Por Marc Doménech

Sevilla es puro espectáculo -permítanme aquí un apunte-; no entendamos por espectáculo aquello parecido a una función o diversión pública, sino que tomemos la tercera, y más bella, acepción del Diccionario de la Real Academia Española. Entendamos así Sevilla como “aquella cosa que se ofrece a la vista o a la contemplación intelectual y es capaz de atraer la atención y mover al ánimo infundiéndole deleite, asombro, dolor u otros afectos más o menos vivos o nobles”. Alejandro del Castillo Perujo sabe captar ese espectáculo -aunque lo llame clásico, huyendo de toda teatralización- en sus fotografías. Aquí, el arte de la fotografía capta al arte de la ciudad: arte al cuadrado.

Paradoja curiosa e interesante la de fotografiar “lo clásico” como algo todavía inexplorado. Para él, no es una repetición, sino un territorio todavía lleno de pliegues.

En una ciudad que parece vivir hacia fuera, pero en realidad se experimenta profundamente hacia dentro, Alejandro sabe dirigir la mirada hacia el interior: hacia el gesto mínimo, hacia el margen del acontecimiento, hacia lo que sucede mientras todos miran hacia otro lado -o mientras no miran lo que merece ser mirado-. Su foco no es el clímax evidente, ese clímax es lo que envuelve la tensión previa, o la atmósfera que lo sostiene, que él fotografía.

PREGUNTA: ¿Recuerdas la primera vez que una imagen te hizo sentir algo tan fuerte que quisiste dedicarte a plasmar las tuyas?
RESPUESTA: Lo que recuerdo bien es que siempre me llamó la atención hacer fotos a mi entorno con cualquier dispositivo a mano. De hecho, el primer móvil que tuve, lo utilizaba casi siempre y únicamente para hacer fotos y editarlas.

P. Cuando piensas en tus inicios, ¿fue la cámara quien te eligió o tú quien decidió empuñarla?
R. No creo que una cámara pueda elegir al fotógrafo, al final es la herramienta para hacer nuestro trabajo, por lo tanto, el fotógrafo decide cuando empuñarla.

P. ¿Hay algo que consigues ver a través de la cámara que no ves sin ella?
R. Desde hace ya algunos años, me cuesta no ver una foto allá por dónde voy. Te acostumbras al visor, y el día que por cualquier motivo no llevas el equipo a mano, o hay un momento concreto de algún acto en el que no debemos actuar, sigues viendo una foto que posiblemente pueda llegar a transmitir algo.

P. ¿La cámara miente o no dice nada más que la verdad?
R. La cámara no actúa por su propia cuenta, al final, lo que muestra, es lo que ves. Depende mucho de la visión de cada fotógrafo, y por suerte, hay muchos estilos distintos y muy buenos.

P. ¿Qué tiene Sevilla que te sigue desafiando como fotógrafo, a pesar de haberla recorrido mil veces?

R. Cuando crees que lo has fotografiado todo, al final siempre te sorprende. En cualquiera de sus terrenos.

“Es importante la paciencia a la hora de fotografiar, sobre todo en los tiempos actuales. Puedes estar esperando un plano en un escenario concreto, y que alguien llegue con un dispositivo móvil por encima y la estropee”.

P. ¿Tu manera de mirar cambió más por la técnica o por lo que has vivido personalmente en estos años?
R. Considero que la experiencia es fundamental. Es importante tener siempre en cuenta que no lo sabes todo, así todos los días aprendes algo nuevo.

P. ¿Qué parte de ti se revela en tus fotografías que quizás no se atreve a hablar en palabras?
R. No sabría decirte.

P. Sueles huir del encuadre clásico del paso, de la postal devota. ¿Qué te impulsa a romper esa tradición visual tan arraigada?
R. No soy muy seguidor de la típica estampa. Me gustan los carteles antiguos de Semana Santa, pero intento centrarme más en lo que rodea al propio paso, o en el caso de sacar a la imagen, no sacarla sin nada más alrededor.

P. En tus fotos hay un diálogo constante entre luz y silencio. ¿Qué papel juega el silencio cuando decides disparar?
R. Me gusta jugar con las luces constantemente, y normalmente no le suelo tener “miedo” a los contrastes más oscuros.

P. ¿Crees que la belleza puede tener una función espiritual, incluso para quien no cree?
R. Al final, de un modo u otro, creo que todo el mundo es creyente a la hora de la verdad.

P. Cuando retratas una procesión o una espera, ¿qué estás buscando realmente: la fe, el gesto o la fragilidad del instante?
R. Suelo buscar el momento. En ocasiones, voy a tiro hecho, a por una fotografía concreta.

P. ¿Qué te ha enseñado la fotografía sobre la paciencia?

R. Es importante la paciencia a la hora de fotografiar, sobre todo en los tiempos actuales. Puedes estar esperando un plano en un escenario concreto, y que alguien llegue con un dispositivo móvil por encima y la estropee. Al final, te acostumbras a lidiar con eso.

P. ¿Te consideras más cazador de momentos o constructor de atmósferas? 
R. Ambos.

P. En una época saturada de imágenes, ¿cómo se conserva la honestidad visual?
R. Es importante crear tu sello personal. Creo que cuando alguien puede llegar a reconocer una fotografía tuya entre cien sobre la mesa, posiblemente estés llegando a cimentar ese sello.

P. ¿Sevilla suele mostrarse a sí misma como un espectáculo? ¿Dónde encuentras tú la Sevilla que no posa?
R. No creo que Sevilla se muestre como un espectáculo. Prefiero la versión más conservadora de la ciudad, la Sevilla clásica.

P. ¿Qué artistas —no necesariamente fotógrafos— te han enseñado a mirar distinto?
R. No te diría que me han enseñado a mirar distinto, ya que considero que la visión de cada uno es totalmente personal. Sin embargo, intento aprender siempre de muchos compañeros, de los cuales sigo habitualmente su trabajo, que me parece excepcional. Podría decirte muchos nombres.

P. ¿Hay algo que hayas aprendido observando la manera en que la gente mira tus fotos?
R. Todos los días se aprende algo nuevo.

P. ¿Qué maravillas guarda la espera de la Cuaresma para un fotógrafo sevillano?
R. Durante esta etapa, intento superar mi propio trabajo año tras año.

En cierto modo, Alejandro no busca capturar una imagen definitiva de Sevilla, sino seguir formulando preguntas sobre ella. Quedaría satisfecho si el público lograra distinguir su fotografía entre cien. Diría que va por el buen camino, la mirada de sus obras -monumentales, semanasanteras, personales, maestrantes y toreras- no se limita a registrar lo visible, sino que consigue detener, por un instante, aquello que normalmente pasa desapercibido.

Fotografías cedidas por Alejandro del Castillo Perujo

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