La arquitectura, cuando es de verdad, no necesita levantar la voz. No grita, no posa, no pide likes. Simplemente permanece. En un tiempo dominado por la imagen rápida, el render espectacular y la urgencia por destacar, encontrarse con un estudio como Touza Arquitectos es casi un acto de resistencia cultural. Aquí no hay fuegos de artificio ni caligrafías narcisistas. Hay oficio. Hay tiempo. Hay una idea profundamente ética de lo que significa construir. Se da un misterio que es el de la dualidad del arquitecto. El padre y el hijo, un mismo nombre, un mismo estudio y una manera de entender el mundo y la vida a través de la arquitectura.
Hablar con Julio Touza es hablar de continuidad, de memoria y de responsabilidad. De una arquitectura que entiende la ciudad como un organismo vivo y no como un escaparate. De edificios que no buscan seducir en el primer vistazo, sino convencer con los años. Desde aquel taller casi artesanal fundado en 1974 por su padre —cuando aún se dibujaba a mano y los detalles se resolvían en obra— hasta los proyectos que hoy redefinen el skyline de Madrid, la evolución del estudio no ha sido una huida hacia adelante, sino un crecimiento sereno, medido, profundamente reflexivo.
Touza Arquitectos ha sabido moverse entre escalas, tipologías y épocas sin traicionarse. Torres de gran altura, rehabilitaciones palaciegas, vivienda protegida, regeneración urbana… Todo responde a una misma convicción: la arquitectura es un servicio a las personas y a la ciudad. Una disciplina donde la belleza no puede imponerse a la razón, ni el gesto al sentido común. Donde la sostenibilidad no es un discurso, sino una consecuencia lógica de hacer bien las cosas.
En estas páginas no se habla de tendencia, sino de permanencia. De materialidad entendida como lenguaje. De contexto como límite creativo. De memoria como valor activo. Y, sobre todo, de una forma de ejercer la profesión con una seriedad casi subversiva hoy: esa que Alejandro de la Sota resumía como un “tremendo ser serios”. Porque cuando la arquitectura renuncia al espectáculo, empieza a parecerse peligrosamente a la verdad.
— Touza Arquitectos es hoy uno de los estudios más sólidos y reconocidos del panorama español. ¿Cómo definirían la evolución del estudio desde sus inicios hasta el momento actual?
Si hablamos de nuestra evolución tenemos que remontarnos hasta 1974, hace ya más de cinco décadas. El estudio lo fundó mi padre bajo la fórmula predominante en España entonces: el pequeño taller, todavía casi artesanal, dado que el diseño asistido por ordenador no llegaría hasta los 90.
Fueron años ilusionantes, donde era posible hacer mucho con poco. Entonces un proyecto no requería miles de documentos técnicos, porque existía una gran tradición y maestría en los oficios de la construcción. Se definían muchos detalles en obra y la dirección arquitectónica tenía un peso decisivo. No obstante, aunque la escala del estudio era la de un taller, se acometieron proyectos de envergadura como la Iglesia y Centro Parroquial de los Sacramentinos en Madrid, o uno de los primeros hospitales especializados en limitaciones de movilidad severas en Cáceres, lo cual nos hizo desarrollar desde entonces un acentuado compromiso con la accesibilidad universal. También fue una época de desarrollo de planes urbanísticos y de un incipiente interés en el interiorismo, facetas que han tenido eco en nuestra evolución posterior.
Mi incorporación se produce en 1999. Desde entonces, el estudio fue transformándose hacia una estructura empresarial de gran firma con capacidad multiservicio, incorporando departamentos específicos como Interiorismo o Urbanismo. Para ello evolucionamos tecnológicamente y extendimos nuestra actividad a distintas áreas y latitudes. A finales de la primera década del 2000 ya estábamos consolidados como un referente en el sector residencial, pero curiosamente fue esa estructura diversificada la que nos permitió superar la tremenda crisis de 2008-2013. Esa solvencia nos ha permitido mantener un crecimiento sostenido, ganando escala y complejidad técnica sin perder nuestra obsesión por el oficio.
Así, en los últimos 15 años hemos tenido la fortuna de acometer proyectos que han redefinido el skyline de Madrid, como la Torre Riverside en el Manzanares, las Torres Skyline en el Paseo de la Dirección, o las recientes Torres Marqués de Viana. Este salto a la altura no ha sido fruto de la improvisación, sino de años perfeccionando nuestra gestión. Hoy somos capaces de afrontar el reto de modificar el horizonte de la ciudad manteniendo el mismo rigor de cuando hacíamos edificios mucho más pequeños.
— A lo largo de su trayectoria han trabajado en escalas y tipologías muy diversas. ¿Qué principios permanecen inalterables en su manera de proyectar, independientemente del encargo?
Nuestra manera de entender este oficio no ha cambiado en 50 años en lo esencial: entendemos la arquitectura como servicio a la sociedad, poniendo a las personas en el centro. Huimos de arquitecturas autocomplacientes o vanidosas; nunca hemos perseguido una «caligrafía» de autor reconocible. Creemos en la importancia de las personas, del entorno y de la historia, más que en la del arquitecto. Si de algo peca nuestra profesión, es de un exceso de ego.
