Por Marc Doménech

Algunos pintores, más que dibujar, narran. Convierten cada trazo en memoria, efemérides e historia. A José Tomás Pérez Indiano recurren pueblos, hermandades y personajes públicos para inmortalizar tradiciones, emociones y recuerdos. Es uno de los artistas más solicitados de su generación, capaz de unir fe, tauromaquia y emoción pictórica.

El último en hacerlo ha sido José Antonio Morante de la Puebla, que quiso contar con él para representar la figura del icónico torero Antonio Chenel, “Antoñete”, en el cartel del festival benéfico organizado por el mismo Morante para erigir un monumento al maestro de mechón blanco en Las Ventas, la que fuera su casa, el próximo 12 de octubre.

Pérez Indiano ha convertido la cartelería en una forma de devoción contemporánea. Su obra recorre los caminos de la religión y el toreo, dos mundos con liturgias cruzadas: fe y rito, silencio y aplauso, dolor y belleza. Su mirada -emotiva, pasional, sensible, espiritual y sincera- convierte cada encargo en una experiencia personal. El arte elige: “somos servidores, instrumentos de algo más trascendental”.

PREGUNTA: ¿Existe algo en tu infancia que haya marcado por siempre tu obra?
RESPUESTA: Quizás la libertad para crear, para hacer lo que me hacía feliz. Una manera de expresión, tanto en el hogar como en el colegio. Cuando era pequeño mi madre me regaló un libro recopilatorio de la obra de El Greco, sus colores, sus formas, su atrevimiento y su libertad me marcaron hasta el día de hoy.

P. ¿Cuándo fue la primera vez que sentiste que querías ser pintor?
R. Creo que fue una necesidad imperiosa. Una manera de expresarme mediante la pintura. He ido creciendo junto a ella, en algunos momentos más volcado y en otros menos, pero siempre de su mano. A la par. Ella elige cuándo y el cómo. Suelo decir que somos servidores, instrumentos de algo más trascendental, que nos hace amar lo que hacemos de una forma única y pasional.

P. ¿Qué olores, colores, sonidos… aparecen siempre cuando pintas?
R. El estudio siempre tiene un olor especial. Es como una estancia más del hogar, en el que nos guiamos por los olores. Como decía un amigo mío, huele a arte. Los colores lo llenan todo, desde las paredes hasta la ropa: en ocasiones la pintura ha estrenado prendas antes que yo… (ríe) Siempre pinto con música o la radio, escucho prácticamente todo tipo de música, me gusta iniciar la jornada con alguna pieza de Fauré y ya el día decide por sí solo, puede acabar con Robe Iniesta, al cual admiro. Sus letras están llenas de pasión y además somos paisanos.

P. ¿Qué significó mudarse a Sevilla para tu carrera y para tu vida personal?
R. Siempre he estado vinculado a Sevilla, mi familia emigró desde muy jóvenes y allí nacieron mis tíos y mis primos. Forma parte de mí desde pequeño. Para mi carrera significó un salto enorme, puede decirse que fue el salto a ser reconocido. A vivir por y para ella. 
Para mi vida personal igual, ambas van unidas. Aquí he forjado amigos que ya son familia, he creado vivencias y recuerdos y también han nacido amores y desamores. La vida, intensa y vivida como es Sevilla.

“Lo más difícil de pintar es la falta de emoción. Si no hay nada de ellas, no hay alma”.

P. ¿Cómo se define tu obra?
R. Pasional y directa. Mi obra es una extensión de mi personalidad, de cómo siento y cómo quiero transmitir.

P. ¿Qué emociones la recorren?
R. Todas las posibles. Suelo decir que al pintar pasan por la cabeza mil vivencias, recuerdos y emociones. Se plasman porque salen directas del corazón. Hay días en los que tu pintura fluye sola y otras en las que está más melancólica, todas ellas se plasman y creo que se transmiten al espectador.

P. ¿La emoción más difícil de pintar?
R. La ausencia de ella. La falta de emoción. Emocionarse es reír, llorar, vibrar. Sentir. Si no hay nada de ellas, no hay alma.

P. ¿Cada emoción tiene un color?
R. Un color y un momento. Asociamos los colores más apagados a la tristeza. Creo que no es así. Cada emoción la sentimos diferente cada persona, igual que cada color. Tienen ese poder, es algo mágico.

P. ¿Qué te inspira más a la hora de crear?
R. Que pueda sentir lo que esté creando. Que me identifique con algo que contenga la obra, eso hace que la haga mucho más mía. Más personal.

P. ¿Cómo suele nacer una obra: desde una idea clara, desde un símbolo, o desde una emoción?
R. Cada obra es diferente, pero todas suelen nacer igual. Me gusta compartirlo con el cliente, ya que es un proceso de creación muy bonito. Ver desde el primer trazo hasta que va madurando, es algo como la crianza para los padres. Todas las obras nacen de un modo parecido pero cada una elige su propio camino hasta terminarlas. Es una sensación que solo el pintor puede sentir.

P. A día de hoy, ¿qué obra te representa mejor?
R. Es muy difícil responder a esta pregunta. Es como decirle a una madre con qué hijo se quedaría. Todas me representan porque llevan mi sello, mi estilo. Hay algunas que por unas circunstancias les tengo más cariño. Porque han significado mucho para mí en un momento exacto. Me quedo con la sensación de verlas de nuevo y recrearme en ellas.

