Por Bertie Espinosa
Han pasado casi veinte años desde que El diablo viste de Prada se coló, sin hacer demasiado ruido al principio, en nuestras vidas. Veinte años son muchos en la moda, una eternidad en una redacción y apenas un parpadeo en el imaginario colectivo. Porque la película —como las buenas crónicas— no envejece: se posa, se asienta y acaba formando parte de una educación sentimental compartida.
Ahora regresa. El diablo viste de Prada 2. Y con él, la promesa de volver a mirar por el ojo de la cerradura de ese mundo que todos creemos conocer y pocos saben realmente habitar. Meryl Streep, inmensa e implacable, vuelve a encarnar a Miranda Priestly, ese tótem editorial que no necesita levantar la voz para que tiemble la habitación. Anne Hathaway regresa con la experiencia que da el tiempo, Emily Blunt con la ironía afilada que nunca abandonó, y el conjunto se completa con actores que entienden que el talento, como el estilo, no se explica: se ejerce.
La primera película fue muchas cosas. Una comedia elegante, una sátira suave, un retrato despiadado. Pero, sobre todo, fue un reflejo sorprendentemente fiel de la vida trepidante de una revista de moda: los egos, las prisas, los silencios que pesan más que los gritos, la obsesión por el detalle mínimo que, en realidad, lo cambia todo. No era solo ropa. Era poder, ritmo, jerarquía y deseo.
Con el tiempo, la película caló. Se citó, se revisó, se convirtió en meme antes de que los memes supieran que lo eran. Hoy Miranda es arquetipo; Andy, aprendizaje; y esa redacción imposible, una fantasía que todos hemos querido vivir… o sobrevivir.
En ESSENCEmag aún no estamos ahí. No hay tacones resonando como metrónomos ni abrigos lanzados como sentencias. Pero hay atisbos. Hay jornadas largas, discusiones estéticas que parecen absurdas y son fundamentales, y esa sensación —adictiva— de estar construyendo algo que importa. A escala humana, sí. Pero con ambición.
Quizá por eso esperamos este regreso con una mezcla de admiración y anhelo. Porque El diablo viste de Prada no habla solo de moda. Habla de vocación, de precio, de carácter. Y porque, en el fondo, todos los que hacemos revistas —grandes o pequeñas— seguimos aprendiendo de Miranda, aunque juremos que no.





