Hay días en la vida de un torero que quedan inscritos para siempre en la memoria de una ciudad. La alternativa de Javier Zulueta en Sevilla fue uno de ellos. Un rito de paso cargado de simbolismo que el fotógrafo Alexandre Carvalho —Ale— ha convertido ahora en “Zulueta Hijo de Sevilla”. Un cortometraje documental de 17 minutos que trasciende la mera crónica taurina para adentrarse en una dimensión más íntima y espiritual del toreo.
Conocido por una mirada muy personal dentro de la fotografía taurina contemporánea, Carvalho ha construido en pocos años un lenguaje visual propio. Su trabajo se caracteriza por la búsqueda deliberada de lo esencial: la pausa, el silencio, la espera y la emoción que habita en los márgenes del rito. Fiel a la fotografía analógica y a los procesos lentos, su forma de mirar se aleja de la inmediatez para situarse en un territorio más cercano al arte que al registro informativo. En sus imágenes no solo aparece el toro o el torero, sino también la atmósfera que los rodea: el misterio, la tensión y la dimensión casi simbólica de lo que sucede alrededor del ruedo.
Ese mismo espíritu atraviesa ahora su primer cortometraje taurino, una pieza que mezcla la intimidad del día de la alternativa con la presencia casi mística de la ciudad de Sevilla. En el documental, la ciudad no es solo un escenario, sino una presencia viva, una especie de aura que envuelve al torero en el momento en que deja de ser novillero para convertirse en matador.
El filme se presentará el martes 17 de marzo a las 19:00 horas en la Real Fábrica de Artillería de Sevilla, y supone también un nuevo paso en la trayectoria de Carvalho, que amplía su lenguaje visual hacia el cine sin abandonar la sensibilidad que define su fotografía. Conversamos con él sobre el origen del proyecto, su relación con el mundo del toro, la fuerza de la imagen en el universo taurino y la búsqueda constante de una mirada propia capaz de emocionar más allá de la técnica.
PREGUNTA: Este documental nace alrededor del día de la alternativa de Javier Zulueta, pero va mucho más allá del rito taurino. ¿En qué momento sentiste que no estabas haciendo solo un documento, sino una pieza casi espiritual sobre Sevilla y su aura?
RESPUESTA: Me muevo y lucho por ver ese “más allá” en todo lo que hago. La tauromaquia es un rito simultáneamente popular y sagrado, pero es esa dimensión espiritual la que hace de este arte algo profundamente subjetivo, íntimo e incluso inexplicable. Si no fuera así, se reduciría a la técnica, a la ejecución; pero el toreo se cuestiona interminablemente, como cualquier arte. Hablando de cuestión, este cortometraje es una cuestión, una pregunta en sí misma, pero en forma de símbolos y de valores.
P: La ciudad aparece como una presencia viva, casi como una bendición silenciosa. ¿Qué tiene Sevilla —para ti— que no tiene ninguna otra plaza ni ningún otro lugar?
R: Destaco naturalmente el silencio, pero sobre todo una ilusión y expectativa por parte del público por ver lo estético y lo bello. Eso condiciona, idílicamente, cualquier tarde que se viva en la Maestranza. Después está la ciudad, está Sevilla. No me pidas que describa Sevilla con palabras; Sevilla se ve, se contempla y se vive.
P: Tu mirada siempre ha estado muy vinculada a lo analógico, al tiempo lento y a la espera. ¿Qué te da la fotografía analógica que no te da lo digital, especialmente en el mundo del toro?
R: El otro día estaba en una comida con un galerista/coleccionista de arte y un ganadero y les comentaba que fotografiar en analógico es mi pasión. Dijo el ganadero: “Analógico, qué interesante, estás regresando al pasado”. Respondió el galerista: “No, está caminando hacia el futuro”.
Elegir el tipo de película que vas a utilizar (los carretes), la propia cámara ya tiene una historia. Piensas mucho más la imagen que estás haciendo. De cualquier forma, más que el formato, y cada vez más, lo que me mueve son las historias. Pero una buena historia captada en analógico conlleva un nivel de emoción y de intención que mucho más fácilmente perdurará en el tiempo.
