Hay casas que no son casas, sino memoria organizada en salones, y hay tardes que no son tardes, sino un leve pliegue del tiempo donde todo vuelve a suceder. Sucede eso cuando uno atraviesa la puerta del Palacii de Liria, en la madrileña calle de la Princesa y junto a plaza de España. Todo muy patrio y real. El pasado martes 28 de abril, el Palacio de Liria se convirtió en eso: un álbum abierto, un susurro largo, una manera de estar con Cayetana eternamente. La presentación de The Duchess Cayetana —ese volumen delicado, casi ceremonial, de la editorial Assouline— no fue un acto social al uso, sino una escena íntima, casi doméstica, como si alguien hubiese encendido la luz de un salón familiar y nos hubiese invitado a sentarnos. Allí estaban Cristina Carrillo de Albornoz, Eugenia Martínez de Irujo y Martine Assouline, con ese acento francés que parece tallar el aire y esa presencia suya —entre tornado y elegancia— que lo ocupa todo sin imponerse. Moderaba Pablo Melendo, con esa serenidad de quien sabe que hay conversaciones que no se conducen, se acompañan. Él conoce bien la casa y eso se nota cuando habla.

Porque la duquesa —y esto conviene decirlo sin miedo a la frase rotunda— se ha elevado a personaje mito de España. Ya trasciende generaciones, clases y casi cualquier espacio temporal. No es una figura: es una atmósfera. Y quizá por eso la velada derivó pronto hacia lo humano, hacia lo pequeño, hacia lo irrepetible. Aquello no era una presentación: era como estar en el salón de una casa con la familia viendo fotos de la duquesa, sus álbumes familiares, sus anécdotas personales, del telegrama al encuentro casual. En la pantalla iban desfilando imágenes —Gyenes, Avedon, recuerdos, caballos, vestidos, gestos— mientras la conversación se volvía confidencia. Y en ese giro, casi imperceptible, sucedió lo que no se programa: el beso de urgencia, espontáneo y sincero de Eugenia a su hermano, el Carlos Fitz-James Stuart. Ahí, en ese instante mínimo, se condensó todo. Fue un acto humano.

El libro —cuidado hasta el extremo, bilingüe, atravesado por documentos inéditos— no es tanto un objeto como una forma de mirar. Cristina Carrillo de Albornoz lo construye desde el archivo, pero también desde la intuición; Eugenia Martínez de Irujo lo atraviesa con memoria viva, con esa pasión que heredó de su madre; y Martine Assouline —siempre con sus gafas inigualables— lo convierte en pieza internacional sin perder el pulso íntimo. Detrás, la figura de Prosper Assouline, sosteniendo esa maquinaria silenciosa que entiende el lujo como cultura y no como ornamento. Se habló de archivos, de historia, de Europa, de Sevilla y de Madrid, de la exposición Cayetana. Grande de España, de ese hilo invisible que une pasado y presente. Pero en realidad se hablaba de otra cosa: de cómo se transmite una vida cuando ya no está, de cómo se escribe el carácter en imágenes.

Y uno, inevitablemente, pensaba en Paco Umbral, que tantas veces pisó esos mismos salones y que escribió de la duquesa y de esas noches donde lo social se volvía literatura. Umbral habría entendido bien este clima: esa mezcla de nobleza, ironía, cultura y carne viva. Como en aquellas cenas donde Cayetana convocaba. Porque al final, como entonces, bastaba un nombre para sostener la noche. Cayetana. Y con ese nombre, Liria dejó de ser palacio para convertirse en casa; la historia, en conversación; y el recuerdo, en algo peligrosamente cercano. Quizá por eso, al salir, uno tenía la sensación de que no había asistido a una presentación, sino a una despedida que no termina nunca. Porque hay vidas —muy pocas— que no se van: se quedan habitando el aire.

Por Bertie Espinosa

Fotos: Juan Rayos. Cortesía Assouline.

Tendencias

Descubre más desde EssenceMAG España

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo