Hoy traemos uno de esos sitios con esencia que a uno enloquecen. Malandro pertenece a esa estirpe rara de espacios donde la ciudad se condensa y se vuelve experiencia. Frente a la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, en pleno latido del Arenal, este restaurante ocupa una casa señorial que parece haber sido siempre refugio de conversaciones largas, brindis inesperados y noches que no quieren terminar. Sevilla, aquí, no es decorado: es argumento.
El proyecto articula su propuesta en tres tiempos, como una suerte de partitura gastronómica. En la planta baja, el bar despliega una versión contemporánea de la tradición andaluza: tapas y raciones que dialogan entre la memoria y la intuición, donde conviven la ensaladilla de gambas, las croquetas de rabo de toro o el salmorejo con guiños más audaces en forma de brioches tostados o combinaciones inesperadas. Todo sucede con naturalidad, entre vinos bien elegidos y una coctelería pensada para el aperitivo, donde el amargo elegante de un Negroni marca el ritmo de la tarde.

En la primera planta, el asador introduce un cambio de tono: aquí manda el fuego. La parrilla se convierte en lenguaje y en gesto, elevando carnes seleccionadas —desde cortes nacionales hasta piezas argentinas— y pescados de mercado a una categoría casi ritual. El espacio, dividido entre interior y terraza con vistas privilegiadas a la Maestranza, permite que la experiencia oscile entre lo íntimo y lo escénico. La cocina es directa, precisa, sin artificios innecesarios: producto, brasa y tiempo. Una declaración de principios que se extiende también a una bodega sólida, donde conviven referencias nacionales con grandes nombres internacionales y una especial atención a los vinos generosos.
Y luego está la azotea. Siempre hay una azotea en Sevilla donde todo sucede —o todo empieza—, y Malandro ha sabido construir la suya como un pequeño manifiesto del placer contemporáneo. Con vistas abiertas, atmósfera vibrante y una coctelería que invita a prolongar la noche, este espacio recoge el espíritu más hedonista del proyecto: ese que entiende la gastronomía no solo como acto, sino como escenario. Aquí, la ciudad se vuelve más lenta, más cálida, más infinita.
El interiorismo, firmado por el estudio de Pablo Roig, respira ese equilibrio tan difícil entre respeto y modernidad. Materiales nobles, una paleta sobria y una iluminación medida dibujan un espacio elegante sin estridencias, donde la tradición sevillana se insinúa sin caer en lo evidente. La intervención del artista Jaime Abaurre introduce un contrapunto contemporáneo, casi irreverente, que atraviesa las tres plantas con piezas que aportan color, carácter y una identidad visual propia. El resultado es un lugar coherente, sofisticado y profundamente local, donde cada detalle —desde la textura de una pared hasta el reflejo de una copa— parece pensado para acompañar el arte de vivir.
Malandro no es solo un restaurante. Es una forma de estar en Sevilla. Una manera de entender que el verdadero lujo, quizá, siga siendo detener el tiempo alrededor de una mesa.
El pescaito en Malandro

El menú de pescaito de Malandro es, en esencia, una declaración de intenciones: un guiño a la Sevilla más festiva, a esa liturgia del tapeo que se vuelve casi ceremonial cuando llega la primavera. Sobre la mesa, una sucesión de clásicos que no necesitan artificio —jamón ibérico de bellota, croquetas cremosas, chocos fritos, adobo— conviven con bocados de mar como la ensaladilla de gambas o los taquitos de merluza de pincho, componiendo un recorrido que sabe a albero, a noche larga y a copa que nunca se queda vacía. Todo ello acompañado por una selección líquida donde el fino, los vinos y el guiño refrescante del Croft Twist terminan de dibujar la escena.
Este menú no aparece por casualidad, sino como una evolución natural de Malandro, que en poco más de un año se ha consolidado como uno de los grandes puntos de encuentro del nuevo mapa sevillano. Con más de 54.000 comensales y una identidad cada vez más afinada, el espacio refuerza su propuesta gastronómica sin perder su esencia: una cocina que celebra el producto, el ambiente y el ritmo del sur. Desde su barra —donde conviven ostras al natural con iconos de la casa como el pepito de solomillo o los huevos fritos con gambones— hasta este menú especial, Malandro confirma que Sevilla no solo se vive: se saborea.





