Hay un lugar, cerca de donde anoche dieron las campanadas que no deja indiferente. Se puede decir sin miedo a equivocación alguna que allí todo es de color, como en aquella canción de Lole y Manuel en la que el mundo parecía recién estrenado. Color en las paredes, en la luz, en los platos, en los cócteles, en las miradas. Color incluso en el tiempo, que allí dentro se estira y se vuelve amable. Chic by Rosi La Loca no es un restaurante: es un estado de ánimo con vocación de Edén.
A uno le gustaría ver los armarios donde guardan tantas vajillas y demás platos, porque cada plato, en ese sitio, tiene su vajilla propia, cada cóctel su vaso y cada palabra su hecho. Literalmente. No hay nada improvisado aunque todo parezca ligero. El desorden está ensayado y la fantasía tiene método. Comer aquí es aceptar que el exceso también puede ser armonía.
Y luego está la comida. Conviene decirlo sin metáforas: realmente todo estaba bueno y todo maridaba. Desde la stracciatella con pera y miel —delicada, casi susurrante— hasta las vieiras del Pacífico flambeadas con kimchi, que juegan a tensar el paladar sin perder elegancia. El tiradito de lubina es limpio y preciso; el falso risotto trufado reconforta; la musaka de cordero abraza; el katsu sando, prohibido con razón, se recuerda. Aquí lo vegetal, lo especiado, lo asiático y lo castizo conviven sin pelearse. Como si siempre hubieran estado destinados a sentarse a la misma mesa.
Los cócteles merecen capítulo aparte. Beber en Chic es beber colores: rosas, verdes, dorados, cielos que cambian de tono. Hay pecado, pero también inocencia. Hay manzana con culpa y sin ella. Hay susurros, guardianes, atardeceres y jaguares. Y, sin embargo, nada empalaga. Todo fluye. Todo acompaña.
Lo más interesante es que Chic by Rosi La Loca está cerca de Sol pero lejos del estereotipo que los madrileños tenemos sobre lo que es ir a cenar a Sol. No es un sitio para turistas despistados ni una trampa de neón. Es un lugar para los de dentro y para los de fuera. Para quien viene y para quien se queda. Para quien sabe mirar y para quien se deja llevar.
“Hay un lugar donde el alma se viste de seda, donde todo se tiñe de Edén y el pecado… sabe a tiramisú.” Así se presenta Rosi. Soy Rosi en mi Renacimiento: más rosa, más sutil, más angelical, más CHIC… pero igual de loca. Bajo su luz de cuarzo rosa todo brilla distinto, las serpientes custodian la belleza y la fruta prohibida cuelga del árbol correcto.
Confieso algo: me gustaría conocer a Rosi La Loca, porque a mí me gustan las locas y tengo aprensión por ellas. Siempre la he tenido. Tal vez porque son las únicas que entienden que la fantasía también es una forma de verdad. Y aquí, entre vajillas imposibles, platos que dialogan y cócteles que cuentan historias, uno sale con la sensación de haber comido bien, sí, pero también de haber estado en un lugar donde aún es posible pavonearse en el pecado con elegancia.




