Por Marc Doménech

En una época dominada por lo performativo, lo opinable y lo efímero aparece una figura cuya actividad no admite simulación. El ruedo no permite impostura.

Podríamos decir que Nek es un joven “normal”, comprometido con su oficio y fiel a su propósito… pero en él -como en muchos otros toreros- radica la verdad. Parece mentira afirmar la dificultad de encontrar espacios donde de verdad se muestra y enseña la verdad radical -valga la redundancia- en la cultura contemporánea, plagada de performance y simulaciones. En la profesión de Nek, el pensamiento se encara físicamente.

La Ribera Alta, Algemesí, Valencia. Cada septiembre se celebra una de las semanas más importantes para el panorama novilleril. De ahí proviene y nace la afición de Nek Romero, un joven torero de 23 años. Su conexión con su territorio es tal que, en 2024, estuvo al pie del cañón ayudando en las labores de limpieza tras la terrible inundación sufrida en los pueblos de Valencia. Pero no quedó ahí: no supo devolverlo de otra forma mejor que haciendo lo que le da la vida, torear. Participó en un festival para ayudar a los damnificados por la DANA este pasado año.

Ahora Nek, nombre algo curioso para un torero, habla para ESSENCEmag donde nos detenemos a escuchar qué hay detrás del traje de luces, más allá del personaje, más allá del oficio.

PREGUNTA: Más allá de entender el toreo, ¿se aprende algo sobre la vida en la escuela taurina?
RESPUESTA: Por supuesto. La escuela taurina es disciplina, compañerismo, garra, humildad, respeto… que al final es lo que hace falta en la vida: valores fundamentales.

P: ¿Cuál dirías que es tu “filosofía de vida” como torero, o simplemente como hombre?
R: No dejar nada para mañana y saborear cada instante de la vida. Saber valorar cada momento, porque nunca sabemos si volverá a ocurrir. En definitiva, valorar cada instante.

P: ¿La pasión puede llegar a ser triste, dolorosa?
R: La pasión puede ser triste y dolorosa, pero también es de las cosas más grandes que te puedes encontrar; de ahí derivan muchos sentimientos y emociones.

P: ¿Crees que el dolor es un maestro necesario?
R: Más que el dolor, el sufrimiento. Al final creo que es imprescindible ganarse las cosas, trabajárselas y que cuesten sudor.

“No hay que olvidar que el toro está muriendo por ti. Entonces, qué menos que entregarse a partes iguales”.

P: ¿Qué se siente ahí abajo, en el ruedo, cuando todavía no ha cuajado la faena? ¿Un desamparo desolador?
R: Realmente creo que es muy difícil no cuajar una faena cuando uno está entregado de verdad y vive por y para el toro, aunque uno siempre piensa que puede estar mejor. Como bien me decía siempre el maestro Santiago López: “Torero, a torear bien como tú sabes y si te ves perdido cojones”.

P: ¿Qué pesa más: la montera… o la conciencia?
R: La conciencia, obviamente, tanto antes como después del festejo. Es tan importante llegar con la conciencia tranquila al patio de cuadrillas como quitarse el vestido y sentirte en paz con uno mismo.

P: ¿En qué puede molestar la tauromaquia a sus contrarios? ¿La presencia de la muerte? ¿La evidencia de lo qué es la vida…?
R: Yo, sinceramente, pienso que molesta porque es una cosa tan pura en una vida tan de mentira… que asusta tanta verdad en estos tiempos.

P: ¿De qué manera dialogas con la idea de la muerte, tan presente en tu profesión?
R: Creo que es importante ser consciente de lo que te puede llegar a hacer un toro, pero no hay que olvidar que él está muriendo por ti. Entonces, qué menos que entregarse a partes iguales.

P: ¿Qué entiendes por trascendencia y cómo te gustaría ser recordado fuera del toreo?
R: Me gustaría ser ejemplo y poder ayudar a los niños con un sueño: el de ser torero. Sinceramente, me gustaría ser más recordado por mi persona. Porque yo no me juego la vida para conseguir la aceptación de los demás -eso es una consecuencia-; me juego la vida porque es lo que más me llena en este mundo.

P: ¿Qué papel juega el silencio en tu vida personal, más allá del ruedo?
R: Es importantísimo, porque en el silencio es donde tienes la oportunidad de escucharte a ti mismo y, al final, el que se pone delante del toro es uno mismo. Conocerse uno mismo es fundamental, y cuando hay silencio en eso estás.

P: ¿Cómo logras desconectar de la intensidad de los ruedos?
R: Para mí no es intensidad: es felicidad.

P: ¿Qué importancia le das a la estética, dentro y fuera de la plaza?
R: Para serlo hay que parecerlo, sin aparentar, eso sí, siempre siendo uno mismo.

P: ¿Qué te enamora del toreo?
R: Darle la opción al toro de poder elegir entre la muleta o yo, y ser capaz de que un toro pase todo lo cerca que yo quiera.

“Lo bonito de la vida es saber lidiar en cada ocasión según lo que se presente y saber acoplarse y adaptarse. Pues lo mismo sucede con el toro”.

P: ¿Y qué te enamora de una persona?
R: Su pureza.

P: ¿Cuál es tu placer cotidiano más sencillo e inconfesable?
R: Estar con mi gente.

P: ¿Qué sueña un torero la noche antes de torear?
R: Yo, más que soñar, sobrepienso muchas cosas que hay que controlar en una tarde de toros.

P: ¿Cuál sería la pregunta que nunca te han hecho y que te encantaría responder?
R: Esta pregunta sí que me la han hecho varias veces, incluso mis apoderados, pero me encantaría saber responderla: “Nek, ¿y por qué, si es malo, no lo matas antes?”. A la que yo siempre respondo “no sé”, porque al final creo que el toreo es como la vida: vienen rachas buenas, menos buenas; se te aparece gente buena, menos buena… Pero lo bonito de la vida es saber lidiar en cada ocasión según lo que se presente y saber acoplarse y adaptarse. Pues lo mismo sucede con el toro.

Como decíamos, en este mundo de huida hacia adelante, Nek Romero plantea el toreo como un reflejo de la vida en sí misma: lidiar, adaptarse, acoplarse y vivir sin anestesia emocional.

A lo largo de la conversación aparece el torero como una figura incómoda contemporánea, no por la polémica superficial, sino porque obliga a formular preguntas profundas: qué estamos dispuestos a perder por vivir de verdad o qué significa comprometerse sin red. La idea de entregarse a partes iguales sugiere también la bonita metáfora de la reciprocidad entre hombre y destino.

Fotografías: Carlos Gómez «Litugo»

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