscando. Eso significaría, y es lo que quiero.
P. ¿Qué esperas de esta temporada? Que no ha empezado nada mal.
R. Espero volver a Madrid, entrar en Francia, seguir yendo a América y poder seguir toreando para que el aficionado siga viendo mi evolución. La verdad es que espero que esta oreja en Sevilla sirva.

Me permitirá que le achaque cierto aire melancólico en algunas de sus respuestas. Le recorre cierta emoción contenida cuando recuerda al niño que empezó, como si en ese origen aún habitara una parte intacta de su verdad.
Esa sensibilidad no puede confundirse con distancia o pura ensoñación. Ser torero no le coloca al margen de la vida, no lo protege de ella. Al contrario, lo lleva a la exposición. Es torero por elección propia, sí, pero detrás del traje de luces existe una realidad humana que no siempre es visible desde la grada. También duele estar lejos de la familia, no verla crecer o no poder pasar más tiempo en casa.
Luchar por el toreo no es un pase libre para suspender lo demás. No invalida los anhelos personales ni los vínculos más esenciales. En esa tensión —entre lo que se elige y lo que se pierde— se dibuja también el verdadero coste de esta profesión tan noble, y que, en casos como este, deja entrever una profundidad deslumbrante.
En todo ello, queda el sueño sumo de Lama de Góngora: “me gustaría ser recordado como una figura del toreo importante de Sevilla, que dejó tardes inolvidables y que era igual dentro y fuera de la plaza. Honesto consigo mismo, con los aficionados, y siempre con ganas de darle al toro lo que se merece, que es también lo que a mí me lo da todo”.
Fotografías: Macarena R. Vargas




