El cielo de la moda se ha teñido de un rojo más profundo, un rojo Valentino, porque Valentino Garavani —el último gran artesano de la haute couture— ha partido a los salones eternos de la belleza. Falleció hoy en su residencia de Roma a los 93 años, rodeado del silencio sublime de las telas, de los recuerdos y del cariño de quienes hemos amado su trabajo como una forma de vivir y de ser. Valentino —solo con su nombre— fue más que un diseñador: fue la palabra primera del estilo, el que enseñó a las mujeres del mundo a moverse como si cada día fuera una alfombra roja. Nació en Voghera en 1932, se formó en París, volvió a Italia y en 1960, junto a su inseparable Giancarlo Giammetti, fundó la Maison Valentino, cuna de un estilo que nunca pasó de moda.

No hay color más evocador en la moda del siglo XX y XXI que ese carmesí que él bautizó con su propio nombre: el rojo Valentino, un tono que nació de una experiencia en la ópera de Barcelona y que se convirtió en símbolo mundial de fortaleza, feminidad y audacia. Cada vestido rojo suyo era una declaración de intenciones: la mujer aquí no solo se ve elegante, se ve inolvidable.

Con Naty, Valentino compartió no solo pasarelas, sino viajes, confidencias y esa manera de entender la moda como ceremonia: un rito secular de belleza y presencia en el mundo. Ella —siempre sublime— fue uno de sus nombres más queridos en el relato de su carrera.

Valentino no solo vistió cuerpos: decoró almas. Su casa en Gstaad, sus refugios en Londres, sus espacios en París y la residencia romana no eran meros hogares, eran manifiestos de estilo. Espacios tratados con la misma devoción que una colección de alta costura, donde cada silla, cada tapiz, cada vajilla, hablaba de una estética que fusionaba historia, arte y exquisitez. Y aquí entra otro gesto maestro, menos conocido pero igual de revelador: el arte de la mesa. Valentino publicó un libro que es un tratado de hospitalidad y estética del comedor —Valentino: At the Emperor’s Table—, donde la mesa se convierte en lienzo y la puesta en escena en ritual. Aquí se evidencia su creencia de que el lujo verdadero es el que se comparte, que la belleza cobra sentido cuando está alrededor de una mesa bien servida, entre risas y confidencias.

No fue solo moda: fue escultura de tejidos, arquitectura de gestos, coreografía de siluetas. Valentino elevó el vestido a poesía, la casa a teatro íntimo, la mesa a ceremonia. Fue —en el mejor sentido— un decorador de la vida. Con su partida, el mundo pierde a uno de esos pocos creadores cuya obra trasciende temporadas, modas y tiempos: una leyenda que vivirá en cada rosa roja, en cada falda que susurra movimiento, en cada invitación elegante.

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