Hay voces que no están hechas para el susurro. Voces que vienen a resquebrajar esa porcelana absurda con la que envolvemos nuestras emociones para que no se note que, a veces, vivir es una forma elegante de caerse de bruces. Lorena Gascón —@lapsicologajaputa para los más fieles, psicóloga, divulgadora y francotiradora emocional— es una de esas voces. Un latigazo necesario. Una amiga brutalmente honesta que te recibe sin filtros, sin unicornios y sin esa positivad tóxica que nos promete arcoíris exprés cuando lo único que necesitamos es tiempo, tierra y verdad.
En Cómo sobrevivir a las putadas de la vida no ofrece bálsamos mágicos ni frases en tazas de desayuno. Lo que ofrece es un mapa para atravesar el bosque cuando no hay linterna. Una guía para surfear las olas que no pedimos, las pérdidas que no sabemos nombrar y los silencios que nuestra cultura insiste en empujar bajo la alfombra. Gascón escribe como habla: con humor, con precisión quirúrgica y con una ternura feroz que desmonta clichés como quien abre ventanas en una habitación demasiado tiempo cerrada.
Su forma de entender la salud mental es un acto de desobediencia amorosa: sentir lo desagradable no es fracasar, sino avanzar; llorar no es debilidad, sino humanidad; pedir ayuda es un gesto de valentía cotidiana. Entre la consulta, el escenario y unas redes que ella convierte en refugio colectivo, Lorena ha logrado algo insólito: traducir el dolor a un lenguaje directo, gamberro y profundamente útil.
Esta conversación con ESSENCEmag es un mapa íntimo para quienes ahora mismo están intentando sobrevivir a la vida —o al menos, a la parte más puñetera de ella.
Esta conversación con ESSENCEmag es un mapa íntimo para quienes ahora mismo están intentando sobrevivir a la vida —o al menos, a la parte más puñetera de ella.
Tu libro empieza desde una premisa radicalmente honesta: la vida no es un parque temático de unicornios. ¿En qué momento te diste cuenta de que había que escribir sobre el dolor sin maquillaje?
En el momento en que me di cuenta de que la mayoría de mensajes que recibimos en nuestra cultura y sociedad promueven la castración emocional y la búsqueda incansable de felicidad y productividad. Los seres humanos necesitamos atravesar el malestar cuando nos pasan cosas chungas y maquillarlo o reprimirlo no nos va a ayudar.
La “positividad” mal entendida se ha convertido en un mandato social. ¿Por qué es tan peligrosa esa tiranía del “todo va bien” y qué efectos reales tiene en nuestra salud mental?
La idea de que siempre tenemos que estar bien no deja espacio para que sintamos esas emociones y sensaciones que son tan necesarias para integrar las cosas complicadas que nos pasan en la vida. Cuando crecemos con mensajes como “llorar es de débiles” o “tienes que poder con todo”, podemos llegar a reprimir tanto nuestras emociones que se acaben convirtiendo en síntomas, o a lidiar con ellas de forma nada sana, usando alcohol, otras drogas y otras actividades compulsivas.
Una de tus frases más potentes es: “No puedes elegir tus mierdas, pero sí surfearlas”. ¿Cómo se aprende a surfear cuando las olas son demasiado grandes?
Pues se aprende lo mejor que cada uno puede, con los recursos y apoyos que tiene. Todos podemos aprender nuevas herramientas para lidiar mejor con las emociones, o a tener unos vínculos más sanos para tener un mejor apoyo, pero cuando las olas son demasiado grandes, a veces el único camino que tenemos en el corto plazo es pasarlo bastante mal. Te diría que la mejor manera de lidiar con una ola demasiado grande es tenernos mucha paciencia a nosotros mismos, dejarnos cuidar por las personas que queremos e ir dejando que poco a poco salga lo que llevamos dentro. Nuestro cerebro lo necesita para asimilar lo que nos ha pasado.
En el libro hablas de pérdidas materiales, emocionales, de salud, de expectativas… ¿Cuál dirías que es la pérdida más difícil de nombrar y por qué nos cuesta tanto hacerlo?
Cualquier pérdida de algo que valoramos mucho se puede convertir en una pérdida difícil de nombrar. Hay personas que no pueden pensar en la muerte de su animal de compañía, otros en su propia muerte y otros en la pérdida de su pareja. No obstante, los casos más complicados que he tratado en terapia han tenido que ver con la pérdida de un hijo. El motivo de que sea tan complicado es porque es una muerte inesperada, en la que se tiene menos apoyo que en otras pérdidas porque las personas alrededor no saben cómo acompañar en el sufrimiento, y algunos padres cuando su hijo muere pueden incluso perder su propósito de vida, por lo que se hace muy difícil el seguir adelante.
Defiendes que sentir lo desagradable es imprescindible para avanzar. ¿Por qué seguimos huyendo del dolor como si fuera un fracaso personal?
