Madrid tiene muchas formas de celebrarse. En sus verbenas y en sus silencios, en el clavel rojo prendido a una solapa, en las luces de la Gran Vía al caer la tarde o en el eco castizo de una taberna antigua donde todavía parece escucharse el Madrid de otro tiempo. Pocas ciudades han sabido conservar una identidad tan reconocible mientras avanzaban hacia la modernidad con la misma velocidad con la que cambia el mundo. Y quizá por eso, cada San Isidro, Madrid no solo celebra a su patrón: se celebra también a sí misma, a sus personajes, a sus contradicciones y a esa belleza imperfecta y profundamente humana que la convierte en una de las capitales más literarias y emocionales de Europa.

Entre todas las miradas que han intentado capturar el alma de la ciudad, pocas resultan tan esenciales como la de Alfonso Sánchez García y la saga de fotógrafos Alfonso. Verdaderos artífices de la memoria visual española de la primera mitad del siglo XX, consiguieron retratar no solo la historia oficial, sino también el pulso íntimo de un país entero. Alfonso padre, discípulo de Manuel Compañy y colaborador de los grandes diarios de la época, documentó la guerra de África y las revueltas populares que desembocaron en la proclamación de la República. Más tarde, Alfonso hijo junto a sus hermanos Luis y José continuarían ese legado inmenso, fotografiando la guerra del Rif, la vida cotidiana madrileña, la política, el costumbrismo y la Guerra Civil con una sensibilidad casi cinematográfica. Suyo es el célebre retrato de Abd-el-Krim, pero también algunas de las imágenes más icónicas de la sociedad española del siglo pasado: toreros como Juan Belmonte o Fortuna, intelectuales como Valle-Inclán y Azorín, y las grandes figuras políticas de distintas épocas pasaron frente a su cámara. Incluso tras la represión franquista y el obligado repliegue a su estudio de la Gran Vía madrileña, los Alfonso siguieron retratando el rostro cambiante de España hasta bien entrada la transición democrática.

Este San Isidro, Madrid vuelve a mirarse en esas fotografías en blanco y negro donde aún respira su verdad más auténtica. Porque en las imágenes de Alfonso no solo aparece una ciudad; aparece una manera de vivirla. Un Madrid elegante y popular al mismo tiempo, culto y nocturno, solemne y descarado. El Madrid de las mantillas y los cafés, de los intelectuales y los toreros, de las avenidas recién inauguradas y de los barrios donde la vida sucedía a pie de calle. En tiempos donde todo parece efímero, regresar a la obra de Alfonso es recordar que la fotografía puede convertirse en memoria colectiva y que algunas ciudades, como algunas personas, terminan perteneciendo para siempre a quienes mejor supieron observarlas.

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Foto: Fiesta popular 1932, ©Alfonso

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