P: ¿Recuerdas tu primer acercamiento a la fotografía taurina? ¿Fue una fascinación estética, cultural o algo más visceral?
R: La primera corrida que fotografié fue en Málaga, en 2021. Llegué a este mundo prácticamente ayer. Fotografié esa corrida y me encantó el resultado; desde entonces no he parado. Esa fascinación estética que naturalmente tengo por los toros ya la tengo casi profundizada hasta el límite. Mi desafío es absorber cultura e inspiración fuera de este mundo y enriquecerme como artista.
“No había inocencia, sino la certeza de que el toro es el propósito de existir de aquel hombre que estaba a punto de convertirse en matador”.
P: En tus imágenes hay mucha verdad, pero también mucha intimidad. ¿Cómo se gana la confianza de un torero y de su entorno en momentos tan decisivos?
R: Tuve ese privilegio desde temprano. Sobre esa cuestión del acceso no pienso mucho, solo tengo que aportar artísticamente todo lo que tenga para dar. La persona, la figura de un torero es un ideal en sí mismo, una representación real de varios valores y creencias inalcanzables para la mayoría de los seres humanos. La gran mayoría de los toreros viven una trayectoria y un día a día envueltos en misterio. Yo nunca he buscado romper ese misterio en ningún trabajo, al contrario, he intentado mitificar la trascendencia de esa condición autoimpuesta a la que algunos hombres se someten: ser torero.
P: Javier Zulueta aparece retratado desde un lugar muy humano, muy desnudo. ¿Qué fue lo que más te sorprendió de él durante este proceso?
R: Cuando salí de la habitación del hotel ese día de su alternativa recuerdo que tenía el corazón latiendo a mil. Humano y desnudo son, sí, palabras que describen lo que aquel torero era aquel día. Se vestía de luces y parecía que allí no había nada más que un infinito compromiso con lo que era un sueño de vida. No había inocencia, sino la certeza de que el toro es el propósito de existir de aquel hombre que estaba a punto de convertirse en matador. En todo el proceso disfruté, viví. De la intimidad. De la verdad. De las formas sevillanas que Zulueta tiene intrínsecas en sí mismo. De cómo el público lo vio, lo sintió. Del cielo de Sevilla. Y, sobre todo, del regreso al hotel, no de un novillero, sino de un matador de toros. Después de aquel día tan central en su vida, después de torear aquella tarde, en la habitación estábamos Javier, el mozo de espadas y yo: la poesía de esas imágenes es uno de los fragmentos que más me cautivan del cortometraje. Ese momento fue efectivamente un privilegio vivirlo de cerca y agradezco mucho a Javier Zulueta la confianza para este documental.

P: El documental dura 17 minutos, pero da la sensación de condensar meses —o años— de emoción. ¿Cómo fue el proceso de edición y qué decidiste dejar fuera?
R: Editar es algo que odio hacer, pero por cuestiones artísticas y de visión me niego a delegarlo, tengo que ser yo quien lo haga. En este caso todo fue muy orgánico, muy lógico. El padre del torero tenía mucho que aportar al inicio de la película. Como si algo estuviera por venir: un niño que hoy es hombre y, incuestionablemente, hijo de una ciudad que es solo y nada más que… Sevilla. En parte esta era la idea del documental desde el principio, lo que facilitó mucho el proceso de montaje porque la idea estaba clara. Al final rematamos con Javier mirando la Giralda, como a la Sevilla que lo vio nacer, pero sobre todo con unas palabras y una mirada contemplativa que dictan que ahora viene un futuro.
P: ¿Sientes que este trabajo marca un punto de inflexión en tu trayectoria? ¿Un antes y un después?
R: Es mi primer cortometraje taurino. Estoy contento y realizado. Pero soy un inconformista por naturaleza… Tengo muchos proyectos nuevos en marcha y otros siendo idealizados, ya estoy enfocado en el día de mañana.
