MARMOLBRAVO pertenece a esa estirpe de arquitectura silenciosa y firme que se construye desde la responsabilidad, la precisión y el tiempo. Al frente del estudio, Mauro Bravo entiende la arquitectura como una herramienta que moldea la vida cotidiana, una disciplina donde el gesto superfluo cede terreno a la atmósfera, al uso y a la relación honesta con la ciudad. Desde la vivienda colectiva hasta los espacios intermedios que articulan lo doméstico y lo urbano, su trabajo rehúye lo inmediato para apostar por procesos largos, dialogados y profundamente éticos.


En un momento de urgencias habitacionales, climáticas y sociales, MARMOLBRAVO reivindica el concurso público como espacio cultural, la colaboración como método y la renuncia como forma de rigor. En esta conversación con ESSENCEmag, Mauro Bravo reflexiona sobre vocación, docencia, tiempo, ciudad y aprendizaje, trazando un mapa de una arquitectura que no busca protagonismo, pero deja huella.

¿La arquitectura es una vocación?
La arquitectura fue apareciendo a través de un camino formativo que fue afinando intereses y sensibilidades, hasta que la disciplina se volvió inevitable. Surge de una sensibilidad hacia cómo se habita, cómo se construyen las atmósferas y cómo los lugares influyen en la vida cotidiana. Con el tiempo, esa sensibilidad se convierte en una herramienta concreta para mejorar la calidad de vida de las personas.

Sois dos personas, dos trayectorias y dos miradas. ¿Cómo se construye una voz común sin perder la fricción que hace avanzar los proyectos?
Nuestra forma de trabajar se basa en el diálogo continuo. No entendemos el proyecto como la suma de dos opiniones, sino como un proceso de ida y vuelta donde las ideas se cuestionan, se ajustan y evolucionan. La fricción es necesaria: obliga a argumentar, a afinar y a evitar soluciones automáticas. En ese proceso, cada uno asume el rol en el que puede aportar más en cada momento del proyecto, y la voz común aparece como consecuencia natural de ese equilibrio.

Gran parte de vuestra obra gira en torno a la vivienda colectiva. ¿Qué responsabilidad ética sentís cuando proyectáis espacios que van a ser hogar para cientos de personas?
La vivienda colectiva implica una responsabilidad ética enorme, porque afecta directamente a la vida cotidiana de muchas personas durante largos periodos de tiempo. No diseñamos solo edificios para quienes los habitan, sino también espacios que dialogan con la ciudad y con quienes los recorren, los observan o los usan indirectamente. La vivienda colectiva construye ciudad, y cada decisión —desde un espacio común hasta la relación con la calle— tiene consecuencias reales sobre la convivencia, el bienestar y la calidad del entorno urbano.

Habéis trabajado con la escala doméstica, con la ciudad y con el territorio. ¿Dónde os sentís más vulnerables como arquitectos?
No nos sentimos especialmente vulnerables, pero sí muy responsables cuando trabajamos en los espacios comunes e intermedios, aquellos donde lo doméstico y lo urbano se encuentran. Son ámbitos fuertemente condicionados por la normativa y, en muchos casos, empujados hacia soluciones pobres o meramente funcionales. Precisamente por eso creemos que ahí la arquitectura debe dar lo mejor de sí: en los recorridos, los espacios compartidos y los lugares de transición donde pequeñas decisiones pueden mejorar de forma decisiva la experiencia cotidiana y la relación con la ciudad.

Vuestra arquitectura parece huir del gesto gratuito. ¿Qué lugar ocupa hoy el silencio, la contención o la renuncia dentro del proyecto?
La contención y la renuncia forman parte activa del proyecto. Renunciar a gestos innecesarios nos permite concentrarnos en lo esencial y responder de manera precisa a cada contexto. No nos interesa una arquitectura comercial ni repetible: cada proyecto nace de condiciones específicas, de un lugar concreto, y por eso no hay dos fachadas ni dos respuestas volumétricas iguales. La arquitectura, para nosotros, debe resolver problemas reales y materializarse de forma coherente con esas circunstancias, sin imponerse y sin buscar protagonismo gratuito.

