El verano de 1959 reunió en España a tres hombres que ya eran leyenda: Ernest Hemingway, el escritor que convirtió nuestro país en una parte esencial de su obra; Luis Miguel Dominguín, el torero más famoso del mundo; y Antonio Ordóñez, el hombre al que muchos consideraban la máxima expresión del toreo. Lo que ocurrió entre ellos durante aquellos meses trascendió las plazas, ocupó titulares y acabó convirtiéndose en literatura.
Mucho antes de que los encierros fueran un fenómeno global, Hemingway ya había descubierto en la ciudad navarra un lugar al que siempre deseaba volver. Allí encontró una intensidad que marcaría buena parte de su vida y de su literatura. Aquel verano, sin embargo, tenía reservado algo más.
Dominguín y Ordóñez, unidos por lazos familiares pero enfrentados por el trono del toreo, protagonizaron una rivalidad que mantuvo en vilo a toda España. Cada corrida era un acontecimiento; cada cornada, un golpe que aumentaba la tensión de un duelo seguido con fascinación dentro y fuera de los ruedos. Hemingway asistía a todo como testigo privilegiado, consciente de que estaba presenciando una historia irrepetible.
Esa rivalidad inspiró El verano peligroso del Premio Nobel y es la que recupera ahora Carlos Abella, de la mano de Almuzara, en El verano sangriento de Hemingway. Dominguín y Ordóñez: la última gran rivalidad del toreo vista por un Premio Nobel. Reducir el libro a una crónica taurina sería quedarse muy corto. Su mayor acierto está en reconstruir el ambiente de una época en la que literatura, sociedad, arte y grandes personalidades se cruzaban con naturalidad. Y, sobre todo, en acercarnos a un Hemingway distinto: el Nobel admirado en todo el mundo, pero también un hombre que empezaba a mostrar las grietas de una vida vivida siempre al límite.

Por sus páginas desfilan tres figuras extraordinarias en un momento decisivo de sus vidas. El verdadero protagonista de este relato es el carácter de sus personajes, la tensión entre el éxito y el fracaso, entre la gloria y la caída. Es el retrato de una España que proyectaba al mundo una imagen de magnetismo cultural gracias a nombres capaces de trascender cualquier ámbito.
Más allá de la rivalidad entre Dominguín y Ordóñez o de la fascinación de Hemingway por España, El verano sangriento de Hemingway invita a regresar a un tiempo en el que el talento, el prestigio y el riesgo convivían con una intensidad difícil de imaginar hoy.
Antes de que existieran las celebrities ya había personajes cuya sola presencia era capaz de detener un país entero. Hemingway, Dominguín y Ordóñez fueron tres de ellos. Este libro es una magnífica oportunidad para comprender por qué aquel verano de 1959 sigue despertando la misma fascinación más de medio siglo después.





