En un momento en el que la hiperconexión, la inmediatez y la digitalización permanente parecen haber colonizado incluso nuestras relaciones más íntimas, JOMO surge como una respuesta serena y radicalmente contemporánea. Fundada en Madrid, esta comunidad basada en membresía propone una nueva manera de pertenecer: sin sede fija, sin automatismos y sin ruido innecesario. A través de experiencias cuidadosamente curadas, JOMO invita a habitar las ciudades desde la presencia compartida, la curiosidad y el encuentro real.

Hablamos con Ary, fundador de JOMO, sobre cómo se construye intimidad dentro de una comunidad en crecimiento, el papel del “silencio tecnológico” como catalizador de conexiones más profundas y la dimensión casi artística —y emocional— que define cada una de sus experiencias. Una conversación que traza el retrato de un proyecto que no aspira a ser un club más, sino una manera distinta de estar en el mundo.

¿Puede contarnos el origen de JOMO y qué le llevó a crear este club social tan particular en Madrid?

JOMO nació de una necesidad personal: la de redefinir lo que significa estar en el lugar correcto, en el momento adecuado. En un mundo saturado de opciones y estímulos, quise crear un espacio donde uno pudiera sentirse completamente alineado, sin miedo a perderse otra cosa.

La idea es devolver a cada persona esa libertad interior: saber dónde estar, con quién y por qué, sin dejarse arrastrar por las tendencias o presiones sociales.

JOMO es una burbuja de presencia y serenidad, un antídoto contra la dispersión. Y Madrid se impuso de manera natural para encarnar este movimiento: hoy es una de las ciudades más vibrantes de Europa, un cruce de energía, creatividad y apertura. Aquí existe un momentum único: creativo, cultural y emprendedor, que corresponde perfectamente al ADN de JOMO.

— El nombre JOMO proviene de “Joy of Missing Out”. ¿Qué significa esto para usted, personalmente, más allá de un concepto de marketing?

Para mí, es una filosofía de vida. Es el arte de estar plenamente presente, de elegir lo que nos nutre en lugar de lo que nos distrae. En un mundo obsesionado por la visibilidad, JOMO propone la profundidad. Es un lujo silencioso: el de reconectarse con uno mismo y con los demás en entornos que priorizan la calidad sobre la cantidad.

— ¿Cómo eligen las experiencias exclusivas que ofrecen a los miembros? ¿Hay un hilo conductor que una todas estas actividades?

Cada experiencia JOMO está concebida como un detonador de estado. Lo que nos interesa no es tanto lo que la gente hace, sino lo que siente y cómo interactúa durante la experiencia. El hilo conductor es la atmósfera, esa combinación sutil de lugar, sonido, luz, olor y energía colectiva que influye profundamente en cómo los individuos se conectan entre sí.

Creemos que cada entorno despierta una faceta distinta de la personalidad, un “superpoder social” propio de cada uno. En una sala íntima, algunos se abren a la conversación profunda; en una fiesta escondida, otros liberan su creatividad, su alegría, su magnetismo. Nuestro papel es orquestar estos contextos para que los miembros accedan a esos estados, se revelen de otra manera y vivan momentos de conexión que no pueden existir en ningún otro lugar.

— Madrid está llena de iniciativas culturales. ¿Qué distingue a JOMO de otros clubes o círculos privados?

En JOMO, la exclusividad no se basa en el estatus social, sino en la relevancia de las interacciones. Lo que nos interesa no es quién eres en el papel, sino lo que haces sentir a los demás, la calidad de energía que aportas a la comunidad. Para nosotros, el verdadero lujo es la diversidad: la de los trayectos, las edades, los orígenes y las sensibilidades.

Buscamos crear un ecosistema donde estas diferencias se conviertan en catalizadores de conexión, no en barreras. La exclusividad aquí se define por la riqueza de los intercambios y la sinceridad de los encuentros. En este sentido, JOMO se opone a la lógica de los clubes tradicionales: no es un lugar para exhibirse, sino un espacio para sintonizar humana, emocional y culturalmente.

— Hoy, el lujo ya no se limita a los objetos, sino también a las experiencias. ¿Cómo redefine JOMO el concepto de evento?

Creemos que después del COVID hubo un cambio profundo. La gente dejó de valorar únicamente los bienes materiales para redescubrir la importancia de lo vivido. Nos dimos cuenta de que compartir un café, una conversación o una emoción vale mucho más que un objeto nuevo. Esta redefinición del lujo, de la posesión a la presencia, está en el corazón de JOMO.

Nuestros eventos no buscan impresionar, sino conmover. Cada detalle —del sonido a la luz, de la escenografía a la temporalidad— está pensado para provocar una forma de despertar sensorial y emocional. Creamos contextos donde las personas pueden reconectarse consigo mismas y con los demás, y sentir la belleza del momento presente.

Para nosotros, el verdadero lujo hoy es tener acceso a experiencias que transforman, no a objetos que se acumulan. Es vivir algo irreemplazable, humano, inolvidable.

