Hay casas que parecen diseñadas para ser fotografiadas y otras que, aun siendo bellas, parecen pedir que uno se quede. Fabiana Moure pertenece a esta segunda categoría. Formada entre distintas ciudades y culturas y dedicada profesionalmente al interiorismo de lujo desde un estudio boutique en California, ha convertido su pequeño piso de Madrid en un laboratorio personal donde experimentar, restaurar, construir y, sobre todo, aprender a mirar. Una vitrina antigua recuperada, una chimenea levantada desde cero o un cabecero tapizado con sus propias manos son mucho más que ejercicios decorativos: son la demostración de que la personalidad de una casa no se compra. Se construye con criterio, memoria, paciencia y objetos que tienen algo que contar.

Si tuvieras que explicar tu manera de entender la decoración a alguien que nunca ha visto tu trabajo, ¿qué le dirías?

Que hay dos cosas. Trabajo en un estudio boutique de interiorismo en California con proyectos de lujo, espacios amplios y materiales nobles. Ese es mi oficio.

Y luego está mi piso en Madrid, que es mi proyecto personal. Un piso pequeño donde llevo lo que aprendo en el estudio a otro presupuesto, haciendo las cosas yo misma. Lo documento en Instagram como un diario: restauro muebles, pinto, hago montajes de mesas.

La idea que atraviesa las dos cosas es la misma: el buen diseño es cuestión de criterio, no de presupuesto.

¿En qué momento descubriste que crear espacios era tu forma de expresión? ¿Hubo algún proyecto que marcara un antes y un después?

Estudié comunicación y relaciones públicas y trabajé en el mundo corporativo hasta que entendí que no era mi pasión. Entré en un estudio boutique de interiorismo en San Francisco y ahí aprendí el oficio de verdad.

El antes y después en mi casa fue la vitrina del salón. La compré antigua por 85 euros, la decapé, la lijé y la enceré yo misma. Cuando la vi terminada supe que podía hacerlo sola, y mi piso pasó a ser mi proyecto personal. Todo lo que vino después salió de ahí.

Cuando entras por primera vez en un espacio que vas a transformar, ¿qué es lo primero que miras o percibes?

La calidad de los materiales y los acabados. Aprendí a mirar primero de qué está hecho un espacio y cómo está resuelto.

Y la iluminación, que para mí es un dealbreaker absoluto. Un espacio con materiales impecables y mala luz no funciona.

¿Qué tiene que ocurrir para que un espacio deje de ser simplemente bonito y empiece a tener alma?

Que haya cosas que no se puedan comprar hoy en cualquier sitio. Objetos heredados, piezas de segunda mano, algo que traes de otra ciudad. Y cosas hechas por ti, en mis paredes hay cuadros que pinté yo.

Colecciono piezas para montar mesas como platería heredada, cristalería, vajilla, y esos montajes cambian con la estación o con quien viene a cenar. Una casa con alma es una casa que se mueve.

¿De dónde nace tu inspiración? Arquitectura, arte, viajes, moda, cine, naturaleza, personas, memoria…?

De haber vivido en muchos sitios. Nací en Caracas y he vivido en Quito, Ciudad de Guatemala y Madrid. Eso me dio una percepción más amplia de los espacios y me enseñó que el diseño no tiene reglas estrictas: lo que en una ciudad se da por hecho, en otra no existe. Al final todo se reduce a criterio.

Y tengo referentes claros: en diseño Josh Young es el principal. Su casa transmite una calma y una calidez que llevo años intentando conseguir en la mía. Admiro también a figuras como Martha Stewart o Ina Garten, porque entienden la casa como un todo: la mesa, la comida, el recibir, y no solo como decoración.

Y en cine, Nancy Meyers. Sus interiores son un referente enorme para mí. Son casas que se ven perfectas pero en las que quisieras vivir, con buena luz, cocinas donde apetece estar y una sensación de espacio vivido. Es exactamente el equilibrio que busco en mi espacio.

¿Cómo encuentras el equilibrio entre las tendencias y esa sensación de atemporalidad que hace que un interior siga funcionando dentro de diez o veinte años?

Comprando poco y comprando bien. Las tendencias envejecen; la piedra natural, el lino y la madera no. Si la base son materiales nobles y proporciones correctas, el espacio aguanta décadas.

Lo que cambia son las capas de arriba como los textiles, las flores, la mesa puesta, y esas tienen que ser fáciles de cambiar.

¿Qué importancia tienen para ti los materiales, las texturas y la artesanía a la hora de construir un espacio?