Huimos del dolor porque es desagradable, a nadie le apetece sentirlo, pero muchas veces no somos nosotros, en nuestro propio cerebro el que huye de sentir lo que estamos sintiendo. A veces ante una pérdida de alguien que hemos querido mucho, nuestro cerebro nos pone en “pausa” y seguimos viviendo como si no hubiera pasado nada porque asumir lo que ha pasado es demasiado doloroso, nuestro cerebro trata así de protegernos. Otras veces huimos del dolor porque hemos aprendido en nuestra cultura, sociedad y contexto que mostrar el malestar es de ser débiles y queremos ser aceptados por los demás y sentirnos fuertes.
El mindfulness y la compasión son herramientas clave en tu enfoque. ¿Qué clichés te gustaría desmontar sobre estas prácticas y cuál es, para ti, su esencia real?
Suele pensarse que el mindfulness es una práctica que se utiliza para evitar sentir o pensar, para evadirse, cuando lo que realmente ocurre en una práctica de mindfulness es que si la haces como se tiene que hacer, te encuentras cara a cara con todo lo que sientes y piensas y eso te ayuda a saber qué necesitas y a hacer los cambios que tal vez necesites hacer en tu vida. En cuanto a la compasión, se suele creer que cuando abandonamos la autocrítica y nos tratamos con cariño, lo que va a pasar es que no nos vamos a esforzar por nada y que no vamos a poder cambiar, cuando lo que ocurre cuando nos tratamos con cariño es que realmente aceptamos el ser humano que somos y desde esa aceptación podemos hacer cambios más humanos, sanos y realistas.
Dices que somos como “caracoles que se meten en su concha”. ¿Qué señales nos indican que ya toca salir, aunque sea despacito y con miedo?
Cuando sentimos que llevamos un tiempecito viviendo sin ser conscientes del presente, cuando notamos que ya llevamos un tiempo descuidando nuestro autocuidado (comer, dormir, hacer deporte), cuando nos hemos aislado tanto que sentimos que no nos apetece hablar con nadie y, sobre todo, cuando no queramos salir. Cuando nos pasa una putada y necesitemos salir, no vamos a querer salir, pero seguramente nos siente bien hacerlo.
Como psicóloga y divulgadora, vives entre la consulta, el escenario y las redes. ¿Qué retos supone traducir conceptos profundos de salud mental a un lenguaje gamberro, accesible y sin perder rigor?
Resulta muy complicado que el mensaje no sea reduccionista y que no haga que las personas se sientan mal con lo que he escrito, porque cada persona es un mundo y puede interpretar las cosas de una forma o de otra. Pero para mí siempre va a valer la pena, porque siento que ayuda a muchas más personas que a las que no, y eso me vale todo el esfuerzo que hago.
Muchos lectores llegan a tu cuenta buscando alivio inmediato. ¿Qué es lo primero que sueles decirle a alguien que está atravesando una situación jodida y no sabe ni por dónde empezar?
Le digo que lo siento mucho y que es normal que se sienta así con lo que le ha pasado. En caso de que me hable por privado buscando ayuda, le recomiendo servicios psicológicos gratuitos.
El humor recorre tu libro de principio a fin. ¿Qué papel crees que juega la risa cuando todo se derrumba? ¿Es una válvula, un puente o un salvavidas?
Creo que el humor ayuda a atravesar barreras que de otras formas no se podrían traspasar. El humor hace que conectemos, que no nos sintamos tan solos y que podamos ver las cosas con otra perspectiva. Sin humor, estaríamos perdidos.
En tus textos aparece una y otra vez la idea de “ser amable con uno mismo”. ¿Qué significa realmente esa amabilidad en tiempos de autoexigencia brutal?
Esa amabilidad significa ser conscientes de que todos nosotros somos seres humanos y que aunque creamos que no, lo hemos hecho lo mejor que hemos podido con las herramientas que hemos tenido. No hemos elegido nuestra crianza, ni nuestro contexto, ni nuestro cuerpo, ni nuestras vivencias y cada día seguimos intentando hacerlo lo mejor posible, así que ten esto en cuenta la próxima vez que quieras exigirte hacerlo perfecto.
Y para terminar: después de escribir Cómo sobrevivir a las putadas de la vida, ¿qué putada personal te ha enseñado más de lo que imaginabas y cómo la miras ahora?
Hace unos años estuve a punto de dormirme de manera súbita conduciendo de noche, por lo que desarrollé un miedo intenso a conducir. Estuve un tiempo conduciendo con miedo y evitándolo, probando varias terapias hasta que di con mi psicóloga actual. Ahora llevo un tiempo de terapia y ya puedo conducir por autovía acompañada, todavía no lo hago sola, pero gracias a ir a terapia por esa razón he conseguido conocerme mucho mejor y trabajar otras cosas que necesitaba trabajar y no lo sabía. No me alegro de haber pasado por ello y todavía me da respeto el coche, pero es verdad que me siento orgullosa de mí por haber buscado la solución que necesitaba y haberme enfrentado a ello.






