Hay restaurantes donde uno come y restaurantes donde uno se desplaza. Em Sherif Madrid pertenece a la segunda categoría. Sentarse allí es comprobar que la geografía, cuando está bien cocinada, cabe en un plato. Madrid sigue fuera, con su tráfico, su prisa y su gimnasia urbana, pero al cruzar la puerta algo cambia: el ruido se amortigua, el tiempo se afloja y aparece esa sensación rarísima de haber llegado a otro sitio sin necesidad de billete. De repente uno está en Beirut, en una terraza imaginaria del Mediterráneo oriental, en una casa donde se recibe con alegría antigua y modales perfectos. Hay lugares que alimentan y lugares que reconcilian; este hace ambas cosas con una elegancia que no necesita anunciarse.
La cocina de Em Sherif tiene esa virtud de las grandes mesas: parece abundante, pero en realidad es precisa. Llegan los mezzes como una pequeña procesión de delicias —hummus sedoso, ensaladas vivaces, bocados tibios llenos de especia amable, panes que invitan a la conversación— y uno entiende que compartir no es repartir, sino multiplicar. Los sabores están logrados con una naturalidad casi insolente: nada grita, todo persuade. El limón despierta, la hierbabuena ordena, el tahini abraza, las brasas cuentan historias. Después aparecen carnes nobles, pescados afinados, arroces perfumados y postres que parecen escritos con caligrafía de azahar. Comer allí es descubrir que la sofisticación verdadera no complica: aclara.
Entre desfile y desfile de platos aparecen algunos nombres que ya merecen reserva propia: el Fattoush, crujiente y luminoso, con verduras que parecen recién cortadas del sol; el Hummus Caviar, donde la cremosidad ancestral se permite un guiño de alta fiesta; los kibbehs, precisos y fragantes, con esa mezcla de textura y especia que reconcilia al hombre con el mundo; el Kharouf, cordero confitado que se rinde al tenedor con nobleza bíblica; el Shawarma Lahmeh, voluptuoso y afinado; o la lubina Samak Tajin, fresca, perfumada, casi marina en verso libre. Y cuando uno cree haber llegado al final, irrumpen los postres: Knefeh Osmaliyeh, crujiente y melosa; Riz Bi Halib, delicado como una sobremesa feliz; perfumes de azahar, rosas, frutos secos y memorias dulces. Todo junto compone una orgía de sabores y colores que a uno le hacen viajar e ilusionar, como si el paladar también tuviera derecho a soñar.
El ambiente merece capítulo aparte. Hay una belleza serena en el interiorismo, una luz pensada para favorecer tanto al plato como al comensal, una atmósfera de lujo tranquilo que huye del exhibicionismo. Nada sobra y nada falta. Se respira cosmopolitismo sin caricatura, esa mezcla tan difícil entre refinamiento internacional y calor doméstico. El personal, exquisito de verdad —y esto conviene subrayarlo—, practica el arte casi desaparecido de anticiparse sin invadir. Son atentos sin rigidez, cercanos sin exceso, eficientes sin frialdad. En tiempos donde tantos confunden servicio con protocolo mecánico, aquí se recuerda que la hospitalidad es una forma de inteligencia emocional.
Y luego está la ubicación, que es medio argumento. A escasos pasos del Parque del Retiro, en esa noble arteria que es la calle de Alcalá, Em Sherif Madrid se instala como un refugio contemporáneo para el mediodía, la sobremesa larga o la cena que mejora una jornada mediocre. Es el sitio al que uno entra para comer y del que sale ligeramente mejorado. Madrid, ciudad cada vez más brillante y más feroz, agradece lugares así: espacios donde detenerse no parece una pérdida de tiempo sino una conquista. Em Sherif no solo ha abierto un restaurante; ha abierto una pausa.
Dirección: C. Alcalá, 54, Retiro, 28014 Madrid
Más información en: https://linktr.ee/emsherifmadrid
Teléfono: +34 628 72 97 17