P. Trabajas mucho con temas religiosos y taurinos: ¿qué te atrae de cada universo? ¿Fe y arte, rito y cultura, devoción y tradición…?
R. Son universos diferentes. Sin Fe el hombre estaría vacío. En mi día a día rezo e intento tener momentos de intimidad con Dios, eso me ayuda mucho a afrontar temática religiosa en mi pintura. Me pongo ante Él y somos sus servidores mediante el arte. 
En el mundo taurino me atrae todo. Desde pequeño sentí el mundo taurino. Esa liturgia y esa magia del toreo. Su historia y contemporaneidad. Su luz, su misticismo y esa parte de sensualidad.

P. ¿Qué tienen en común un cartel taurino y un cartel de Semana Santa?
R. Ambos tienen la función de anunciar lo que está por llegar. En ámbitos diferentes, pero nacen para conversar con el espectador y atraerlo. Son temáticas diferentes, pero en el mundo taurino hay mucho de Fe. Siempre ha ido de la mano de la religión. Ambas unidas.

P. ¿Cómo dialogas con la tradición sin quedarte atrapado en ella?
R. La tradición es contemporánea a nosotros, ha ido conviviendo con los tiempos y adaptándose a ellos. Intento beber de ella, pero aportándole mi visión, mi toque. Aprendo mucho de la tradición e intento que mi obra esté viva, vibre a la par que beba de ella.

P. ¿Qué pesa más: la tradición o la libertad creativa?
R. Ambas. En la tradición hay libertad creativa. En todas las artes. Gracias a esa libertad creativa bebemos de una tradición de siglos, que ha aportado lo mejor de cada época y que seguimos admirándola.

“Siempre que una obra es pública, se siente diferente. Una vez finalizada, ya no es tuya. Ya forma parte del público”.

P. El mismo Morante te encargó la obra que enmarcará el festival pro-monumento Antoñete el próximo 12 de octubre en Las Ventas, para el que ya no quedan entradas. ¿Cómo fue esa llamada?
R. Trabajar para una figura como José Antonio Morante de la Puebla es una suerte. Es un genio que traspasa fronteras, edades y tiempos. Beber de su arte y plasmarlo en una obra es casi imposible. Es un torero de esencias e intentar captarlas y pintarlas, siempre es un reto y un orgullo para mí como pintor y como admirador. Le estoy agradecido a Dios por permitirme trabajar para una figura que traspasa y que está haciendo y creando historia.

P. ¿Y el proceso de creación de esta obra en concreto?
R. Ha sido muy bonito, ha sido una conversación con la historia y con la figura de Antoñete. Plasmar esa mirada llena de fuerza, en esa composición rodeada de simbolismo, en cada pincelada, ha sido una gozada.

P. ¿Has notado presión con algún encargo?
R. Presión no, responsabilidad sí. Creo que pesa más la segunda que la primera. Siempre que una obra es pública, se siente diferente. Una vez finalizada, ya no es tuya. Ya forma parte del público e intentar que ellos capten y sientan lo que he sentido creándola, es una responsabilidad.

P. ¿Has llegado a rechazar alguno por miedo o por respeto a su magnitud?
R. Sí y espero que no sea el último. Será porque respeto el trabajo y el oficio. Señal de que siento el peso de mi profesión y quiero que llegue en el momento oportuno para mi obra y para mi persona.

P. ¿Se trabaja bien bajo la tensión de los tiempos?
R. Eso es otro cantar… (ríe). Como decía Picasso ‘que la inspiración te pille trabajando’. Siempre intento cumplir los plazos, pero hay factores que no se controlan, la presión de poner fecha y hora al arte, creo que lo infravalora.

P. ¿Algún encargo que esperas con empeño?
R. Todos los espero con cariño y con ganas. Siempre pienso que todo está por llegar y que Dios sabe manejar sus tiempos. Y nosotros mientras tanto, a seguir creando con la misma ilusión que el primer día. Pero hay encargos que se esperan y se sueñan como si ya hubieran llegado.

P. ¿Cuál ha sido la reacción más inesperada que alguien ha tenido ante tu obra?
R. Fue en París hace un año, en una exposición que participaba con cuatro obras. Eran taurinas todas y una señora se puso frente a una, sin saber que estaba yo detrás de ella y le comentó a su acompañante, que se había emocionado recordando a su padre. Que veía la fuerza de su mirada en un trazo específico que había en la obra. 
Esa es la mayor recompensa que un pintor puede obtener.

P. Si pudieras sentarte a hablar con un pintor de cualquier época, ¿con quién sería?
R. Con Dalí, me siento muy reflejado en su mundo. Me hubiera encantado vivir una de esas noches interminables con tanto arte rodeándonos. Hablar de lo divino sin entenderlo, pero sintiéndolo. A veces me veo reflejado en él, en ese punto de locura cuerda.

P. ¿Hay algo que te duela en la vida y seas capaz de transformarlo en arte?
R. Muchas cosas. A diario, todo lo que me duele y siento lo plasmo en mi pintura. Al igual que lo que me hace feliz, todo es sentir y mi pintura es eso, sensitiva.

Indiano es uno de esos artistas que entienden la pintura como compañera de vida. En ella vive y con ella se expresa. No la usa como herramienta, sino como destino compartido. “La emoción más difícil de pintar es la ausencia de ella”. Su arte existe porque hay emoción, y sin emoción no hay alma -señal de que ya habitaríamos otro lugar-.

Nada se le escapa al pincel: lo que duele y lo que ama. En su universo no hay lienzos vacíos, nunca se le quedan en blanco. A pesar de la intensidad de trabajo, su mente brilla; sigue creando un universo ya más que reconocible. Sus trazos van firmados y eso es, posiblemente, una de las características de la capacidad para crear un universo emblemático.

Fotos cedidas por Pérez Indiano

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