En el latido siempre eléctrico de ARCOmadrid, entre galerías que murmuran nombres propios y coleccionistas que afinan la mirada, se ha colado este año una promesa con acento del norte. En el Pabellón 9 de IFEMA, la Fundación Banco Santander presenta Faro Santander: un proyecto que no se limita a abrir un espacio cultural, sino que pretende reescribir la relación entre patrimonio, arte y ciudad.

La futura sede ocupará el histórico Edificio Pereda, uno de los inmuebles más reconocibles de Santander, transformado ahora en un centro cultural de 10.000 metros cuadrados donde convivirán exposiciones, auditorio, terrazas y restaurante. La rehabilitación lleva la firma de David Chipperfield y su estudio David Chipperfield Architects, responsables de una intervención que respeta la piel clásica del edificio y la atraviesa con un gesto contemporáneo: el arco histórico convertido en columna vertebral de la circulación pública.

En ARCO puede verse la maqueta del proyecto y las fotografías del proceso firmadas por Juan Baraja, un diálogo entre lo que fue y lo que está a punto de ser. Faro Santander se desplegará en diez niveles, con cinco plantas expositivas y un programa que alternará colección permanente y grandes temporales. La Colección Banco Santander —más de 160 años de pintura, escultura y artes decorativas— ocupará una planta completa, mientras que otra se dedicará a muestras de vocación internacional, comenzando por la Colección Gelman Santander, uno de los conjuntos más relevantes del arte moderno mexicano.

Entre ambas, un espacio concebido para la experimentación —pensado para la infancia, pero no solo— subraya una idea clara: el arte como experiencia compartida, no como territorio solemne. Habrá también tecnología aplicada a la memoria y la creación contemporánea, y un lugar reservado para artistas de Cantabria, conectando el proyecto con el tejido cultural local.

La presentación en ARCO no es un gesto protocolario, sino una declaración de intenciones. Faro Santander nace con la ambición de convertirse en un nuevo faro —literal y simbólico— para la ciudad y para el norte, un espacio donde el pasado no se conserva como reliquia, sino que se activa como conversación. Y eso, en tiempos de ruido, ya es una toma de posición.

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