Radostin Bekirski pinta como quien recuerda un sueño del que no quiere despertar. Hay en su obra una elegancia afilada, casi cinematográfica, y al mismo tiempo una fisura deliberada que deja pasar la emoción. Sus figuras —rostros conocidos, cuerpos admirados, iconos contemporáneos— no buscan la perfección académica, sino ese instante anterior al gesto definitivo, cuando la belleza todavía es vulnerable. Formado inicialmente en diseño de moda, Bekirski traslada a la pintura una comprensión profunda del cuerpo, del tejido y de la actitud, pero libera esa precisión técnica en favor de una poética más intuitiva y sensorial. De origen búlgaro, su imaginario bebe del folclore, del ritmo, del drama visual y de una herencia cultural intensa que convive con referencias contemporáneas como la moda, el cine o la alta costura. Apoyado en una estética poderosa y una mirada personalísima, su trabajo se sitúa en un lugar donde el arte dialoga con el glamour sin perder verdad. Bekirski no pinta para agradar: pinta para quedarse a vivir dentro de la obra.

Estudiaste diseño de moda antes de dedicarte por completo a la pintura. ¿Cómo influyó esa transición en tu forma de ver hoy el cuerpo humano?
Mis estudios de moda fueron en gran parte técnicos. Me centré en los tejidos, el diseño textil y la maquinaria de confección, con muy poco énfasis en el dibujo. La estructura y la precisión eran esenciales, pero lo ordinario siempre me aburría. Años después descubrí una especie de magia en el lienzo y la pintura, y esa libertad transformó por completo la manera en que percibo el cuerpo humano.

La figura humana es central en tu obra. ¿Qué te lleva a volver una y otra vez al retrato y al cuerpo como tema?
Los referentes son esenciales. Las personalidades que inspiran admiración, curiosidad y ambición alimentan la mente creativa. El glamour y la fascinación se convierten en combustible para la imaginación, y ese es el motor creativo en el que trabajo.

Tus retratos se sienten a la vez crudos y refinados. ¿Cómo equilibras emoción, técnica y estética en tu proceso?
No existen reglas estrictas en mi proceso. Mi único juez es mi propia satisfacción. Necesito amar la obra y querer convivir con ella. Cierta crudeza o imperfección hace que una pieza esté más viva; deja espacio para que la imaginación del espectador se expanda. Esa apertura es mi invitación a la libertad.

Moda, arte e identidad suelen cruzarse en tu trabajo. ¿Cómo conviven estos mundos en tu lenguaje creativo?
La respuesta está en la propia pregunta. Moda, arte e identidad existen juntas de forma natural en mi trabajo; son inseparables.

Cuando retratas a una figura conocida, como Carine Roitfeld, ¿qué es lo más importante para ti: el parecido, la actitud o la presencia interior?
La actitud. Es una elección profundamente personal e intuitiva. A veces es un detalle sutil lo que me cautiva: una tensión estética o un sentimiento de admiración hacia la personalidad en sí.

¿Cuánto hay de intuición y cuánto de planificación antes de empezar un cuadro?
El proceso es, en gran medida, intuitivo. La planificación solo es necesaria al inicio, para establecer la base de la obra. Creo en la excelencia, no en la perfección. La perfección es aburrida.

¿Qué artistas, diseñadores o referencias culturales han influido en tu sensibilidad visual a lo largo del tiempo?
Mi confianza estética proviene de mis padres, ambos artistas con un gusto refinado y un gran ojo para el detalle. Mi padre fue coreógrafo de danza folclórica búlgara, y recuerdo su pasión profunda por el trabajo: su obsesión por la precisión del movimiento y la complejidad de los trajes. El folclore búlgaro es un tesoro cultural riquísimo, lleno de misterio, ritmo y potencia visual.
Otras influencias clave son la música y figuras visionarias como Carine Roitfeld, Karl Lagerfeld, John Galliano, Gerhard Richter, Donatella Versace y la legendaria bailarina Maya Plisetskaya.

¿Cómo ha influido tu origen búlgaro en tu comprensión de la belleza, la fuerza y la vulnerabilidad?
El folclore búlgaro ha moldeado profundamente mi percepción de la belleza. La música, los ritmos, los trajes y el simbolismo transmiten una fuerza y un misterio que siguen influyendo en mi trabajo.

¿Qué papel juega la imperfección en tu obra?
La imperfección genera emoción. La perfección pertenece a las máquinas y a los sistemas. El arte debe ser excelente, no perfecto; de lo contrario corre el riesgo de volverse inerte o meramente decorativo.

¿En qué proyectos estás trabajando actualmente y qué es lo que más te entusiasma de este momento de tu carrera?
Desde hace tres años estoy profundamente inmerso en un proyecto visual titulado The Script and the Cast – ICONS. La serie está inspirada en figuras que admiro, tanto personalidades consagradas como emergentes. El objetivo es crear un viaje visual cinematográfico e invitar al público a una narrativa cuidadosamente construida.
El proyecto está previsto para presentarse en París, en un espacio exclusivo e íntimo que se anunciará próximamente. Explora la intersección entre arte y cine, así como el diálogo entre enfoques visuales tradicionales y la imagen digital contemporánea.
La idea surgió tras mi primera exposición, que contó con el apoyo del equipo de Karl Lagerfeld. Estoy profundamente agradecido por su reconocimiento y por su compromiso continuo con el arte, la cultura y los jóvenes artistas, preservando al mismo tiempo el legado visionario de Karl Lagerfeld. Para alguien relativamente nuevo en el mundo del arte, este momento es especialmente emocionante y significativo.

Mirando al futuro, ¿cómo te gustaría que se percibiera tu obra?
Para mí, el arte es la forma suprema de lujo. Creo cada obra íntegramente yo mismo, con precisión e intención. Es mi espacio de libertad, donde soy el único juez. En última instancia, espero que mi trabajo deje una huella emocional fuerte y resuene en el público de todo el mundo.

Fotos: Yaël Temminck / Radostin Bekirski

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