La docencia, la investigación y la práctica profesional conviven en vuestras trayectorias. ¿Qué os ha enseñado enseñar?
La docencia nos ha enseñado a explicar lo que hacemos y por qué lo hacemos, a ordenar el pensamiento y a cuestionar automatismos. Durante mucho tiempo nos apartamos de ella para concentrarnos en el estudio y en los proyectos, pero ahora, con una trayectoria más consolidada, nos planteamos volver a la docencia como un espacio de reflexión y de intercambio que pueda enriquecer nuestra práctica.

Muchos de vuestros proyectos nacen del concurso público. ¿Creéis que todavía es un espacio real para la experimentación y la calidad arquitectónica?
El concurso público ha sido fundamental en nuestra trayectoria y sigue siendo una herramienta clave para garantizar calidad e innovación. Nos preocupa especialmente la situación actual, en la que la urgencia por construir vivienda para responder al problema habitacional está llevando a muchas administraciones a promover concursos dirigidos a promotoras y constructoras, donde la calidad arquitectónica no puntúa. Creemos que la única forma de evitar que las ciudades se construyan desde la prisa y la homogeneidad es mantener el concurso de ideas con jurado, como espacio donde la arquitectura pueda ser evaluada desde criterios culturales, urbanos y sociales.

Habéis colaborado con perfiles muy diversos: ingenieros, lingüistas, sociólogos, artistas. ¿Qué le puede aportar lo no arquitectónico a un edificio?
La arquitectura es necesariamente un trabajo colectivo. Las colaboraciones aportan conocimientos que no forman parte de nuestra formación estricta y enriquecen el proyecto desde el inicio. El diálogo con ingenieros, especialistas en sostenibilidad, industriales o con la propia gente de obra permite tomar decisiones más conscientes y construir proyectos más completos, precisos y conectados con la realidad.

Si tuvierais que explicar vuestra arquitectura a alguien ajeno al oficio, ¿desde dónde empezaríais: desde el uso, desde la materia o desde el tiempo?
Empezaríamos desde el uso cotidiano, desde cómo se vive y se recorre un espacio, y cómo las personas se apropian de él con el paso del tiempo. Junto a eso, hay algo menos tangible pero profundamente vivible: la atmósfera que cada proyecto es capaz de generar. Creemos que esa atmósfera —difícil de definir, pero fácil de experimentar— es una parte esencial de la arquitectura y también uno de los rasgos que hace que nuestros proyectos sean reconocibles como proyectos de MARMOLBRAVO.

Mirando atrás, ¿qué proyecto os ha cambiado más como arquitectos, no por el resultado, sino por el proceso?
El proyecto de SFJ6 resume bien ese aprendizaje. Fue un concurso que ganamos en 2008 y que no se terminó de ejecutar hasta 2024, atravesando cambios normativos, crisis económicas, largos procesos administrativos y múltiples ajustes. Ese tiempo extendido obligó a repensar decisiones, a madurar las ideas y a asumir que la arquitectura no siempre responde a los ritmos del proyecto ideal. Fruto de ese proceso largo y exigente, SFJ6 se ha convertido también en uno de nuestros proyectos con mayor reconocimiento y premios, confirmando la importancia de sostener una idea arquitectónica en el tiempo.

Vivimos un momento de urgencias climáticas, sociales y económicas. ¿Qué papel real puede —y debe— jugar la arquitectura hoy?
La arquitectura no puede resolver por sí sola estas urgencias, pero sí tiene la responsabilidad de no agravarlas. Proyectar hoy implica actuar con conciencia material, energética y social, apostando por soluciones pasivas, por la integración de la vegetación, por una relación más sensata con el clima y por modelos habitacionales más justos. No es solo una cuestión técnica, sino una postura ética.

Para terminar, una pregunta abierta: ¿qué os gustaría seguir aprendiendo dentro de la arquitectura… y fuera de ella?
Dentro de la arquitectura, queremos seguir aprendiendo a afinar, a proyectar mejor vivienda colectiva y a integrar nuevas formas de construir sin perder calidad. Fuera de ella, todo lo que ayude a entender cómo vivimos y cómo nos relacionamos: la ciudad, la cultura, la sociedad. Porque la arquitectura no puede separarse de la vida que la rodea.

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