Fundado en Madrid en 2021, Hanghar nace como una práctica arquitectónica que entiende el proyecto no como un gesto, sino como un sistema de pensamiento. Al frente, Eduardo propone una arquitectura que trabaja con lo que ya existe: edificios ordinarios, materiales comunes, soluciones conocidas. Pero lejos de conformarse con lo dado, el estudio se dedica a reinterpretar, reorganizar y transformar esos elementos desde la lógica, la claridad y el uso consciente de los recursos.
En Hanghar no hay una capa estética añadida ni una búsqueda formal gratuita. La arquitectura aparece como consecuencia directa del proceso: de cómo se ordena el espacio, de cómo se construye, de cómo se usa y de cómo puede adaptarse al paso del tiempo. Su identidad —nítida, legible, honesta— no es un objetivo previo, sino el resultado natural de una forma de trabajar basada en reglas claras, decisiones coherentes y una profunda atención al contexto y a quienes habitan los espacios.
La sostenibilidad, en este sentido, no se plantea como un eslogan técnico, sino como una actitud conceptual: transformar antes que sustituir, construir para durar, permitir que la arquitectura cambie sin perder sentido. Hanghar representa una generación que ha entendido que lo ordinario puede ser profundamente significativo cuando se mira con inteligencia, rigor y respeto por la vida cotidiana.

¿Cómo nace Hanghar y qué idea fundacional hay detrás del estudio?
Hanghar nace en 2021 en Madrid con la idea de usar la arquitectura como una forma de pensar y transformar los espacios que ya existen. Nos interesa trabajar con lo que tenemos —materiales comunes, edificios existentes, soluciones conocidas— y darles un nuevo uso o una nueva manera de entenderlos.
¿Qué define vuestra manera de entender la arquitectura hoy?
Buscamos una arquitectura clara y sencilla, que funcione bien y tenga una lógica interna. Preferimos trabajar con reglas simples y decisiones coherentes antes que con gestos formales complicados. Nos interesa que los espacios sean útiles, legibles y capaces de adaptarse a diferentes formas de vivir y usar.
¿Cómo dialogan en vuestros proyectos la función, la estética y el contexto?
Todo forma parte de la misma idea. La función surge de cómo organizamos el espacio; el contexto influye en cómo intervenimos sobre lo existente; y la estética aparece como resultado de los materiales y del sistema constructivo. No añadimos una “capa de imagen”: intentamos que la forma venga de cómo el proyecto está pensado y construido.
Vuestro trabajo transmite una identidad muy clara. ¿Es algo buscado o algo que ha ido apareciendo de forma natural?
No partimos de un estilo cerrado. La identidad del estudio ha ido apareciendo con el tiempo a partir de una forma de trabajar que repetimos: usar pocos recursos, mostrar cómo están hechos los espacios y tomar decisiones sencillas pero claras. Esa coherencia ha ido creando una identidad propia sin forzarla.
¿Qué importancia tiene el proceso frente al resultado final?
El proceso es tan importante como el resultado. Cada decisión del proyecto tiene una razón —ya sea espacial, constructiva o funcional— y todo debe encajar dentro de un mismo sistema. El resultado final no es un gesto aislado, sino la consecuencia lógica de ese camino.
¿Cómo es vuestra relación con los clientes y qué papel juega la escucha en vuestro método de trabajo?
La relación con los clientes se basa en el diálogo. Escuchamos cómo viven, qué necesitan y qué les preocupa. A partir de ahí buscamos oportunidades que a veces no estaban en el encargo inicial y que ayudan a que el proyecto tenga sentido para quienes lo van a usar.
¿Hay materiales, escalas o tipologías con las que os sintáis especialmente cómodos?
Nos gustan los materiales sencillos y directos, que muestran cómo están hechos los espacios y cómo se montan: elementos industriales, superficies repetitivas, sistemas que trabajan por orden y acumulación. Nos sentimos cómodos en escalas donde la arquitectura tiene un impacto claro en la vida diaria.
¿Qué proyecto definiríais como un punto de inflexión dentro del estudio?
Más que un proyecto concreto, el punto de inflexión fue consolidar una forma de trabajar basada en reglas claras, espacios legibles y una relación directa entre lo material y lo arquitectónico. A partir de ahí, el estudio ganó coherencia y seguridad en su manera de proyectar.
¿Cómo afrontáis la sostenibilidad, no solo desde lo técnico sino también desde lo conceptual?
Para nosotros la sostenibilidad significa hacer espacios que duren, que puedan seguir funcionando durante años y adaptarse a cambios sin grandes intervenciones. Preferimos transformar lo existente antes que sustituirlo, y usamos materiales y soluciones que tengan sentido a largo plazo.
¿Qué referencias —arquitectónicas o no— influyen actualmente en vuestro trabajo?
Nos inspiran tanto otras arquitecturas como el arte, la cultura material y la manera en que las personas usan los espacios en su día a día. Observamos cómo se habitan los lugares cotidianos y cómo cambian con el tiempo, y eso alimenta nuestra manera de proyectar.
¿En qué momento creativo se encuentra Hanghar ahora mismo?
Estamos en un momento de consolidación y crecimiento. Seguimos profundizando en nuestra manera de trabajar —clara, directa y sistemática— mientras exploramos nuevas escalas y programas que nos permiten aplicar estas ideas en contextos diferentes.
¿Qué os gustaría que se reconociera de vuestra arquitectura dentro de unos años?
Nos gustaría que se reconociera como una arquitectura clara, honesta y útil; capaz de trabajar con lo ordinario y convertirlo en algo significativo, duradero y bien construido.
Descubre más proyectos del estudio en: https://hanghar.com/
Foto: Luis Díaz