Son la estructura de todo. Y desde que hago las cosas con mis manos entiendo los materiales de otra forma: lijar una madera te enseña cómo es esa madera, tapizar un cabecero te enseña cómo se comporta un tejido. Eso no se aprende mirando muestras.

¿Existe algún material, color, objeto o elemento que aparezca recurrentemente en tus proyectos porque tenga un significado especial para ti?

Blanco roto, lino, madera, mármol, travertino. Nada saturado.

Flores secas siempre: me parecen el elemento más versátil que existe. Visten una casa durante meses.

Y la platería. Colecciono piezas para montar mesas y buena parte es plata fina heredada de mi familia. Los montajes de mesa son probablemente lo que más disfruto: es la parte más efímera de una casa y la que más dice de quien la habita.

¿Cuánto hay de ti en un proyecto y cuánto debe pertenecer a la persona que va a habitarlo?

En el estudio, la casa es del cliente. Yo aporto criterio y oficio, pero el espacio tiene que parecerse a quien vive allí, no a mí.

Mi piso es lo contrario: es entero mío, y por eso es donde experimento. Ahí puedo obsesionarme con construir cosas, mezclar estilos, y aprender constantemente.

¿Qué buscas provocar en alguien cuando entra por primera vez en uno de tus espacios?

Calma. Que le apetezca quedarse. Una sensación de hotel boutique pero sin la sensación de estar de paso.

Vivimos rodeados de imágenes de interiores perfectos. ¿Cómo se consigue crear espacios que, además de ser visualmente poderosos, resulten verdaderamente habitables?

Aceptando que una casa se usa. Mi salón sale bien en foto, pero también es donde vivo todos los días. Lo que hace habitable un espacio son cosas poco fotogénicas: que la luz sea cálida y regulable, que haya dónde apoyar un vaso, que los tejidos se puedan lavar.

Un interior que solo funciona en fotos no es un interior, es un decorado.

¿Hay algún proyecto que recuerdes de una manera especialmente emocional? ¿Qué ocurrió allí para que lo sientas diferente a los demás?

La chimenea. Estaba obsesionada con tener una en el salón, quería esa sensación de calma y refugio que me transmite la casa de Josh Young, y en un piso de alquiler en Madrid es muy difícil lograrlo. Así que la construí: partí de una estructura básica de MDF, le añadí molduras y tableros, y la pinté.

¿Qué errores o aprendizajes de tus primeros años como diseñadora han terminado siendo fundamentales para tu manera de trabajar hoy?

Comprar por comprar y seguir tendencias a ciegas. Acabé con una casa llena de objetos que no me representaban en absoluto. Aprendí que si algo no te gusta de verdad, ninguna tendencia lo va a arreglar.

¿Cómo te gustaría que evolucionara tu trabajo en los próximos años? ¿Hay algún territorio creativo que todavía tengas pendiente de explorar?

Hacer crecer lo que cuento en @fabimourec, pero llevándolo un paso más allá. Ahora mismo documento mis proyectos; lo que me interesa de verdad es enseñar a la gente a entrenar el ojo. Que aprendan a mirar un espacio y entender por qué algo funciona o no, a reconocer un material bueno, a confiar en su propio criterio en lugar de copiar una foto. Ahí está la diferencia entre tener una casa que se ve bien y tener una casa que se siente propia.

Creo que mucha gente da por hecho que eso es un talento con el que naces o algo que se compra. Y no: es un ojo que se entrena. Ese es el territorio que quiero explorar.

Y para terminar: si tu forma de entender la decoración tuviera que convertirse en una habitación, ¿cómo sería? ¿Qué luz tendría, qué materiales encontraríamos y qué objeto no podría faltar?

Luz cálida y baja, de varios puntos, nunca una lámpara de techo encendida sola. Blanco roto en las paredes, mucho lino, madera con la veta a la vista, algo de piedra. Una chimenea, evidentemente. Y un cuadro pintado por mí.

En el centro, una mesa puesta. Y no podría faltar la platería heredada, es lo único de esa habitación que no se puede comprar.

Quizá el verdadero lujo de una casa no esté en aquello que cuesta más, sino en aquello que no puede repetirse. Una vitrina que alguien restauró con sus propias manos, una pieza de plata heredada, un cuadro pintado en una tarde, una mesa preparada para quienes están a punto de llegar. Fabiana Moure entiende la decoración desde ese lugar donde el interiorismo deja de ser una cuestión de tendencias para convertirse en una forma de mirar y, en último término, de vivir. Su casa no busca parecer perfecta: busca sentirse propia. Y en ese matiz, aparentemente pequeño, reside toda una declaración de principios.

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