De la tríada vitruviana (firmitas, utilitas, venustas), a veces da la sensación de que a los arquitectos solo nos preocupa la tercera, y a menudo con una estética que la gente no comprende o que no soporta la «prueba del algodón» del paso del tiempo. Claro que la belleza es un objetivo inherente, pero una mal entendida aspiración estética no puede satisfacerse sacrificando el sentido común. Buscamos una arquitectura —y cito una frase de mi padre que nos define bien— «donde la razón y el sentimiento encuentren acomodo».
— Su arquitectura se percibe como sobria, precisa y profundamente reflexiva. ¿Qué papel juegan el tiempo, la memoria y el contexto en su proceso creativo?
Diría que esos adjetivos definen bien nuestro trabajo. Estudiamos muy a fondo esos aspectos, sobre todo en rehabilitación o en entornos sensibles. El respeto a la memoria es fundamental en una ciudad como Madrid. Entendemos la rehabilitación no como cosmética, sino como una labor de cirugía y puesta en valor. El arquitecto aquí debe ser un poco médico, un poco historiador y un poco arqueólogo; es un ejercicio de humildad donde el protagonismo lo tienen los elementos valiosos realizados por artesanos del pasado.
Realizamos una intensa labor en la recuperación de patrimonio. Proyectos ya culminados como el Palacio del Nuncio en Aranjuez, el Palacio de Santa Isabel, o la rehabilitación del antiguo Círculo Mercantil e Industrial en Gran Vía (hoy Casino y Hotel) nos enseñaron a dialogar con lo preexistente. Actualmente, aplicamos esa sensibilidad en obras muy delicadas, como la rehabilitación integral de edificios señoriales en Cedaceros 9, Padilla 32, Sagasta 27 u O’Donnell 5, por mencionar algunos. El reto es mantener la esencia y la elegancia original, pero dotando al edificio de las prestaciones y el confort del siglo XXI.
— Muchos de sus proyectos dialogan con entornos complejos o cargados de identidad. ¿Cómo se aborda ese equilibrio entre respeto al lugar y una mirada contemporánea?
El contexto es esencial porque dicta la libertad creativa. No es lo mismo actuar en entornos con una identidad aún por consolidar, como los nuevos desarrollos, que integrar un edificio en tramas urbanas maduras, algo que estamos haciendo en proyectos como El Viso Residences o Viriato 25.
Abordamos cada lugar escuchando primero lo que pide. A veces el lugar necesita silencio y respeto; otras veces precisa un motor de cambio. El ejemplo más potente de esto es la transformación urbanística en el distrito de Fuencarral. Allí, de la mano de Stoneshield y MiCampus, estamos regenerando un antiguo tejido industrial para convertirlo en un vibrante distrito universitario y tecnológico, denominado «Wynwood». Aquí el respeto al lugar significa entender su potencial: no se trata solo de hacer edificios, se trata de «hacer ciudad», de coser heridas urbanas y generar un foco de actividad para jóvenes. Es una mirada contemporánea que respeta el pasado industrial pero proyecta futuro.
— ¿Qué importancia conceden a la materialidad y a la construcción como parte esencial del discurso arquitectónico?
La materialidad es el lenguaje con el que habla la arquitectura. No es solo una necesidad expresiva, es la manera en la que relacionamos interior con exterior y el edificio con su entorno inmediato. (Aquí había una frase cortada en tu borrador, la he completado).
En proyectos de gran altura como las Torres Skyline, la elección de los materiales, la combinación de prefabricados con elementos ligeros y vidrio, no es solo estética, es un desafío técnico de resistencia y sostenibilidad. En el otro extremo, en rehabilitación, la materialidad es recuperar la piedra, la madera, la forja… Esa atención al detalle constructivo, a la «buena letra» en la ejecución, es lo que garantiza que las obras envejezcan noblemente.
— En un contexto donde la arquitectura está cada vez más expuesta a la imagen y a la inmediatez, ¿cómo se posiciona Touza Arquitectos frente a la idea de tendencia o espectáculo?
Como dice siempre mi padre: «para el show ya está el circo». La arquitectura puede ser espectacular, pero nunca un espectáculo gratuito.
Somos cautos frente a los fuegos de artificio. Las modas son peligrosas en una disciplina obligada a resistir el paso del tiempo, también en lo estilístico. Es cierto que proyectos como Torre Riverside o Skyline son icónicos, pero no buscan la forma por la forma. Su espectacularidad nace de su esbeltez y racionalidad, no del capricho. Preferimos la arquitectura que perdura a la que sorprende un día y cansa al siguiente. Nuestra posición es la atemporalidad. No perseguimos followers ni elementos instagrameables. Como decía Alejandro de la Sota, esto va de un «tremendo ser serios».
— ¿Qué arquitectos, obras o disciplinas ajenas a la arquitectura han influido de manera decisiva en su forma de pensar y proyectar?
