Hay arquitecturas que no necesitan alzar la voz para ser escuchadas. Espacios que no se imponen, sino que acompañan. La obra de A B E Z pertenece a esa estirpe silenciosa y precisa: la de quienes entienden el proyecto como un acto de cuidado, casi doméstico, donde cada decisión nace del lugar, del tiempo y de las manos que lo construyen.
Fundado en Orihuela en 2020 por Diego Abellán e Inma Jiménez, A B E Z surge como una vuelta consciente al origen. En plena época de incertidumbre, cuando el mundo parecía detenerse, ellos decidieron mirar hacia dentro: al territorio, a lo cercano, a lo aprendido sin ruido. Desde entonces, su arquitectura —tanto residencial como de interiorismo— se ha definido por una sensibilidad honesta, una relación directa con la materia y una manera de hacer que huye de lo superfluo.
Sus proyectos son limpios, casi esenciales, pero nunca fríos. Hay en ellos una poética de lo cotidiano: la curva que no se exhibe, la textura que envejece bien, la geometría que ordena sin imponerse. Todo parece estar donde debe estar. Como si siempre hubiera sido así.
ABEZ suena más a taller que a estudio. ¿Cómo nace el proyecto y qué intención hay detrás de ese nombre?
ABEZ nace como resultado de un momento de incertidumbre, como fue el COVID. Coincidió con el final de nuestros estudios y, en ese contexto, decidimos empezar desde nuestro lugar de origen. Volver al territorio nos hizo mirar lo que nos rodea de otra manera. Queríamos trabajar el diseño desde aquí, desde lo cercano, desde lo que conocemos y sentimos propio.
¿Qué une vuestras miradas y qué las diferencia dentro del proceso creativo?
Venimos de formaciones en escuelas distintas de arquitectura, y eso hace que nos complementemos muy bien. En general solemos estar bastante alineados, pero nos gusta debatir y dialogar cada paso del diseño. Ese contraste es muy enriquecedor y forma parte del proceso.
¿Recordáis el primer proyecto en el que sentisteis que ABEZ empezaba a tener una voz propia?
Desde el inicio decidimos comprometernos muchísimo con cada proyecto. No teníamos apenas experiencia en otros estudios, y eso lo compensamos con horas, cuidado y atención extrema. Es difícil verlo desde dentro, pero creemos que esa manera de trabajar, tan dedicada, ha ido construyendo poco a poco nuestra identidad.

Vuestros espacios transmiten calma, orden y una relación muy natural con la materia. ¿Desde dónde pensáis la arquitectura?
Siempre desde el origen y desde lo local. Nos interesa trabajar con realidades cercanas, con identidades y formas de hacer que hablen tanto de quien va a habitar la casa como de quien la construye. Los materiales que tenemos a mano, las técnicas, el contexto. Para nosotros la materialidad debe ser sincera.
La casa de Los Montesinos ha tenido una acogida especial. ¿Qué creéis que conecta tanto con quien la mira?
Es el resultado de un proyecto en el que todo fluyó con naturalidad. Surgió en un momento muy inicial para nosotros y hubo una gran confianza por parte del cliente. Cuando las cosas se hacen a gusto y desde la calma, los resultados aparecen casi solos.
¿Qué papel juegan el paisaje y el contexto emocional del lugar en vuestros proyectos?
Es fundamental. Antes incluso de ver el espacio, nos gusta perdernos por el lugar, caminarlo, fotografiar detalles, fijarnos en las materialidades, empaparnos del imaginario colectivo. Todo eso se convierte en punto de partida. No nos interesa imponer un diseño ajeno al entorno, sino trabajar desde lo que ya existe.
¿Cómo es vuestro diálogo con el cliente: más acompañamiento, más pedagogía, más escucha?
En la primera fase, la escucha es clave. Entender cómo viven, cuáles son sus rutinas, qué quieren —o qué creen que quieren—. A partir de ahí, en la fase de diseño, intentamos justificar objetivamente las decisiones. Después, el proceso se convierte más en un acompañamiento hasta el resultado final.
En un momento de arquitectura muy visual, ¿qué importancia le dais al tiempo, al uso y a cómo envejecen los espacios?
Es una cuestión compleja, pero desde el estudio decidimos conscientemente alejarnos de esa arquitectura de consumo rápido. No producimos en masa. Hacemos pocos proyectos al año y con un grado de compromiso muy alto. Trabajar con materiales que no pretendan ser lo que no son es clave para que los espacios envejezcan bien. La belleza está también en el fallo, en la imperfección.
¿Hay materiales, gestos o decisiones que se repiten y que podríamos considerar “lenguaje ABEZ”?
Nunca hemos sabido responder bien a eso. A veces nos dicen que usamos muchas curvas, pero cuando aparecen es porque el proyecto lo necesita, no por capricho. Sí somos bastante obsesivos con las geometrías puras, y quizá eso aparece de forma inconsciente. Nuestro lenguaje tiene más que ver con una forma de hacer que con un gesto formal concreto.
¿Qué arquitectos o disciplinas os influyen hoy, más allá de la arquitectura?
A nivel arquitectónico, el estudio MAIO es un referente muy claro para nosotros. Últimamente también miramos mucho a estudios parisinos como NP2F o BRUTHER. Fuera de la arquitectura, nos inspiran personas que trabajan desde lo cercano: en cine Elena López Riera; en fotografía Ricardo Cases o Carlos Aguilera; y en gastronomía, Rubén Álvarez y su manera de entender la pureza del sabor.
¿En qué punto vital y creativo está ahora ABEZ?
Estamos en un momento muy bonito de crecimiento, aunque nos cuesta valorarlo desde dentro. Somos muy exigentes y todo sucede muy rápido, así que a veces necesitamos obligarnos a parar y disfrutar de los procesos.
Si dentro de diez años alguien hablara de ABEZ, ¿qué os gustaría que se dijera de vuestro trabajo?
Que sigue existiendo coherencia. Que seguimos haciendo las cosas con el mismo cariño. Para nosotros, eso sería lo más importante.
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