JOMO parece evolucionar en una frontera delicada entre intimidad y comunidad. ¿Cómo protegéis esa burbuja de presencia y autenticidad a medida que el proyecto crece?
En JOMO hacemos evolucionar el equipo al mismo ritmo que la comunidad. Este crecimiento paralelo es esencial para preservar una curaduría fina e intencional de las experiencias, sin caer nunca en la automatización ni en la estandarización. A medida que el proyecto crece, nuestros criterios se vuelven más exigentes. Tanto las experiencias que aceptamos como las marcas con las que colaboramos pasan por filtros cada vez más estrictos. Esto nos permite mantener un nivel de calidad constante, permaneciendo fieles a la intimidad y la autenticidad que definen a JOMO. Paradójicamente, el crecimiento nos da más palancas: más opciones, más medios y, por tanto, una mayor capacidad de filtrado en ambos lados, tanto en la oferta como en los partners. Esta dinámica refuerza la curaduría en lugar de diluirla y la acelera en el tiempo gracias a la influencia de la marca y a la manera en que construimos cada experiencia.

En una época dominada por lo digital y la hiperconexión, ¿qué papel juega —o debería jugar— el silencio dentro de las experiencias JOMO?
Está en el corazón mismo de la misión de JOMO. Defendemos la conexión humana en un mundo cada vez más digitalizado, acelerado y hoy ampliamente impulsado por la inteligencia artificial. No desde una oposición frontal a esta evolución, que observamos y respetamos, sino tomando voluntariamente el camino inverso. Donde lo digital optimiza, JOMO rehumaniza. No hablamos tanto de silencio en el sentido clásico, sino de un silencio tecnológico: un espacio voluntariamente liberado de notificaciones, pantallas y performance social, para permitir que la presencia real vuelva a ocupar su lugar. En las experiencias JOMO, este silencio crea las condiciones para una atención compartida, intercambios más profundos y una calidad de conversación que se vuelve central. No se trata de desconectarse del mundo, sino de reconectarse con los demás y con uno mismo durante un momento justo. Es en este espacio, deliberadamente ralentizado, donde la conexión adquiere todo su valor.

Madrid es hoy una ciudad en plena efervescencia creativa. ¿Cómo dialoga JOMO con la identidad madrileña sin perder su vocación internacional?
Madrid es nuestra ciudad del corazón. Es donde nació JOMO y este anclaje nunca ha sido un punto de partida provisional, sino un pilar duradero. Hoy acogemos cada vez a más miembros locales, que ven en JOMO una oportunidad de dialogar con una nueva generación creativa y emprendedora llegada de todo el mundo. Nuestra primera apuesta siempre ha sido permanecer conectados con el Madrid auténtico, lejos de lecturas superficiales o modelos importados. Este compromiso se refleja en la manera en que concebimos nuestras experiencias, en los lugares que ocupamos y en la cultura que cultivamos dentro de la comunidad. Este enfoque es el mismo en cada ciudad en la que JOMO se implanta. Nuestra vocación internacional no consiste en suavizar las identidades locales, sino en revelarlas. El objetivo es claro: permitir que nuestros miembros, ya sean locales o internacionales, comprendan y vivan una ciudad en lo que tiene de más justo, más local y más sincero.

Habláis de “states” y de atmósferas como detonantes emocionales. ¿Hasta qué punto existe una dimensión casi artística —o incluso espiritual— en la concepción de JOMO?
Definimos JOMO como una experiencia artística y sensorial, en el sentido de que creemos profundamente que la atmósfera condiciona la calidad e incluso la naturaleza de la conexión humana. Un encuentro nunca sucede en el vacío. Siempre está influido por un contexto, un ritmo y una energía. Conocer a un miembro en una galería de arte a las siete de la tarde alrededor de una copa de champagne no genera el mismo tipo de vínculo que un domingo por la mañana durante un taller de meditación. No son las personas las que cambian, sino el estado en el que se encuentran. Ahí reside precisamente el interés de JOMO: en la capacidad de crear contrastes de atmósferas que abren distintos espacios de relación. Cada “state” activa una forma diferente de estar presente, de expresarse y de conectarse con el otro.

Mirando hacia el futuro, ¿imagináis JOMO como un lugar, una comunidad global o una manera de estar en el mundo capaz de trascender la ciudad y el formato club?
Imaginamos JOMO ante todo como una comunidad global, pero también como un lifestyle, una manera de pensar, de comportarse y, sobre todo, de conectarse con los demás. Nuestra intención no es definirnos por un lugar ni por un formato de club. Al contrario, queremos permanecer deliberadamente desvinculados de un anclaje físico único para situar la curiosidad en el centro de la experiencia. Es esta movilidad la que permite que JOMO siga siendo un proyecto vivo, abierto y en constante reinvención. A largo plazo, JOMO aspira a convertirse en una comunidad descentralizada e influyente, capaz de atravesar ciudades, culturas y formatos sin perder nunca su esencia. Una estructura flexible pero coherente, que acompaña a sus miembros en su manera de vivir, explorar y crear vínculo más allá de los marcos tradicionales. Más que un lugar o un club, JOMO se construye como una manera de estar en el mundo.

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