Hay nombres que no necesitan apellidos porque ya son un género, una atmósfera, una forma de mirar. Sylvia Polakov fue uno de esos nombres que arrastraban un rumor de noches largas, de salones alfombrados, de pasillos donde la vida se detenía un instante para que ella disparara, con la calma de quien sabe esperar el gesto justo, la luz justa, la verdad justa. Ahora, cuando la Galería Nikon abre sus puertas para celebrar aquella mirada —una exposición que reúne algunos de sus retratos más íntimos— es inevitable sentir que volvemos a un país que ya no existe, pero que sigue respirando en sus fotografías como un corazón que se niega a apagarse. La muestra se alza, silenciosa y luminosa, en un espacio que parece construido para su estilo: esa elegancia sin esfuerzo, esa delicadeza de la luz que cae sobre una mejilla, ese temblor casi humilde del instante que pide ser guardado sin estridencias. Allí, en las paredes limpias y blancas de la Nikon House, vuelven a posar los rostros de una España que despertaba: aristócratas que sólo parecían aristócratas cuando ella los fotografiaba, cantantes y actores de los setenta, ochenta y noventa, mujeres de gafas enormes y pieles suaves, hombres que fumaban mirando al futuro sin saber muy bien qué hacer con él. Toda esa fauna social, ese hervidero de madrugadas, está ahora ordenado en silencio, como si la fotógrafa lo hubiera vuelto a convocar desde alguna nube donde la luz es entre ámbar y dorada y donde todos, absolutamente todos, salen guapos. Porque ese fue su oficio secreto: sacar guapo a quien quizá ya había olvidado que podía serlo.

Hablar de Sylvia Polakov es hablar también de su personaje, porque ella lo era: un personaje altísimo, de melena cobriza, de voz que a veces acariciaba y otras veces arañaba. Decían que era indomable, que uno posaba para ella como quien entra en una confesión. Había en su manera de mirar algo que desnudaba sin humillar, que acercaba sin invadir, que hacía que un caballero de gesto duro terminara quedándose quieto, entregado, como si por fin alguien lo hubiera entendido. Ella imponía una distancia, un respeto animal, un silencio que no era frío sino fértil. Mucha gente recuerda que tras una sesión salían exhaustos, quizá porque en el fondo era como mirarse en un espejo que devolvía lo que uno era y no lo que uno quería parecer. En ese arte suyo, tan difícil de definir, entraba también la maestría del detalle: la ropa, la postura, la sombra del pómulo, el brillo del iris. En muchos casos, maquillaba ella misma al retratado, porque sabía mejor que nadie qué convenía a cada piel, a cada edad, a cada temperamento. No se dejaba engañar por el artificio; lo controlaba como se controla una coctelera en manos de un barman de viejo oficio.

Y detrás de todo este despliegue de memoria y luz, está Bernardo, el comisario que ha sabido ordenar el torbellino Polakov con una delicadeza casi arqueológica. Él no exhibe las fotografías: las escucha. Las coloca como quien afina un instrumento antiguo, consciente de que cada imagen trae consigo una respiración, un perfume y un temblor que no se debe tocar más de la cuenta. Bernardo, que conoce como pocos la ciudad y sus pliegues sentimentales, habla de Sylvia con la serenidad de quien ha convivido con su archivo, con sus silencios, con su genio rotundo. Ha rescatado contactos, fechas, revelados que parecían dormir para siempre en cajas que ya amarilleaban; ha reconstruido noches enteras a partir de una sola mirada; ha devuelto a la vida la coreografía social de un país que aún aprendía a sostenerse sobre sus propios tacones. Su labor no es solo curatorial: es un acto de devoción.

Su obra —que atraviesa cuatro décadas de retratos sociales, culturales, aristocráticos y populares— es un diario sentimental de la España que se sacudía el polvo de encima y empezaba a reconocerse en los espejos. Polakov llegó a Madrid con una cámara y un hambre feroz por atrapar la vibración de un país que se movía entre la pulsión de la modernidad y la timidez de un despertar. Fue testigo de una vida en capital que hervía entre discotecas, fiestas interminables, alfombras persas, diseñadoras con perfume a tabaco rubio, aristócratas que mezclaban pedigrí y descaro, artistas que aún no sabían que iban a ser importantes. Miraba, disparaba, guardaba. Y lo hacía siempre con ese encanto de snapshot, de fotografía cándida, que capturaba lo que nadie más veía: una ceja levantada, un hombro que cae, una mano en el aire a punto de desvanecerse. Esa misma sensibilidad fue la que llevó a que la Reina Sofía escogiera a Sylvia Polakov para su retrato oficial de 1996: una imagen que el tiempo ha convertido en casi sagrada, no sólo por la pose regia, sino por la humanidad que exhala la Reina con esa mano apoyada sobre la silla, relajada pero digna, como si entendiera que la historia también necesitaba un respiro. Ese retrato fue tan solicitado por Zarzuela que pronto se agotaron las copias. Y hay, además, otra fotografía privada —de una visita de los Reyes al estudio de Víctor Ochoa, autor del monumento a Don Juan— que revela la complicidad callada entre el objetivo de Polakov y la familia real. Todo eso, ahora, vuelve a respirarse en la exposición: no como nostalgia, sino como memoria viva. Porque las fotos de Sylvia no envejecen; se profundizan, como un vino que sigue hablando muchos años después de haber sido descorchado.

La exposición fotográfica dedicada a Sylvia Polakov ha abierto sus puertas en Nikon House Madrid, ubicada en c/ Reina Mercedes, 7. La muestra está abierta desde el 4 de diciembre de 2025 y podrá visitarse hasta finales de marzo de 2026.

Y, sin embargo, más allá de las celebridades y los fastos, queda su legado íntimo: el de una mujer que vivió para mirar. Sylvia Polakov falleció en noviembre de 2021, y con ella se fue uno de los últimos hilos que nos conectaban con aquella España alegre y despierta, bulliciosa y contradictoria, frívola a ratos y profunda a otros, una España que descubrió en la fotografía una forma de ser. Su archivo —miles de imágenes, miles de vidas— es hoy un patrimonio emocional que ilumina quiénes fuimos y quiénes queríamos ser. En esta exposición, abierta desde diciembre hasta marzo, hay algo de despedida y algo de reencuentro: se siente la presencia de Sylvia rondando las paredes, acomodando el flequillo de una modelo, colocando la luz, diciendo “así, no te muevas”, ordenando el caos para que la belleza permanezca. Y uno entiende que aquella mujer, con su carácter arrollador, con sus yes y sus no rotundos, con su intuición afinada como un instrumento antiguo, logró algo que casi nadie consigue: hacer que las personas se vieran a sí mismas como siempre habían querido ser vistas. En cada fotografía hay un desnudo y un vestido, una máscara y una verdad, una época que se deja tocar. Y por eso, al salir de la exposición, uno siente que también ha sido fotografiado por ella, aunque no haya posado nunca. Porque Sylvia Polakov, en el fondo, fotografiaba algo más grande que los rostros: fotografiaba un país que quería vivir.

📍 Lugar: Nikon House Madrid (c/ Reina Mercedes, 7)

🗓️ Fechas: 4 de diciembre de 2025 – finales de marzo 2026

🕘 Horario: De lunes a jueves de 9:00–14:00 y 16:00–19:00; viernes de 9:00–14:00 (salvo festivos)

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