P: Has trabajado en fotografía, ahora das un paso firme hacia el lenguaje audiovisual. ¿Qué te permite el cine que no te permitía la imagen fija?
R: Profundizar en la capacidad de contar una historia. Captar y encuadrar un momento en fotografía tiene una belleza inestimable, pero soñar con hacer cine, con todo lo que eso implica… los sonidos, el movimiento, la intención, la manipulación creativa y, lo más importante, una vez más, contar una historia.
P: En un mundo cada vez más rápido y más superficial, ¿cómo ves el futuro de la imagen en el universo taurino?
R: No tengo ni me corresponde hacer consideraciones tan amplias en ese aspecto. Tengo esperanza y creo que hay futuro. Creo que los trabajos de imagen bien hechos perduran y se valen por sí mismos. No hablo desde una perspectiva artística, sino ahora desde una dimensión comercial: uno de mis clientes, que gestiona varias plazas de toros, apuesta por mi trabajo con fuertes campañas de vídeo desde hace tres años. Él mismo percibió el potencial de esta inversión a medio/largo plazo: creación de marca, identidad visual y notoriedad. Creas un aura alrededor de esa plaza independientemente del producto (el cartel), ¿y qué te permite eso? Una subida gradual de precios completamente aceptada por el público (porque confía y está dentro de tu marca).
P: ¿Crees que el toreo está sabiendo comunicarse bien con las nuevas generaciones o sigue arrastrando códigos del pasado?
R: Los códigos del pasado me gustan. El pasado está lleno de gestos e innovaciones revolucionarias, incluso en el toreo, como en la fotografía, en el cine, y en el arte en general. Casi todos mis referentes son del pasado y fueron verdaderos genios creativos. Sobre la comunicación taurina, creo que los clientes están dándose cuenta, poco a poco, de que para tener éxito hay que comunicar bien sí o sí.
P: ¿Cuáles han sido tus trabajos más importantes hasta ahora y cuál sientes que aún está por llegar?
R: Incuestionablemente, el trabajo más importante de mi vida está por llegar.
“Lo que de verdad me asusta es generar indiferencia, “normalizar” aquello que filmo”.
P: Hablemos sin filtros: ¿cuáles han sido tus mayores frustraciones dentro de este camino creativo?
R: No tengo autoridad para hablar sin filtros. Frustración y camino son dos palabras que están inevitablemente ligadas. Estoy llegando a un lugar de mucha libertad creativa y de muchos proyectos que me desafían. Por eso estoy agradecido a todos mis clientes.
P: ¿Qué ideales no estás dispuesto a traicionar, aunque eso suponga ir más despacio o renunciar a ciertos encargos?
R: Hacerlo diferente, con identidad y con profundidad. Y lo más importante: con sentimiento. Cada vez tengo más el privilegio de poder elegir los trabajos que hago y buscar un sentido artístico y autoral en esos proyectos. Crear es lo que de verdad me mueve. Y repito: hacerlo diferente, con una filosofía a veces desconcertante detrás. Lo que de verdad me asusta es generar indiferencia, “normalizar” aquello que filmo. Hay quien lo adora y, afortunadamente, hay quien lo detesta. El día en que mi trabajo no sea odiado será señal de que no lo estoy haciendo bien.
P: Y para terminar: ¿adónde quieres llegar realmente? No como fotógrafo o director, sino como autor con una mirada propia.
R: Cuando me dicen que les gusta mucho un determinado proyecto que hice no me provoca nada; lo que sí me gusta es que me digan que sintieron algo. Podría responderte con objetivos o metas astronómicas, cosas como los mayores premios y reconocimientos. Pero no es eso lo que busco. Para serte sincero, busco disfrutar del proceso. Quiero imaginar y desarrollar proyectos con los que me identifique de verdad y poder disfrutar de formar parte de esos momentos y de esas creaciones. Aprovechar la vida. Sentirme artista, aunque mi único fan sea yo mismo.
Fotos de Diego Carvalho y Gonzalo Capote.