Aunque suene un poco a cliché, la arquitectura es muy autorreferencial; más que mirar a otras disciplinas, nos nutrimos de referentes de nuestra propia disciplina. En el caso de mi padre, la arquitectura de Le Corbusier o la de Richard Meier han tenido un claro impacto en su manera de entender la arquitectura. También de los maestros que tuvo en la escuela, especialmente Sáenz de Oiza.
En mi caso, diría que Alejandro de la Sota es uno de los arquitectos españoles cuya obra y línea de pensamiento más me ha influido, también mucho la figura de Norman Foster, pero sobre todo la de mi propio padre.
De otras disciplinas, creo que las que más influyen en la arquitectura son las artes plásticas y el cine, aunque en las últimas décadas diría que la creación digital está teniendo una importancia cada vez mayor.
— La sostenibilidad y la responsabilidad social son hoy conceptos ineludibles. ¿Cómo se integran de forma real —más allá del discurso— en su trabajo?
La sostenibilidad real se demuestra en la eficiencia y el impacto social. Para nosotros, la responsabilidad social es contribuir a facilitar el acceso a la vivienda. Las Torres Marqués de Viana son el ejemplo perfecto: vivienda protegida de alquiler asequible, ejecutada con altísimos estándares de calidad y sostenibilidad.
No hacemos distinción de «clases» en sostenibilidad, sea una promoción de lujo o una residencia de estudiantes, el enfoque y el compromiso es el mismo: proyectar desde el sentido común primando las medidas pasivas (forma y orientación de la arquitectura, diseño de fachada, aislamientos), el uso de materiales adecuados e implantando tecnologías que contribuyan a un consumo mínimo y a eliminar las emisiones de CO2 en todo el proceso (tan importante hacerlo en la vida útil del edificio como en el propio proceso de construcción)
— Mirando hacia el futuro, ¿qué retos les resultan más estimulantes como estudio en los próximos años?
Sin duda, el problema de la vivienda es el reto social más relevante hoy en España. Contribuir a resolverlo nos motiva enormemente. Creemos que parte de la solución pasa por la regeneración urbana a gran escala: reciclar y densificar con inteligencia la ciudad existente, en lugar de expandirla sin límites, lo cual es más costoso y menos sostenible.
También debemos reflexionar sobre cómo facilitar el acceso a la vivienda a los jóvenes, rompiendo paradigmas normativos. En España y Europa tenemos un exceso de regulación que encarece la construcción. Tras la pandemia y la inflación por la guerra de Ucrania, los costes se han duplicado, y la normativa rígida no ayuda.
Si lo trasladamos a otros sectores, el inmobiliario residencial es un mercado donde «no puedes hacer nada barato». No existe la gama económica que ofrecen otras industrias (coches utilitarios, moda low cost…) porque el cumplimiento íntegro del CTE y las normativas municipales hacen imposible el producto barato. Todo está regulado, y de manera distinta en cada municipio, lo que impide la estandarización e industrialización, claves para abaratar costes. Esa homogeneización y racionalización normativa es el gran reto pendiente.
— Para terminar, si tuvieran que definir Touza Arquitectos con una sola idea o actitud, ¿cuál sería?
Compromiso con las personas y pasión por la arquitectura. Compromiso con la ciudad, con el cliente y con la sociedad; y la pasión necesaria para cuidar cada detalle, desde una torre de 25 plantas hasta la restauración de una moldura en un palacio del siglo XIX.

Más de cincuenta años, más de 2.500 proyectos, decenas de tipologías, escalas y geografías distintas podrían bastar para explicar la dimensión de TOUZA Arquitectos. Pero reducir el estudio a cifras sería quedarse en la superficie. Lo verdaderamente singular aparece cuando uno se sienta frente a ellos y entiende que aquí no hay ruptura generacional ni gesto impostado, sino continuidad. Padre e hijo. Dos Julios. Una misma manera de estar en el mundo y de ejercer la arquitectura como un acto de responsabilidad cívica y, al mismo tiempo, como una forma de cultura.
Hay en Touza una rara dualidad: la de quien ha sabido crecer, profesionalizarse y asumir la complejidad técnica de una gran firma —más de sesenta profesionales, departamentos especializados, clientes institucionales y privados de primer nivel— sin perder el pulso del taller, del oficio bien hecho, del detalle que se revisa una y otra vez. Desde la vivienda social a las grandes torres residenciales, desde la rehabilitación patrimonial a los proyectos hoteleros o corporativos, el hilo conductor no es un estilo reconocible, sino una ética: poner a las personas en el centro y dejar que la arquitectura haga su trabajo sin alardes.
Conversar con ellos es constatar que el verdadero lujo, hoy, es la coherencia. Que la modernidad no está reñida con la memoria. Que la belleza, cuando llega, lo hace después de haber cumplido con la razón, la técnica y el sentido común. En tiempos de ruido, Touza representa una arquitectura que no grita, pero permanece. Y quizá ahí resida su mayor logro: haber construido ciudad, tiempo y confianza sin necesidad de firmar con mayúsculas. Solo con rigor, compromiso y una pasión tranquila que se transmite —como todo lo importante— de generación en generación.
Descubre más de la obra de TOUZA: https://www.touza.com/




