En Madrid hay presentaciones y luego están esas apariciones marianas que alteran la temperatura de una ciudad. La de ayer, en la galería Sabrina Amrani Gallery, pertenecía a la segunda categoría. Una nave blanca, limpia, de esas que convierten cualquier sombra en discurso contemporáneo, acogía las 23 piezas de Redondo Brand Loves Naty, la colección con la que Jorge Redondo rinde tributo a Naty Abascal. Las prendas, expuestas como si fueran reliquias felices de un museo donde por fin se permite sonreír, tenían ese raro equilibrio entre fantasía y posibilidad: vestidos que parecen imposibles y, sin embargo, elevan a cualquier invitada al rango de protagonista. Algo así como moda con verbo y con sujeto. Y con sentido, mucho sentido y significado. Cosas de la semiótica que casi uno olvida en estos tiempos tan rápidos.
Nada más bajar del furgón —uno de esos coches negros blindados de donde parece que va a descender Donald Trump o un ministro del Interior con prisa— apareció Naty. Le dije: “Qué fantasía aquí”. Y ella, sin perder un milímetro de compostura, me respondió: “Qué glamour, que nos hace falta glamour”. Ahí estaba resumida España en siete palabras. En el local contiguo, un taller de mecánicos arreglaba un quad negro, ajenos al trasiego de fashion victims que se congregaban como fieles ante una aparición. Esa simultaneidad tan nuestra: al lado del tafetán, la llave inglesa; junto al cristal bordado, la grasa industrial. Y en medio, Naty, uniendo mundos como quien no quiere la cosa. Porque hay mujeres que llegan a un sitio y ordenan el plano secuencia.

La colección de Jorge Redondo tiene inteligencia porque no intenta disfrazar a Naty de tendencia ni convertirla en souvenir. Lo que hace es leerla. Entender que una figura así no se copia: se interpreta. Por eso los volantes aquí no son folclore sino arquitectura en movimiento; por eso los verdes lima, los rojos insolentes y los estampados florales no resultan estridentes, sino naturales, como si siempre hubieran vivido en ella. Naty, como el palio de la Macarena, desprende un aura, un no sé qué que uno lo sabe todo. Y esa frase, que parece hipérbole, se queda corta al verla avanzar entre flashes y reverencias espontáneas. Hay personas que pisan el suelo y otras que inauguran atmósferas.
La energía de Naty debería de estudiarse. Su vida es digna de libros de varios tomos, de enciclopedias sentimentales, de series caras y de tesis doctorales sobre cómo atravesar décadas sin que la decadencia te roce el hombro. Ha conocido a medio planeta, ha vestido al otro medio y sigue entrando en una sala como si acabara de empezar. Es la musa eterna de la sonrisa de la positividad y de la vitalidad. Mientras tantos confunden juventud con calendario, ella demuestra que la verdadera edad está en la luz que uno proyecta. Y ayer, en esa nave blanca de Madrid, la luz llevaba volantes.

Por Bertie Espinosa
Fotos: Cortesía de Redondo Brand




