La arquitectura de Gonzalo del Val se construye desde la escucha: del lugar, del tiempo y de quienes lo habitan. Al frente de Gonzalo del Val Arquitectos, su mirada combina precisión conceptual y una sensibilidad especial hacia la experiencia cotidiana de los espacios. En esta conversación reflexiona sobre contexto, luz, color, memoria y futuro, y deja claro que para él la arquitectura no es un objeto cerrado, sino un proceso vivo en constante transformación.

¿Cómo definirías la arquitectura de Gonzalo del Val Arquitectos en tres palabras?
Un ensamblaje de deseos.

¿Recuerdas el primer espacio que te hizo querer ser arquitecto?
Lo que me llevó a ser arquitecto fue un libro que me regalaron mis padres cuando era adolescente, después de decirles que me interesaba la arquitectura: Las casas del siglo, de Anatxu Zabalbeascoa, editado por Gustavo Gili. Se trata de un recopilatorio subjetivo pero preciso sobre las viviendas más significativas del siglo XX.

¿Qué papel juega el contexto —urbano, histórico, emocional— en el inicio de cada proyecto?
El contexto es un concepto que encierra una enorme complejidad, y eso nos fascina. La manera en que combinamos sus distintos significados define y construye cada proyecto que emprendemos. No se trata solo de responder a un lugar o a una época, sino de comprender cómo las personas lo habitan y lo sienten, y cómo esa percepción se refleja en la arquitectura. Cada proyecto nace de ese diálogo entre espacio, memoria, economía y materialidad, y es en ese equilibrio múltiple donde se encuentra su verdadera identidad.

¿Diseñas más desde la idea o desde el lugar?
No creo que se trate de elegir entre la idea o el lugar: ambos son inseparables en mi proceso. El lugar aporta limitaciones, oportunidades y una memoria que construye arquitectura, mientras que la idea organiza y da coherencia a esas situaciones. Cada proyecto surge del diálogo entre la propuesta conceptual y la realidad del sitio, y es en esa tensión donde se generan soluciones que son a la vez únicas y significativas.

¿Qué te interesa más hoy: la forma, la materia o la experiencia que genera un espacio?
Hoy me interesa sobre todo la experiencia que genera un espacio. La forma y la materia son herramientas, medios para provocar sensaciones, narrar historias y conectar con quienes lo habitan. Un espacio bien concebido no solo se ve, sino que se siente: despierta emociones, sugiere recorridos y acompaña la vida de las personas. La arquitectura, para mí, existe en esa intersección entre lo tangible y lo vivido.

¿Cómo dialoga vuestro trabajo con la luz?
Entendemos la luz como un elemento más dentro del conjunto de piezas que ensamblamos en cada proyecto arquitectónico. Nos permite definir la percepción del espacio, resaltar texturas, generar ritmos y transformar la atmósfera de forma radical y, a la vez, sencilla.

¿Qué importancia tiene el tiempo en la arquitectura: cómo envejecen los edificios que imaginas?
El tiempo no se mide solo por el paso de los años, sino por la capacidad del edificio para adaptarse y transformarse. Imaginamos estructuras que crecen, se modifican y se regeneran, respondiendo a las necesidades cambiantes de quienes las habitan y de la ciudad. La arquitectura no envejece: se transforma. Su valor reside en su flexibilidad y en su diálogo constante con el presente y el futuro.

¿Hay algún material al que vuelvas siempre, casi de manera inconsciente?
Más que un material, lo que realmente nos interesa es el uso del color. Su capacidad para transformar un espacio es enorme y, además, increíblemente económica: por muy poco se puede lograr muchísimo. El color no solo define atmósferas, sino que puede cambiar la percepción de la forma, resaltar detalles, generar ritmos visuales y modificar la sensación espacial. Nos fascina cómo, con sutileza y precisión, un cambio cromático puede dialogar con la luz, la materia y la experiencia de quienes habitan un lugar, haciendo que la arquitectura se sienta viva y cercana.

¿Cómo entiendes el equilibrio entre funcionalidad y emoción?
Entendemos ese equilibrio como un diálogo constante en cada proyecto. La arquitectura no puede ser solo eficiente ni solo estética: la funcionalidad organiza, facilita y cuida la vida cotidiana, mientras que la emoción da sentido, provoca sensaciones y crea memorias. Nuestro objetivo es que un espacio funcione perfectamente en lo práctico y, al mismo tiempo, genere experiencias; que sea cómodo, claro y útil, pero también capaz de despertar sorpresa, calma o conexión. La arquitectura cobra sentido cuando estos dos aspectos se encuentran y se refuerzan mutuamente.

¿Qué arquitecto o creador ajeno a la arquitectura te ha influido especialmente?
Nos apasiona la narrativa gráfica de los cómics de Richard McGuire, la experimentación virtual de los videojuegos de David O’Reilly o la complejidad visual de los cortos de Zbigniew Rybczyński.

¿En qué estás trabajando ahora y hacia dónde te gustaría que evolucionara el estudio?
En estos momentos estamos finalizando nuestro primer edificio público en un pueblo de las Islas Baleares: un pequeño centro de mayores. El proyecto se articula en torno a una gran cubierta verde que conecta la ciudad con el paisaje, incorporando cuidadosamente vegetación local. De cara al futuro, nos interesa orientar el estudio hacia proyectos de este tipo, de carácter público, explorando cómo la arquitectura puede dialogar con la comunidad, su entorno y su contexto.

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